El Fifí: La radio que recorría el este
La novela de Bonarda y Malarda la podés encontrar en Memo.
En aquel 1980, mientras el televisor color nos ofrecía mundos lejanos desde el living, Salvador, el hijo de Ana Eliana, no se conformaba con ver el futuro a través de una pantalla. Él quería que el futuro hablara, que se escuchara en cada parada, en cada camino de tierra de nuestra zona este.
Salvador compró con sus ahorros y ayuda de su familia, El "Fifí", ese colectivo que ya era parte de nuestra sangre, el mismo que nos llevaba al secundario o a buscar trabajo, el mismo que te acercaba a los bailes en las fincas, esa nostalgia a Salvador le produjo un quiebre, buscó intensamente una manera de recordarlo con otras formas. Esta idea que rondaba en esa cabecita tan observadora y transformadora de la realidad, si bien parecía que se inclinaría por el mundo de la tecnología, el periodismo realmente era su pasión. Compró el Fifí, lo puso en condiciones, lo pintó y muy decidido, se las ingenió para instalar una radio, una antena artesanal, cables que trepaban por el techo del vehículo como enredaderas de cobre. Así, "El Fifí" se convirtió en algo más: en una radio andante.
La voz de Salvador filtraba por los altavoces no solo música, sino noticias, chismes de la vendimia y, lo más importante, las ideas que nadie se atrevía a decir en voz alta, a pesar que estábamos en plena dictadura.
Para este Día del Periodista, ese joven intrépido de 22 años, entendió que el periodismo en nuestra tierra no podía ser estático. Si el "Fifí" unía Medrano con San Martín, su radio unía las voces de los olvidados con los que soñaban con una democracia. Salvador sentía que transportaría esperanza. Él demostró que, para contar la verdad en tiempos donde las palabras pesaban mucho, a veces solo necesitabas un poco de ingenio, un colectivo histórico y la valentía de encender el micrófono mientras recorría un camino, hacia un país que, por fin, empezaba a despertar.
El periodismo, para Salvador, era mucho más que informar; era un acto de justicia poética. En este día, mientras los micrófonos del Fifí difundían las noticias del despertar democrático, recordó el pequeño poema que le había dedicado tiempo atrás su abuela Malarda: "Artista de manos que dibujan, momentos únicos para construir un mundo mejor". Esas líneas, que alguna vez fueron una simple celebración de su infancia, ahora cobraban un significado profético. Salvador no solo dibujaba momentos; estaba dibujando el mapa de un país que se atrevía a dejar atrás el miedo.
Pero el verdadero impacto de estas palabras no ocurrió en el aire, sino en la quietud de la habitación de Malarda. Bonarda acompañaba a su hermana, sabiendo que el tiempo se agotaba, se sentó a su lado y, con una voz suave, comenzó a leerle el poema de Salvador.
Poemita para Salvador
Naciste contando historias
con tu brillo especial,
en tus ojos aventureros
todos los libros se podían encontrar.
Once años de alegría
fuiste contagiando con tu energía
soñando como un big bang.
Audaz y dulce Salvador,
Artista de manos que dibujan,
momentos únicos
para construir un mundo mejor.
Malarda, que durante décadas había sido la dueña absoluta del relato rebelde, la que decidía qué se sabía y qué se callaba en la finca, se quedó en silencio. Lloró mucho, un llanto sereno y profundo. Al escuchar los versos sobre ese nieto que "nacía contando historias", algo en su mirada se ablandó. Quizás, por primera vez, comprendió que su legado no estaba en la represa de agua ni en los secretos guardados en las cartas antiguas, sino en esa chispa de rebeldía y luz que vivía en el joven que recorría los caminos en el Fifí.
¿Así que él construye mundos? preguntó Malarda, su voz casi un hilo de seda.
Él intenta contarlos, madre, respondió Ana Eliana.
Malarda sonrió, una mueca lenta y difícil. Ella, la mujer que siempre había intentado controlar el flujo de la vida, se daba cuenta que la verdad tiene una fuerza propia, una fuerza que ni sus muros ni sus silencios pudieron contener. Salvador no le pedía permiso para contar su historia; simplemente la contaba. Y en ese acto de periodismo puro, la abuela sintió por primera vez la libertad de soltar las riendas. El poema no era solo para el niño que cumplía años; era una sentencia para la mujer que se estaba yendo: el futuro, finalmente, había dejado de ser su propiedad.