Juan José Paso, el inventor del DNU y precursor de la grieta argentina

Primer polifuncionario. Revolucionario del Mayo de 1810 y político profesional. Bocetó la antinomia unitarios-federales desde el embrión argento. Un "necesario" no admirado. El primer influencer que dio la nación. Una historia apasionante, desapercibida y contada en voz baja.

Alejandro Cruz
Historiador

Hay próceres que parecen haber nacido para el monumento. Otros, para el bronce escolar, la lámina de aula o la frase edificante repetida cada 25 de mayo. Juan José Paso, en cambio, parece haber nacido para algo menos solemne y bastante más moderno: sobrevivir políticamente.

Doctor en leyes, orador, secretario, triunviro, diputado, redactor constitucional y asesor de gobiernos sucesivos, Paso fue uno de esos hombres que atravesaron casi toda la etapa fundacional argentina sin caer nunca del todo. No tuvo el aura trágica de Mariano Moreno, ni el destino inmolatorio de Manuel Belgrano, ni la espada providencial de San Martín. Tuvo otra cosa: cintura. Una cintura política envidiable, de esas que permiten mantenerse en pie cuando alrededor todos caen, se exilian, se arruinan o terminan convertidos en mártires de una causa.

Tampoco fue un prócer que tuviera conflictos de "polleras" o hijos desperdigados por el joven país. Se mantuvo en la soltería como quien se aferra a una forma de culto religioso, de manera que no hubo nadie que le reclamara algo o lo sobornara con exponer su vida íntima. Fue un asceta, medido, cuidadoso, ordenado. Características de su vida privada que le permitieron mejor aire y espacio para moverse como lo hizo en su ascendente "cursus honorum" (trayectoria política), en un marco de austeridad propio de los primeros magistrados de la república romana.

Nacido el 2 de junio de 1758 y formado en leyes en Córdoba, tuvo su bautismo grande en la política durante el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. Allí argumentó jurídicamente a favor de desplazar al virrey Cisneros y defendió una posición que, sin ser todavía "unitaria" en sentido estricto, anticipaba una mirada centralista: Buenos Aires debía asumir la iniciativa revolucionaria y luego convocar al resto de los pueblos del virreinato. Argumentó que era una decisión de "necesidad y urgencia", adelantándose en el tiempo a la figura del DNU. Era una idea eficaz, práctica y discutible, como tantas en su vida.

El 25 de mayo de 1810 fue designado secretario de la Primera Junta junto a Mariano Moreno. Coincidió con él en puntos centrales de la conducción política y también se opuso al ingreso inmediato de los diputados del interior. Pero aquí empieza a verse la diferencia entre un hombre de doctrina y un hombre de permanencia. Mientras los morenistas más identificados con el secretario caído pagaron caro su adhesión, Paso encontró la manera de continuar. Salió del paso, literalmente, y logró acomodarse aun después del ocaso de Moreno.

Juan José Paso, el inventor del DNU y precursor de la grieta argentina

Paso por la Historia independentista

Fue secretario de Hacienda de la Junta y siguió ocupando lugares de influencia durante el primer ciclo revolucionario. No fue un patriota romántico en el sentido escolar del término. Fue, ante todo, un político profesional antes de que existiera esa categoría con todas sus letras: un jurista pragmático, culto, astuto, con gran olfato para leer los cambios de clima y no quedar sepultado por ellos.

Integró el Primer Triunvirato junto a Feliciano Chiclana y Manuel de Sarratea. Pronto tuvo enfrentamientos internos, especialmente con Chiclana, y terminó alejándose de aquel gobierno. Pero Paso no desaparecía, iba reubicándose a como diera lugar. Sectores afines a su figura, junto con la presión de otros grupos políticos y militares, contribuyeron al derrumbe del Primer Triunvirato. Y cuando nació el Segundo Triunvirato, en 1812, allí estaba de nuevo: Juan José Paso, otra vez en el poder, ahora junto a Antonio Álvarez Jonte y Nicolás Rodríguez Peña.

