La casona en Rivadavia que volvió a respirar

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XLV de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos.

Marcela Muñoz Pan

Con el paso de los días, la casa volvió a encontrar su respiración. No el silencio de antes, sino uno nuevo, habitado. Un silencio con latido. Beltrán dormía largas siestas, y en cada una de ellas, los bisabuelos y las tías ejercían su rol más antiguo: estar. Tanto, tanto estuvieron que los bisabuelos no querían irse a sus casas, se instalaron en la nueva esperanza resurgida, ni siquiera necesitaron espejos porque Beltrán lo era. Muchas mañanas cuando desayunaban todos juntos los bisabuelos sólo querían por primera vez una sola cosa: ver nacer y crecer a sus otros bisnietos o bisnietas, pronto una de las trillizas, Ana Belén sería mamá, y esta nueva emoción regocijaba aún más sus corazones y las ganas de seguir viviendo.

Entre mates y mates los tres conversaban horas y horas, filosofaban sobre sus nuevos roles y las nuevas maneras de comunicación. Ser bisabuelo no era enseñar a caminar ni imponer reglas. Roberto lo comprendió con una claridad que lo sorprendió. Su tarea era otra: sentarse cerca, leer el gesto del niño como quien observa el cielo antes de la tormenta, y ofrecer esa presencia firme que no invade, pero sostiene. Cuando Beltrán abría los ojos, encontraba siempre una mirada calma, una que no exigía nada a cambio. Roberto entendió entonces que la verdadera herencia no se escribe en papeles ni se mide en hectáreas: se transmite en la forma de mirar el mundo.

Bonarda, en cambio, asumió su rol desde el ritual. Cada mañana, abría las ventanas para que entrara la luz del este y murmuraba palabras que nadie más escuchaba. No eran rezos aprendidos, sino invocaciones hechas de vendimias, pérdidas y esperas. Para ella, ser bisabuela era bendecir el tiempo. Sabía que no estaría en todas las etapas, y lejos de entristecerla, eso la volvía más precisa: cada gesto debía ser pleno, cada caricia, definitiva.

Malbeca, como tía abuela, se convirtió en la narradora. Entendió que su función era ponerle palabras a lo que de otro modo se perdería. Mientras sostenía a Beltrán, le hablaba de los olivos con los mensajes en cristales, con las cartas que diseñaron Ana Luisa y Ana Eliana, de las mujeres que supieron esperar, de los hombres que aprendieron a escuchar la tierra. No lo hacía para que el niño comprendiera, sino para que recordara, porque hay memorias que se alojan antes del lenguaje.

Las tías eran el puente entre generaciones. No cargaban con el peso del origen ni con la ansiedad del futuro. Su rol era circular, como el agua en la acequia: llevar y traer, suavizar los bordes, traducir silencios. Sabían cuándo intervenir y, sobre todo, cuándo correrse. En esa sabiduría sin estridencias, se parecía mucho al modo en que Mendoza Este enseña a vivir: sin apuro, pero sin pausa.

La casona en Rivadavia que volvió a respirar

Así, entre brazos que ya habían sostenido muchas vidas y voces que sabían contar sin imponer, Beltrán fue creciendo rodeado de una red invisible. Una red hecha de tiempo, de renuncias amorosas y de presencias constantes. Porque en esa familia, los bisabuelos y las tías no eran figuras decorativas del pasado, sino los guardianes del pulso, los que cuidaban que la historia siguiera fluyendo sin quebrarse.

Bonarda y Malbeca, supieron con certeza una tarde, al ver a Beltrán dormir bajo la parra: el futuro no necesita gritos, necesita raíces. Y ellas, finalmente, ellas habían aprendido a ser eso.








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