Macri: anatomía de una oportunidad perdida

El autor pone en foco el perfil actual del expresidente que hace unas semanas regresó a Mendoza intentando reinstalar su liderazgo. Para el columnista, Macri quedó licuado como consecuencia de su propia gestión.

Sergio Bruni

 Macri volvió a Mendoza. Atrás quedaron los días de los estadios colmados y las multitudes entusiastas agitando globos amarillos, y al ritmo de Tan Biónica convertía cada acto en una demostración de fuerza política y entusiasmo colectivo. Esta vez, el paisaje más numeroso alrededor del Hotel Hilton parecía ser el de las Trafic blancas. Ocho minutos de discurso, pocas definiciones y una retirada veloz. A veces la política no necesita encuestas.

Con el paso del tiempo, la figura de Mauricio Macri parece haberse ido reduciendo a una paradoja política: fue el primer presidente no peronista en décadas que logró terminar su mandato, pero también fue el dirigente que, teniendo una oportunidad histórica para transformar estructuras que denunciaba desde la oposición, terminó dejando la sensación de haber recorrido apenas la mitad del camino.

Durante años, Macri construyó su liderazgo sobre una promesa muy concreta: modernizar la Argentina, reducir el peso del Estado, ordenar las cuentas públicas, recuperar la confianza internacional y terminar con los mecanismos políticos y corporativos que condicionaban el desarrollo económico. Para millones de argentinos que acompañaron a Cambiemos en 2015, aquella elección representaba mucho más que un simple cambio de gobierno. Era la expectativa de una transformación profunda después de más de una década de kirchnerismo.

Sin embargo, el balance histórico de su gestión resulta mucho más ambiguo de lo que imaginaban sus seguidores. Las grandes reformas prometidas nunca llegaron a consolidarse. El sistema laboral permaneció prácticamente intacto. La estructura tributaria siguió siendo una de las más pesadas del continente. El tamaño del Estado apenas se modificó. El gasto público continuó en niveles elevados. Y muchas de las corporaciones políticas, sindicales y sociales que el macrismo señalaba como parte del problema conservaron una enorme capacidad de influencia.

Pero probablemente el aspecto más vulnerable de su legado sea el económico.

Macri llegó prometiendo que la confianza reemplazaría al conflicto, que las inversiones llegarían masivamente y que la normalización macroeconómica generaría un círculo virtuoso de crecimiento. Lo que ocurrió fue muy distinto. Tras levantar el cepo y volver a los mercados internacionales, el gobierno recurrió intensamente al endeudamiento externo para financiar un gradualismo fiscal que evitaba enfrentar de manera directa el problema del déficit.

Durante varios años la deuda creció de manera acelerada. La apuesta consistía en que el ingreso de capitales y el acceso al crédito internacional permitieran ganar tiempo mientras la economía se acomodaba. Pero la estrategia terminó mostrando una enorme fragilidad. Cuando cambiaron las condiciones financieras internacionales y se deterioró la confianza en el programa económico, el financiamiento se secó y la crisis estalló.

La imagen de un gobierno que había prometido independencia financiera y terminó recurriendo al préstamo más grande de la historia del Fondo Monetario Internacional se convirtió en uno de los símbolos más contundentes de aquel fracaso.

A eso se sumó otra crítica persistente: la enorme salida de divisas que caracterizó buena parte del período. Los detractores de Macri sostienen que mientras el país se endeudaba a gran velocidad, una porción significativa de esos dólares terminaba alimentando procesos de formación de activos externos y fuga de capitales. Desde esta perspectiva, la Argentina incrementó sustancialmente su endeudamiento sin que ello se tradujera en una transformación estructural de su capacidad productiva ni en mejoras sostenidas de competitividad.

Para muchos analistas críticos, el resultado fue una combinación particularmente negativa: más deuda, inflación persistente, recesión y una economía que terminó dependiendo nuevamente del auxilio financiero internacional.

Tampoco logró resolver uno de los problemas que había colocado en el centro de su discurso: el déficit fiscal. El gradualismo consistió precisamente en evitar un ajuste profundo durante los primeros años de gobierno, apostando a que el crecimiento económico permitiría corregir los desequilibrios. Cuando ese crecimiento no llegó, el margen de maniobra desapareció.

