El Otoño de la Mesa Infinita

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo LVIII.

Marcela Muñoz Pan

Aquel otoño de 1974, Bonarda amaneció con una lucidez de cristal. A pesar de que su cuerpo ya pesaba como el plomo, su voz recuperó ese timbre de mando que hacía temblar a los contratistas en las mañanas de helada. Llamó a Bautista y a las trillizas a los pies de su cama y, sin preámbulos, lanzó su última voluntad festiva. Este 1 de mayo no quiero discursos ni feriados de puertas cerradas sentenció, mientras Malarda asentía desde su rincón de crochet. 

Quiero que el Barrio Las Bonardas y Las Malardas se conviertan en una sola mesa. Pero escúchenme bien: quiero un convite donde el ingeniero coma del plato del pocero, y el dueño de la bodega brinde con el que limpia las acequias. Organicen la "Fiesta de la Piedra y el Sarmiento".

Bautista, movido por el mandato de su abuela, aplicó su ingenio de ingeniero para crear algo nunca visto. No usaron manteles de lino ni vajilla fina. Bajo la arboleda de la finca, Bautista diseñó una mesa infinita utilizando tablones de roble de viejas cubas sostenidos por unas patas testigos de su amigo metalúrgico, era una mesa muy muy original, larga, larguísima como le gustaba a Bonarda, donde todos tiene su lugar, su espacio y su historia para compartir.

La originalidad del evento radicaba en los detalles: El menú de la tierra: No hubo asado convencional. Bautista propuso cocinar bajo tierra, al estilo minero, en pozos revestidos con piedras volcánicas que conservaban el calor durante horas. Carne, vegetales y pan casero se cocinaron en las entrañas del jardín, como si la montaña misma estuviera alimentando a sus hijos. El Brindis de la Igualdad: Se sirvió el vino de las barricas que las propias manos de los presentes habían acarreado. Bautista trajo vasos tallados en piedra de talco, suaves y pesados, para que cada trabajador sintiera la densidad de la tierra en su mano al brindar y sus amigos de Sabores del este por supuesto estaban allí presentes, como siempre. La amistad era para Bautista tal cual su abuela, su madre y su tía abuela Malarda Malbeca, le habían enseñado: un honor. El ritual de las trillizas que ya habían comenzado a diseñar los olivos con las cartas de los inmigrantes para que su abuela fuera encontrando esa paz que se necesita cuando se está en el final de una vida.

Cuando todos los trabajadores de la finca, los vecinos del barrio, amigos y toda la familia, estuvieron reunidos, Bonarda pidió que la sacaran al jardín en su sillón de mimbre. El silencio fue absoluto, ella le hizo una seña a Bautista y a Beltrán para que entraran: Él se acercó con un viejo carro de madera de la finca, pero esta vez no cargaba herramientas ni piedras. El carro estaba lleno de pequeñas macetas de barro cocido, hechas por los artesanos y pintadas por los artistas, y en cada una de ellas brillaba el verde intenso de una pequeña planta de vid Bonarda, obtenida de los barbechos de las cepas más antiguas de la casa.

Cada uno de ustedes, dijo Bonarda con voz firme, recorriendo con la mirada a peones, poceros y amigos, se lleva hoy una parte de mi corazón para que crezca en el suyo. No quiero que estas plantas se queden en la finca, quiero que cada uno la lleve a su patio, que la plante cerca de su puerta o junto a su ventana o en su pedacito de tierra. Quiero que, cuando esa parra crezca y les dé sombra en los veranos calurosos del este, recuerden que esta mesa que armamos hoy no tiene fin. Que el trabajo nos hizo compañeros nobles y amistosos, pero esta planta nos hace familia.

Bautista comenzó a repartir las macetitas. Fue un momento de una ternura inesperada: ver a los hombres de manos rudas, acostumbrados al esfuerzo pesado, sostener con delicadeza el brote tierno, como quien lleva un recién nacido. Cuídenla como han cuidado esta tierra, les pidió Malarda, dejando por un momento su tejido. Si la planta prospera en sus casas, nuestra historia nunca se va a secar.


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