El olivo de las manos callosas, donde el amor no necesita letras

Edición especial de verano, la novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XXXIX de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo.

Marcela Muñoz Pan

Roberto, con el paso lento pero firme de quien conoce cada piedra de su finca, se acercó finalmente al olivo madre. El brillo de los sobres de acrílico que Ana Luisa había diseñado reflejaba la luz dorada del atardecer de Mendoza Este. Parecía que el olivo y los olivos alrededor hubieran florecido de repente con pétalos de cristal y tinta. Al llegar frente a las trillizas, el silencio se volvió profundo. Ana Luisa le entregó la primera carta, la que cronológicamente abría la historia: una pequeña nota que Adriana había escrito el día que Malarda llegó a sus vidas.

"A veces el destino no nos da lo que pedimos, sino lo que necesitamos para ser mejores. Hoy los moisés de los olivos nos entregaron una hija, y yo te entrego a vos, Roberto, el resto de mis días para cuidarla."

Roberto leyó en voz alta, y su voz quebrada, tenía una serenidad que las nietas nunca le habían conocido. Entendió que Ana Luisa no solo había restaurado papel; había restaurado la dignidad de un amor que él, en su melancolía por Elena, a veces había dado por sentado.

El testimonio del olivo madre

Ana Belén abrazó a su abuelo mientras Ana Eliana terminaba de anotar en un cuaderno el mapa de las cartas, para que cualquier visitante de la finca supiera qué decía cada "fruto" del árbol. Malbeca (Malarda) observaba desde la galería de la casa. Ver a sus tres hijas honrando a la mujer que las crió como propia fue el cierre de un círculo de dolor que había durado décadas. La técnica de diseño de Ana Luisa había logrado lo imposible: que el pasado fuera impermeable al olvido. El olivo madre ya no era solo una planta centenaria; era el monumento a la familia elegida, donde la sangre de Elena y la entrega de Adriana finalmente convivían en paz, meciéndose al compás del viento. Al ver a sus tres hijas bajo el olivo, sintió un orgullo que le ensanchaba el pecho. Ana Eliana, con su orden y su respeto por la historia; Ana Belén, con su sensibilidad a flor de piel y Ana Luisa, que con su ingenio de diseñadora había logrado que el amor de Adriana fuera eterno, desafiando a la lluvia y al tiempo.

Se comprendió ese instante en que las trillizas eran la mejor versión de todos los que habían pasado por esa finca: Tenían la fuerza de Elena, la nobleza de Roberto. Y ahora, gracias al gesto de las cartas, custodiaban la paciencia infinita de Adriana. Una brisa suave hizo sonar los acrílicos de las cartas. Malarda vio cómo sus hijas se reían junto a Roberto, ayudándolo a caminar de regreso a la casa. Ella se apartó del ventanal y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió el peso del pasado, sino la ligereza del futuro. El diseño de Ana Luisa no solo había protegido el papel; había sellado la paz de la familia.

Pasado un tiempo el olivo de cartas comenzó a traspasar fronteras. Un día una pareja de turistas que se había quedado rezagada tras una degustación en la bodega vecina, traspasó el límite de los viñedos, atraída por el destello inusual que emanaba del centro de la propiedad. Él, un fotógrafo italiano curtido por los paisajes del mundo, y ella, una joven historiadora local, se detuvieron en seco ante el olivo madre. Lo que vieron no era una simple instalación artística era un santuario suspendido como abierto al mundo epistolar.

Doña Bonarda y Doña Malarda, esa leyenda que nunca se contó

Caminaron entre las ramas, leyendo fragmentos de una vida que no les pertenecía, pero que se sentía universal. Sin embargo, en la rama más baja, casi tocando el suelo, un sobre de acrílico sutilmente diferente captó la atención de la historiadora. No contenía la caligrafía apretada de Adriana, sino los trazos gruesos y decididos de alguien que apenas empezaba a escribir con sus manos callosas. Una carta de un amor de la zona que se había traspapelado entre las de Adriana.