En el terreno social, la distancia entre las promesas y los resultados también alimentó cuestionamientos. Durante años el macrismo denunció la utilización clientelar de los planes sociales y el enorme poder acumulado por las organizaciones intermediarias. Sin embargo, una vez en el gobierno, aquellas estructuras no solo continuaron existiendo, sino que mantuvieron una influencia decisiva en la administración de buena parte de la asistencia estatal.

Los movimientos sociales conservaron capacidad de movilización, negociación y presión. Los piquetes siguieron formando parte de la vida cotidiana argentina. Las organizaciones continuaron ocupando un lugar central en la relación entre el Estado y los beneficiarios de programas sociales. El viejo puente de la intermediación permaneció mas vigente que nunca durante la era Macri.

Desde una visión crítica, Macri terminó administrando el mismo sistema que había prometido reformar.

Es justamente allí donde la comparación con Javier Milei adquiere relevancia política. Más allá de los resultados que finalmente tenga su gestión, Milei logró apropiarse de una narrativa que antes pertenecía al macrismo: la idea de que los cambios requieren confrontar intereses establecidos y no simplemente negociar con ellos.

La eliminación de mecanismos de intermediación en distintos programas sociales, el enfrentamiento con organizaciones piqueteras y la búsqueda de un equilibrio fiscal acelerado fueron interpretados por muchos votantes como decisiones que Macri nunca estuvo dispuesto a adoptar.

Para una parte importante de la centroderecha argentina, Milei aparece hoy como el dirigente que hizo aquello que Macri prometió, pero no concretó. Esa percepción, constituye probablemente el mayor problema político del expresidente.

Hay algo casi trágico en la experiencia política de Mauricio Macri. No porque haya sido simplemente derrotado, sino porque despertó expectativas de transformación que para muchos argentinos quedaron inconclusas. Como señaló Guillermo O'Donnell en distintos trabajos sobre la democracia latinoamericana: "la distancia entre las expectativas que genera un liderazgo y la capacidad real de producir cambios suele ser una fuente poderosa de frustración política."

La irrupción libertaria no solo le quitó votos. También reescribió retrospectivamente la evaluación de su gobierno.

Aquello que antes podía presentarse como prudencia comenzó a ser visto como vacilación. Lo que se defendía como búsqueda de consensos pasó a interpretarse como falta de decisión. Y lo que se justificaba como gradualismo empezó a ser percibido por muchos ciudadanos como una sucesión de concesiones frente a sectores que conservaron intacto su poder.

Por eso resulta difícil imaginar hoy cuál sería el eje de un eventual regreso presidencial de Macri. Si propusiera reformas profundas, inevitablemente surgiría la pregunta de por qué no las realizó cuando tuvo la oportunidad. Si reivindicara su gestión, debería defender un legado económico asociado al crecimiento de la deuda, la crisis cambiaria, el regreso al FMI y una inflación que terminó muy lejos de las metas anunciadas. Y si intentara diferenciarse de Milei, correría el riesgo de alejarse precisamente de aquellos votantes que alguna vez constituyeron su principal base de apoyo.

Quizás el juicio histórico más severo sobre Macri no sea afirmar que fracasó. Los fracasos son parte habitual de la política. Tal vez la crítica más profunda sea otra: haber llegado al poder con una legitimidad extraordinaria para impulsar transformaciones estructurales y haber concluido su mandato sin concretarlas. Haber cuestionado durante años el sistema de subsidios, planes, corporaciones y privilegios para terminar conviviendo con él. Haber prometido una revolución de la normalidad y haber terminado administrando una transición.

En ese sentido, más que un líder con posibilidades reales de reconstruir una mayoría propia, Macri parece haberse convertido en una figura testimonial de una etapa política que fue rápidamente superada por otra. Conserva influencia, contactos, prestigio en determinados círculos y capacidad para intervenir en el debate público. Pero ya no parece encarnar una promesa de futuro.

La historia suele ser particularmente dura con los dirigentes que generan grandes expectativas y dejan reformas inconclusas. Y es posible que el legado de Macri termine siendo evaluado precisamente bajo esa vara: la del presidente que llegó para cambiar el sistema y terminó siendo el nexo hacia quienes lo hicieron de una manera mucho más estructural y profunda.

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