Sedimento de besos

Edición especial de verano, la novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XLI de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo.

El hijo de Alicia, Bautista, no solo heredó los ojos profundos de su madre, sino también esa "visión de rayos X" para entender lo que late bajo la corteza terrestre. Mientras sus antepasados se dedicaron a cultivar la superficie, él decidió descender a las profundidades, convirtiéndose en Ingeniero de Minas con una sensibilidad distinta: la de quien sabe que extraer es también una forma de recordar.

Una tarde, mientras Bautista trabajaba en un proyecto de exploración en la precordillera mendocina, rescató un testigo de perforación de una profundidad inusual. Al cortarlo, la veta de cobre no era un hilo desordenado, sino una espiral perfecta que le recordó inmediatamente a los sarmientos de las vides de su abuela Bonarda. "La montaña no nos entrega solo mineral," le escribió a su madre en una nota, "nos entrega el registro de lo que sobrevivió al tiempo. Cada gramo de cobre que rescatamos tiene la memoria de la presión que mis tías y abuelas soportaron en silencio." Cuando estoy acá Madre, recuerdo y releo los libros que me hiciste conocer de los escritores que escribieron sobre la minería y el trabajo de los mineros en distintas partes del mundo que han sido explotados y muy poco remunerados, aunque no lo creas, pienso en eso y pienso a la vez todo lo que podemos desarrollar con la misma, pero soy consciente que tengo que convencer que ambas cosas podrían encontrar una manera de que no sea injusta. Confío en un futuro más cuidado y sustentable al respecto. Madre, quiero lograr que estas rocas de nuestras montañas mendocinas sean removidas con honradez, la misma que vos, mi padre y mis abuelos me inculcaron.

Bautista decidió que su carrera no sería solo técnica. Inspirado por el monumento de su madre, comenzó a implementar un sistema de minería de bajo impacto, claro, pocos entendían ese concepto llegado los años 60. Utilizando los conocimientos de geocronología de su padre, Don Aldo, Bautista empezó a catalogar las piedras no por su valor comercial, sino por su historia geológica. En la bodega familiar en Rivadavia, Bautista instaló un pequeño espacio donde los visitantes podían ver los "corazones de la montaña" junto a las botellas de Malbec, Bonarda y la Criolla. Su mayor proyecto fue diseñar una serie de etiquetas de piedra tallada (láminas milimétricas de pizarra y cuarzo) para una edición especial de vino llamada "Sedimento de Besos".

El silencio en la bodega de Rivadavia no era una ausencia de ruido, sino una acumulación geológica de esperas. Bautista, con las manos marcadas por el roce de la piedra bruta, observó cómo la luz del crepúsculo se refractaba en las láminas de cuarzo de "Sedimento de Besos". En ese instante, la arquitectura de la familia dejó de ser un árbol para convertirse en una cordillera: una sucesión de presiones invisibles que solo el tiempo, en su infinita paciencia de escultor, logra transformar en transparencia.

No había en su obra la soberbia del extractor, sino la piedad del arqueólogo. Entendió, como lo hacen los poetas y los condenados, que somos apenas un breve tránsito de luz entre dos oscuridades minerales. Si el vino era la sangre del sol, sus etiquetas de piedra eran el testamento de la sombra; la prueba de que cada lágrima de Elena y cada silencio de Adriana habían decantado en el abismo hasta volverse una joya que hoy se podía tocar.

La velada de presentación de la etiqueta se extinguió con el sonido de un brindis, un choque de cristales que resonó en la cava como el eco de un pico golpeando una veta de oro en la profundidad de un sueño. La montaña, satisfecha, pareció exhalar un suspiro de cuarzo sobre los viñedos, sellando así el pacto entre lo que vuela en el aire y lo que yace, para siempre, bajo nuestros pies. Bautista giró una de las botellas para que todos pudieran leer el dorso, donde la piedra grabada explicaba el sentido de su obra: Hace referencia a que, con el paso de los milenios, todo lo que amamos, las cartas de Elena, los abrazos bajo el olivo de Adriana, termina convirtiéndose en parte de la tierra, en ese sedimento que hoy se transforma en esta etiqueta de piedra. Porque nada se pierde; todo se vuelve estrato, raíz y, finalmente, vino.

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