Leé un fragmento de "Sarmiento", el nuevo libro de Martín Caparrós

Sarmiento "tenía un proyecto de país elaborado, con un sentido concreto, que trató de llevar a cabo. Sarmiento quería un país de pequeños granjeros educados y laboriosos, que era lo que había visto como embajador en el este de Estados Unidos", dijo Martín Caparrós. Leé un fragmento.

A continuación, un fragmento del libro "Sarmiento", presentado este sábado en Buenos Aires por el escritor Martín Caparrós y que editó Penguin Random House.

"Desde chicos, lo que hacía la escuela argentina era producir "sarmientitos". Nos hablaban de la asistencia perfecta y hacer todos las tareas. Querían que fuéramos como él. Con el tiempo, lo que empecé a respectar, más allá de las polémicas, como un gran escritor. Creo que fue el mejor escritor argentino del siglo XIX", dijo el autor sobre Sarmiento.

Leé un fragmento de "Sarmiento", el nuevo libro de Martín Caparrós

Agregó: "Él tenía un proyecto de país elaborado, con un sentido concreto, que trató de llevar a cabo. Sarmiento quería un país de pequeños granjeros educados y laboriosos, que era lo que había visto como embajador en el este de Estados Unidos". "Pensaba dijo Caparrós- que lo mejor que le podía pasar a la Argentina era establecer un modelo semejante a ese, contra el de los grandes terratenientes que se hacían caudillos y que la gente los seguía. Creía que esa Argentina de clase media chacarera era una solución, pero no confiaba que la gente que había en el país pudiese hacerlo en ese momento. De ahí surgió su interés por fomentar la inmigración, cosa que después se terminó armando".

Fragmento de Sarmiento, por Martín Caparrós


1874

YA

Ya está: mañana se termina. Estoy dejando atrás todo eso que alguna vez me pareció, de tan lejano, inalcanzable. Pasé toda mi vida tratando de ser lo que ahora soy y mañana ya no. Lo fui seis años; pasado mañana será como si no lo hubiera sido.

Ya fui. Ya cumplí sesenta y tres años, ya se acaba. Es el momento de aprender a ser viejo.

De aprender, digo, a ser un viejo.

No hay nada más difícil. Todos los otros aprendizajes, ingratos, laboriosos, se toleran por la esperanza de que servirán para conseguir lo que uno quiere de la vida. Se aprende con un fin, y eso lo vuelve más soportable: lo vuelve posible. Aprender a ser viejo, en cambio, se justifica con metas de pantuflas: descansar, disfrutar de tus seres queridos, retomar aquella afición de juventud que la vida te impidió cultivar, cuidarte la salud, sobrevivir. Aprender a ser viejo es aceptar que ya has hecho lo que tenías para hacer, que ya no serás otro, que ya no queda mucho más, que ya sos parte del pasado: que la palabra ya es la clave de tu vida.

Martín Caparrós en "Tormenta de Ideas": "Somos un país calesita, parece que está andando, pero da vueltas y vueltas en el mismo lugar"

Ya sé, me dirán que solo -¡solo!- tengo sesenta y tres años, que todavía puedo hacer tanto, que si no quiero dar lástima debo empezar por no tenérmela. Esquivarán la certeza de lo más evidente: que nada de lo que puedo intentar de ahora en más se compara siquiera con la potencia de dirigir -de haber dirigido- mi país; que cualquier cosa, frente a eso, será un pasatiempo. Que al retirarme de la presidencia me retiro: que todo lo demás es pura cháchara.

Mi escritorio ya está casi limpio. Felipe ha hecho, eficaz e imperceptible como siempre, su trabajo: ha metido en estas cestas de mimbre del Tigre -de ese mimbre que yo mismo planté en las islas hace años- mis papeles personales, mi tintero y mi pluma de plata que me mandó la reina de Inglaterra, mi mástil con la bandera azul y blanca que me trajo mi amigo Pepe Posse, mi retrato miniatura del pobre Dominguito que pintó mi nieta Eugenia, los siete u ocho libros que estuve usando estos últimos días, los dos ladrillos del Censo Nacional que publicamos hace casi tres años, el mate de plata repujada que me hizo llegar el pueblo de San Juan cuando asumí la presidencia. Queda esta pila de hojas en blanco, el viejo tintero de porcelana de Limoges que me regaló -hace quién sabe cuánto- mi querida Aurelia y la pluma más basta, de pato lagunero, que prefiero para escribir en serio. Queda, sobre todo, la sensación de que esto que pasó no ha sido: que, en unos días, alguien tendrá que convencerme de que fui, durante seis largos años, el presidente de la República Argentina.

Queda, por eso, la opción de hacer una vez más lo que hice siempre: contarlo, a ver si me lo creo.

Pero ya sé que recordar -también acá, incluso acá- sigue siendo un memorial de las derrotas.

¿Qué otra cosa se podría recordar?

O, mejor, el recuerdo: ¿no convierte en derrota todo lo que toca?

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