Desde ese lugar se convocó a la Asamblea del Año XIII, uno de los grandes intentos de organización institucional de la Revolución. Pero tampoco allí Paso fue dueño absoluto del escenario. La Logia Lautaro, con San Martín y otros protagonistas en ascenso, pesaba cada vez más en las decisiones políticas. Paso sabía mandar, pero también sabía ceder cuando la correlación de fuerzas lo exigía. Esa fue otra de sus virtudes: no confundía la política con el martirio.

En 1815 participó del movimiento que terminó con el poder de Carlos María de Alvear, Director Supremo que sucedió a Gervasio Posadas. Al año siguiente fue elegido diputado por Buenos Aires al Congreso de Tucumán. Allí ocupó un lugar central como secretario del cuerpo y le cupo el honor de leer el Acta de la Independencia el 9 de julio de 1816. La escena es casi perfecta para entenderlo: no es el militar que gana la batalla, ni el caudillo que enciende multitudes, sino el hombre de leyes que da forma, voz y procedimiento al nacimiento formal de una nación.

Después vendrían nuevas funciones. Intervino en los trabajos de redacción de las malogradas constituciones de 1819 y 1826, ambas de orientación unitaria. Fue diputado provincial en Buenos Aires entre 1822 y 1824, y se le atribuyen iniciativas vinculadas al Banco de Descuentos y a la regulación de la imprenta. También fue encarcelado brevemente por Manuel de Sarratea, antiguo adversario político, que le tenía inquina desde los episodios del golpe de estado contra el Primer Triunvirato, pero ni siquiera esa caída momentánea logró borrarlo del mapa.

Lo más interesante de Paso es que su trayectoria desmiente la idea cómoda de los próceres lineales. No fue siempre igual a sí mismo. No perteneció de manera pura y definitiva a una sola facción. Se movió entre morenistas, saavedristas, logistas, unitarios y, hacia el final, simpatías o cercanías con figuras federales como Manuel Dorrego y Juan Manuel de Rosas. Para algunos, eso puede leerse como oportunismo. Para otros, como inteligencia política superior

Tal vez haya sido ambas cosas.

Porque Paso no fue un santo cívico. Tampoco un traidor. Fue algo bastante más incómodo: un hombre de poder. Un funcionario todoterreno. Un arquitecto menor pero persistente de la vida institucional rioplatense. Alguien que entendió, antes que muchos, que en política no basta con tener razón; también hay que permanecer cerca de los lugares donde se toman las decisiones.

Murió en San José de Flores el 10 de septiembre de 1833. Para entonces, muchos de sus contemporáneos habían conocido la pobreza, el exilio, el descrédito o la muerte temprana. Belgrano había muerto casi olvidado. Moreno, perdido en el mar. Castelli, destruido antes de tiempo. Larrea, lejos y golpeado por la fortuna adversa. Paso, en cambio, siguió. Se adaptó, negoció y cambió de vereda cuando lo creyó necesario. Se salvó cuando otros se hundieron.

Apretada pero alertadora síntesis de un personaje singular: Juan José Paso, acaso el primer polifuncionario argentino. Patriota, sí, político, enteramente. Ambicioso, es muy probable, pero por encima de todo, sobreviviente y un gran discípulo de Maquiavelo.

Paso, para qué decirlo, salió siempre del paso.


Nota del autor: este texto recupera y reelabora un apunte escrito originalmente hacia 2015, revisado para la presente publicación a partir de fuentes históricas y biográficas disponibles sobre Juan José Paso, entre ellas materiales de El Historiador, trabajos académicos de consulta pública y documentación de divulgación histórica sobre el período revolucionario rioplatense.

Fuentes: Juan José Paso y la independencia por Héctor José Tanzi;
Recordamos a Juan José Paso, el primer Secretario de Hacienda;
Juan José Paso por Felipe Pigna.

Historiador y actor mendocino
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