Caos
En este relato de atmósfera urbana y asfixiante, Cristina Orozco Flores narra el trayecto cotidiano de un hombre al borde del colapso. Entre el desgaste físico, el abandono doméstico y una vida afectiva clausurada, el cuento construye una deriva íntima que desemboca en la protesta colectiva como gesto final de escape y posible redención.
Un hombre sale de su trabajo para ir a su departamento. Camina por la calle más transitada de la ciudad a las seis de la tarde. Hay más gente que de costumbre. En el camino, una persona distraída que va en sentido contrario, choca con él y le deja resentido el hombro derecho. Se queda quieto y se soba el brazo un buen rato. La gente sigue pasando de un lado y del otro. Al cruzar la calle Rivadavia un auto le toca bocina para apurarlo. Corre hasta la vereda que tiene enfrente. Se acomoda el sobretodo, que le pesa a esa hora de la tarde. Busca una servilleta blanca en el bolsillo y la pasa por su frente sudada. Tiene sed. Le quedan dos cuadras para llegar a su domicilio.
La puerta de su departamento tiene varias cerraduras y en el apuro, se quiebra una de las llaves. Busca al conserje en planta baja para que le abra la puerta con la llave maestra, pero no lo encuentra. Sube por el ascensor hasta la terraza y cuando lo ve, lo llama por su nombre. El empleado lo mira asombrado. Lo escucha y lo sigue con una caja de herramientas. El hombre vuelve a buscar la servilleta blanca en el sobretodo y se seca la frente sudada.
En el noveno piso para el ascensor y bajan los dos en silencio. Se dirigen a la puerta del departamento número seis. La parte quebrada de la llave había quedado suelta adentro de la cerradura y el empleado la saca con una pinza. Ya son las siete y media de la tarde y está a punto de entrar a su hogar. Le cambia el semblante a esa cara arrugada y casi amarilla impregnada de nicotina. El pelo grasoso le brilla por las canas.
Se dirige al dispenser y toma un vaso de agua. Se prepara un café amargo. Deja el cigarrillo encendido mientras se saca el sobretodo y lo tira en el sillón. En el hombro derecho todavía le sigue la molestia y recuerda cuando se quebró la clavícula en el partido número cien de los ragbiers veteranos de los días jueves.
Revisa el celular. Ya le ha llegado el check in del vuelo de la diez. Tiene que estar en Buenos Aires en la mañana, frente a los representantes de Canadá por la empresa de Seguros donde trabaja. Busca el documento en la billetera y no lo encuentra. Revisa los cajones del aparador y nada. Lo encuentra en la mesita de luz junto a la foto de su ex esposa. Se saca la alianza y la tira en el cajón antes de cerrarlo. Toma el portatraje. Guarda ahí el traje de color azul noche. Dobla la camisa celeste impregnada de olor a cigarrillo y la estira como puede con las manos. Levanta una por una la ropa apilada en la silla del dormitorio para buscar una corbata y la ropa interior. Deja el portatraje en el piso al lado del maletín con los papeles de la empresa y en el otro costado queda la pila de ropa para lavar.
En la bacha de la cocina está apilada toda la vajilla sucia. Ya no le queda nada sin usar. Solo pudo rescatar la taza donde se preparó el café cuando llegó. Y no se imagina cómo podría empezar a lavar todo lo que ha ido acumulando, si lo necesitara. No tiene la menor idea desde cuándo está todo ahí. Lo mismo le pasa con la ropa, las sábanas, las toallas y los toallones.
La mesada también conserva las migas de pan, las cáscaras de huevo y más vajilla sucia. El envase de la leche que está apoyado sobre un repasador ha entrado en descomposición. Ha explotado la tapa y cae la leche cortada con olor fuerte y desagradable. Unas cucarachas han empezado a moverse sobre la mesada hacia ese lugar y él les ve la intención. Entonces, da tres pasos para atrás. Hay otro grupo de cucarachas que transitan por los desechos de la comida que todavía conservan los platos. Son cucarachas rubias. Entonces, él frunce el ceño. Da una última pitada a su cigarrillo y antes de tirarlo al piso enciende otro.
Toma el paquete de cigarrillos y lo lleva a un bolsillo de su pantalón, la billetera al otro bolsillo. Al portarretrato que lo vigila desde la mesita del living lo encierra con llave en la puerta del aparador. Con eso se termina de despedir de su matrimonio con Sarita.
Entonces, mira el reloj y piensa que su cabeza va a explotar. Va al dormitorio. Levanta el portatraje y el maletín con una mano y con la otra saca las llaves del departamento. Apura el paso.
-Mi Perramus- dice.
Y lo arrastra hacia la puerta como puede, junto a las otras cosas. Llama al ascensor y cuando está en la calle le hace señas a un taxi.
-Al aeropuerto - le indica.
Apoya la cabeza en el asiento y cierra los ojos sin pensar en nada. Espera poder comprender el caos que es su vida. Busca la servilleta blanca en el bolsillo del sobretodo y seca el sudor de su frente. Ni siquiera se acuerda de fumar.
Pero un sacudón inesperado en el vehículo lo hace incorporar en el asiento. Es un grupo de personas que protesta y no les permiten avanzar. No sabe por qué se están manifestando en la calle más transitada de la ciudad. Gritan, vociferan, agitan sus brazos, sacan una furia contenida parecida a la suya. Entonces, el hombre se anima. Deja todo en el auto que lo está llevando al aeropuerto y se une a ellos. Aunque sean pocos los gritos que dé pueden ser su salvación.