Cartas en amarillo de un verde tiempo esperanza:

Octubre festejaba en verde su lujurioso romance con la primavera, y estallaban soles por los anchos senderos del paisaje mendocino; la casa, ubicada entre viñedos y parrales albergaba un conventillo de abejas que danzaban en un teatro de geranios y madreselvas. Desde temprano, un silencio angustiante recorría aquel lugar, donde no hacía mucho tiempo, solían escucharse en la radio alegres canciones que acompañaban el diario trajín de una pareja, que compartían un espacio donde vieron crecer hijos y nietos, los que ahora acompañaban a una madre, que con angustia esperaba una noticia que inevitable llegaría, pues su esposo agonizaba en la sala de terapia de un sanatorio de la zona. Con la mirada perdida en sus recuerdos, rememoraba aquellos tiempos en que joven y enamorada esperaba ansiosa la llegada de aquel novio, que acompañaba y alimentaba sus sueños de mujer; él, solía llegar con un par de cartas, escritas por algún amigo que solícito, trasmitía en un papel los sentimientos guardados que deseaba expresar, pues no sabía escribir, pero ello no le impedía que pudiera contarle lo que sentía y cuanto la extrañaba en esos días en que su ausencia se acrecentaba.

Esas cartas, se conservaban envueltas en un añoso papel de regalo y atadas con una cinta que el tiempo había descolorido, las tenía guardadas, abrigando la nostalgia y evocando ese amor que ahora parecía llegar a su fin con la noticia que cubrió de llanto y dolor su corazón. Cuando el servicio fúnebre llegó, la casa estaba llena de amigos y vecinos que como ocurre en las zonas rurales, acompañan en el luto con afecto y amistad a los dolientes familiares. Los hijos rodeaban a la madre que, presa de su angustia estallaba en llanto; ya instalada la sala velatoria, se levantó, fue hasta el viejo ropero y de allí extrajo el puñado de cartas, con ellas en las manos pidió que la dejaran a solas con su esposo y luego de un tiempo salió para dejar que sus hijos y demás familiares y amigos se acercaran al ataúd.

Allí, entre las callosas y frías manos de aquel campesino que tanto la había amado, estaba ese misterioso paquetito con un simple mensaje escrito con dolor, llanto y amor que decía recuerdos de nuestro amor, Rosa y Cruz. Cuando novios, se habían juramentado que el primero que muriera se llevaría consigo, esas cartas que alimentaron el amor y que unieron a dos vidas, las que vivieron enamoradas durante cuarenta y cuatro años. Por eso, cuando llega el día de los enamorados, recuerdo aquel gesto, aquellas cartas y evoco la memoria de mi padre para besar las manos de quien sigue amando la figura de un campesino que no sabía leer, ni escribir, pero que le dejara en sencillos papeles retazos de su corazón.

El olivo de las manos callosas, donde el amor no necesita letras

Mientras los visitantes se alejaban, una última luz se encendió en la memoria de la finca. Ana Luisa, al revisar los archivos que habían servido de inspiración para su diseño, recordó una historia que circulaba entre los antiguos peones de la zona, una que Roberto siempre contaba con la voz baja, como quien relata un milagro. Era la historia de Rosa y Cruz, una pareja de vecinos que, décadas atrás, habían vivido un romance tan verde y esperanzador como los brotes de octubre. Cruz era un hombre de campo, de manos curtidas por la azada y el sarmiento, que no sabía leer ni escribir, pero que entendía el lenguaje del corazón mejor que nadie.

La finca se convirtió, finalmente, en un refugio donde el amor no necesitaba saber leer ni escribir para ser eterno, porque en Mendoza Este, cuando el sol de enero estalla en los parrales, las historias más bellas son aquellas que se guardan en las manos de quien sabe amar la tierra.



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