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Tras más de 100 años de actividad, bajó sus persianas Bauzá

La marca de pastas Bauzá logró atravesar décadas de crisis económicas y cambios de mercado, pero la transformación del consumo y la concentración comercial terminaron afectando la continuidad de una de las empresas familiares más tradicionales de Mendoza.

La desaparición de una empresa suele reflejar mucho más que un problema financiero. Detrás del cierre de una firma centenaria se combinan transformaciones económicas, cambios en los hábitos de consumo y nuevas dinámicas comerciales que alteran el funcionamiento de sectores enteros. Ese fue el recorrido que atravesó Fideos Bauzá, una de las marcas más tradicionales de Mendoza, que dejó de operar tras más de un siglo de historia.

La empresa fue fundada el 22 de mayo de 1922 por Miguel Ángel Bauza Ribot, un inmigrante español oriundo de Mallorca que apostó por la producción local luego de impulsar otros emprendimientos en la provincia. Su proyecto más exitoso fue la fábrica de pastas secas instalada en Godoy Cruz, que con el tiempo se convirtió en una referencia de la industria mendocina.

Durante décadas, la planta ubicada sobre calle San Martín formó parte del paisaje urbano del departamento y se mantuvo activa mientras muchas otras industrias cerraban sus puertas o trasladaban sus operaciones. La firma conservó además una característica poco habitual: nunca abandonó el control familiar ni incorporó socios externos, manteniendo la propiedad en manos de distintas generaciones de descendientes.

La marca logró consolidarse en el mercado local y durante años estuvo presente en almacenes, despensas y supermercados de toda la provincia. Hacia 2015, la empresa producía 32 variedades de pastas secas y destacaba una trayectoria que ya superaba los 90 años de actividad ininterrumpida.

Sin embargo, el escenario comenzó a cambiar de manera profunda. El crecimiento de las grandes cadenas comerciales y la desaparición progresiva de miles de pequeños negocios modificaron el esquema de ventas sobre el que la compañía había construido su desarrollo.

Según habían explicado sus directivos durante la crisis de 2016, la empresa pasó de abastecer a más de 4.000 comercios minoristas a depender principalmente de un reducido grupo de supermercados. Ese cambio redujo el poder de negociación y afectó la rentabilidad de una estructura pensada para otro modelo de comercialización.

A esa situación se sumaron otros factores que golpearon a gran parte de las pequeñas y medianas empresas del país, como el incremento de los costos operativos, la caída del consumo y las dificultades para trasladar los aumentos de producción a los precios de venta.

La consecuencia fue una fuerte reestructuración interna. De los 24 trabajadores que integraban la planta, 16 fueron desvinculados, en uno de los momentos más críticos de la historia de la firma. Aunque en aquel momento la conducción descartó el cierre definitivo y aseguró que buscaba adecuarse a las nuevas condiciones del mercado, la situación evidenció las dificultades crecientes que enfrentaban las empresas familiares tradicionales.

El caso de Bauzá se transformó así en un ejemplo de los desafíos que atraviesan muchas industrias locales frente a mercados cada vez más concentrados y a consumidores con hábitos de compra diferentes a los de décadas anteriores.

Hoy, más de cien años después de su fundación, el histórico edificio de calle San Martín al 1795 conserva aún la memoria de una marca que acompañó durante generaciones a las familias mendocinas. Sin embargo, el cartel de venta que domina la fachada confirma el final de una empresa que logró sobrevivir a numerosas crisis económicas, pero que no pudo adaptarse a las profundas transformaciones del comercio y el consumo.

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