Quién es y qué escribió Luis Mateo Díez, Premio Cervantes 2023

La motivación del jurado lo eligió por ser uno de los "grandes narradores de la lengua castellana, heredero del espíritu cervantino y creador de mundos imaginarios".

El escritor Luis Mateo Díez ganó el Premio Cervantes 2023, el máximo reconocimiento de las letras en español y dotado con 125.000 euros, según el fallo del jurado, hecho público este martes por el ministro de Cultura y Deportes, Miquel Iceta.

El escritor Luis Mateo Díez ganó el Premio Cervantes 2023

La motivación del jurado lo eligió por ser uno de los "grandes narradores de la lengua castellana, heredero del espíritu cervantino y creador de mundos imaginarios".

Díez tiene "una prosa y una sagacidad que lo hacen singular, sorprende y ofrece continuos nuevos desafíos con los que traspasa el ámbito de la fantasía".

En sus creaciones "sobresalen la pericia y el dominio del lenguaje que el autor acredita en una escritura en la que mezcla con maestría lo culto y lo popular" y "donde prevalece el humor como el mejor resorte para explicar lo que sucede", con una "perspectiva que permite entender la complejidad de la condición humana".

Iceta le comunicó al premiado la concesión del Cervantes, un galardón que el año pasado recayó en el poeta venezolano Rafael Cadenas.

Díez, de 81 años, reaccionó "con alegría y agradecimiento, como es lógico", según dijo el ministro, y señaló que el Cervantes es "motivo de satisfacción para el que lo recibe".

La directora general del Libro, María José Gálvez, explicó que "todos los miembros del jurado han intervenido, han esgrimido argumentos" y se han producido dos rondas de votaciones, "siempre en los mejores términos".

Entre los miembros del jurado estuvieron los dos últimos ganadores del Cervantes, Cadenas y la uruguaya Cristina Peri Rossi, y el director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado.

El Cervantes galardonó el pasado año al escritor venezolano Rafael Cadenas y el anterior a la autora uruguaya Cristina Peri Rossi. Anteriormente, se premió a dos escritores españoles consecutivamente --Francisco Brines (2020) y Joan Margarit (2019)-- y dos latinoamericanos --la uruguaya Ida Vitale (2018) y el nicaragüense Sergio Ramírez (2017)--, rompiendo la habitual alternancia del premio.

El palmarés de los últimos años se completa con los nombres de Eduardo Mendoza (2016), Fernando del Paso (2015), Juan Goytisolo (2014), Elena Poniatowska (2013), José Manuel Caballero Bonald (2012) y Nicanor Parra (2011), entre otros.

En 1976, Jorge Guillén, una de las máximas figuras de la Generación del 27, recibió el primero de estos galardones y, desde entonces, se han sucedido otros 42 premiados: 20 españoles y otros 22 hispanoamericanos. Únicamente en 1979 hubo dos ganadores, al concederse ex aequo a Gerardo Diego y Jorge Luis Borges.

Cinco libros imprescindibles de Luis Mateo Díez, premio Cervantes 2023

Ángel L. Prieto de Paula escribió en el diario El País sobre los "cinco libros imprescindibles de Luis Mateo Díez".

Las estaciones provinciales (Alfaguara). Pocos habrán leído esta novela en el momento de su publicación, en 1982. Más bien lo habrán hecho, lo hicimos, a rebufo de La fuente de la edad, algunos años posterior y la obra que dio a conocer a Luis Mateo Díez. Por eso la entendimos como lugar de paso para otro de mayor enjundia. O sea: una obra que valía por lo que anunciaba. Error irreversible, porque nadie puede volver a leer por vez primera una obra que ya leyó. Las estaciones provinciales es una novela plena que da curso a las palabras y a los silencios de un tiempo y una España inhóspitos. Claro que aquella España se revelaba, como en una humilde sinécdoque, en la ciudad de León. Y apostillo: una ciudad provincial (que es un adjetivo intrínseco), no provinciana (que lo es extrínseco), emblema de la provincia eterna en que se asentarían sus mejores fábulas.


La fuente de la edad (Alfaguara). La publicación de esta novela en 1986 supuso el descubrimiento de un autor cuya extraordinaria aventura creativa quedaría, no sé si para bien o para mal, enterrada bajo la losa de prestigio de esta obra maestra. Cervantina en su germen y valleinclanesca en su remate, tiendo a creer que se le desmandó en el curso de su escritura, pues lo que nació como disparate fabulado (una cofradía provinciana de excéntricos y letraheridos que, en los años cincuenta, pretenden creerse que van tras la fons vitae, la fuente de la juventud y de la vida) termina siendo una elegía de los sueños. Aquella eterna vida (lo contrario de la vida eterna) con que soñaban o hacían que soñaban los cofrades fue también la cripta de sus ilusiones. Y la novela en que se nos presentaba resultó una máquina de furor lingüístico, de humor desternillante y de tristeza irreversible. Con la sustancia del gran Cervantes, sí, aunque trufada -nadie tiene una sola cara- por la del Valle más descabalado.

Brasas de agosto (Alfaguara). Hay obras cuya congruencia y sistematicidad derivan de un plan diseñado con escuadra y cartabón. Este conjunto de cuentos (1989) tiene, por el contrario, una coherencia que le presta la linfa que los baña todos, que se han ido sumando, casi hacinando, como al albur, uno detrás de otro, uno encima de otro. Y, debajo de todos, la poesía de Luis Mateo Díez (que sí: publicó versos en su juventud, en el seno de la revista leonesa Claraboya, aunque él mire para otro lado). Y digo la poesía porque, mucho más que en sus versos, la hay por arrobas en estos cuentos, con el humor, el amor, la costumbre anquilosada que se resquebraja y deja aflorar la sorpresa, el milagro, la vida. Como ejemplo, el relato que da título al conjunto: Brasas de agosto. El retorno de un clérigo exclaustrado -de su oficio, de su ciudad y de su pasado- a la ciudad donde se hizo y se deshizo, y al amor que fue el gozne de su existencia, dan pie a una de las más hermosas y más tristes fábulas de nuestro tiempo.

Los males menores (Alfaguara). Aparecido en 1993, el autor ofrece en este volumen unos relatos pequeños o incluso mínimos, microrrelatos varios de ellos, que renuncian a explicar pretenciosamente la vida y se limitan a mostrar (solo, pero nada menos) esquirlas, migajas, rincones de la existencia, alguna anécdota desprovista de excipiente y de envoltorio. En ellos la ternura o la piedad casi siempre provienen de la crudeza de esas lascas que son más fotogramas que secuencias. De la totalidad de facetas nace un prisma que genera irisaciones asombrosas. El estilo del autor, que ha renunciado al rico verbalismo de otras obras, se encoge y repliega, como aculado en tablas, para no importunar en los espacios que nos muestra. Jocosos, descacharrantes incluso, escrutadores, conmovedores, vanguardistas a fuer de alimentados sin complejos (pero sin ataduras ni obediencias debidas) en la tradición, estos cuentos, que parecen escritos como al desgaire y en el envés de una factura de electrodomésticos, son una obra sustantiva de un escritor sustantivo.

El reino de Celama (Alfaguara). En realidad, esta obra es la desembocadura editorial (2002) donde confluyen y desaguan tres nouvelles cada una de las cuales con vida independiente: El espíritu del páramo, La ruina del cielo y El oscurecer. El conjunto va mucho más allá de lo que supondría la mera suma de sus ingredientes. Aunque la inicial sustancia realista del autor había ido derivando a otros derroteros, primero mediante la distorsión expresionista y luego mediante la sublimación simbólica, Celama constituye la cresta de la pirámide: un territorio donde los muertos, con sus mortajas, sus conversaciones y sus liturgias, sus idas y retornos odiseicos, tienen mayor corporeidad y no están menos vivos que los de la Comala de Juan Rulfo. La densidad mítica de Celama alcanza la categoría de los grandes -aunque cerrados por perfectos- espacios narrativos. Es este un páramo claustral, hecho a la imagen del hortus conclusus clásico, con una urdimbre de historias, parábolas y sentencias que parece estar diciéndonos, como es propio de la mejor poesía, la última palabra.


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