La última cosecha de Elena
La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XXXIV de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo.
La mañana del 25 de diciembre no trajo el sol habitual de los veranos mendocinos; amaneció con un cielo de un blanco ceniza, como si el mundo hubiera decidido bajar el volumen para no despertar a quien, por fin, dormía de verdad. Elena seguía en su sillón. El libro de Bryce Echenique permanecía sobre su regazo, pero el marcador ya no era necesario: ella misma se había convertido en la página final de una historia escrita con el alma. Bonarda fue la primera en acercarse. No hubo gritos, ni el estruendo de la tragedia. Hubo un silencio sagrado, una comprensión inmediata de que ese cuerpo menudo ya no contenía a su madre, sino que era solo el capullo vacío de una mariposa que había decidido volar hacia donde los "cirios dorados" no se apagan nunca.
La casa, que horas antes rebosaba de brindis y promesas, aunque imaginando un final, se transformó en un templo. Malarda, al entrar al living, se detuvo en seco. Miró a su hermana y luego a su madre. Entendió que el "extrañar" del que hablaba el libro ahora les pertenecía a ellas. Elena les había dejado la mesa servida y el corazón lleno, pero se había llevado consigo la llave de esa infancia que con Malarda no pudo compartir, pero de alguna manera, supo custodiar.
"La muerte de una madre es el fin del primer mundo que conocemos; de repente, el planisferio deja de ser pequeño y nos damos cuenta de que estamos en mar abierto, sin el faro que siempre nos indicó dónde estaba el norte". Mientras los yernos se encargaban de los trámites que la vida exige ante la muerte, Bonarda y Malarda se sentaron a los pies de Elena. No lloraban por lo que faltaba, sino por la abrumadora cantidad de amor que sobraba en esa habitación.
En la mesa de luz de Elena, encontraron una pequeña libreta con anotaciones sueltas. En la última página, con una letra que ya temblaba por la falta de aire, pero no por falta de fe, decía: "Hijas, no me busquen en el cementerio. Búsquenme en el aroma del pan dulce, en el brillo de los anillos de colores y en la paz de los que se perdonan. He soltado el cordón para que vean que siempre supieron caminar solas, solo que yo les sostenía la mano por puro gusto".
Elena se había ido tal como vivió: con la elegancia de quien cierra una puerta sin hacer ruido para no despertar a los que ama y su única culpa: No haber podido vivir el amor con Roberto. Los años que sufrió por ese amor no vivido hizo que le escribiera cartas y más cartas a Roberto, cartas que no mandó porque no sabía si las recibiría. Cuando sus hijas comenzaron a buscar el más lindo vestido para embellecer a su madre en esta despedida, revolviendo roperos, cajoneras, encontraron una carta escrita como un presagio, porque el resto de las cartas estaban guardadas en un cofre blanco con ribetes dorados y con una llave que había que buscar, la carta decía:
25 de diciembre de 1950 (para entregar a Roberto si yo no estoy)
Amor: Entonces brindo por vos donde quieras que te encuentres. Por cada uno de los soles que pasamos juntos. Por alguna galería, que apenas alcanzaba para separarme de vos en las mañanas. Por los mediodías que anunciaban la partida. Por las siestas irrepetibles, retratadas en mi alma. Por la música, por el poco vino que bebimos. Por sus ojos cuando se humedecían. Por el sudor de tu frente en las tardes de amor de verano, pocas pero muchas en mi imaginación. . Por los silencios que aprendí a descifrar, la resignación. Por tus camisas blancas blanquísimas ante las que siempre me rendí. Por la tersura que tenía y, debo suponer, que tiene aún su espalda. Por sus canas que ya debe tener. Por las veces que me amargué temiendo su partida. Por las veces que me alegré en que partiera. Por las carcajadas de juventud, por los llantos cuando nos separaron. Por la infinita cantidad de palabras que nos dijimos y por las tantas otras que ni siquiera nos oímos. Por las niñas que crecieron sin el amor de su padre verdadero. Por las incontables horas en las que lo extrañé. Por los domingos que nos debemos. Por las noches que no he dormido a tu lado. Por los caminos que se enmarañaron ante nosotros. Por el maldito destino que me cruzó con vos a destiempo y contratiempo. Por la nada que todo lo invade, por el todo que nada lo impide. Por vos, por mí, y por aquellos en los que nos pudimos haber convertido. Brindo con nuestra Bonarda y tu Malbec. Aunque es una Navidad típica de Mendoza Este con su desfile navideño, su orquesta, ruego a Dios que me perdone por pensar en mi muerte, renacer de otra manera, quizá en otra vida con vos.
Bonarda y Malarda quedaron petrificadas, con la carta temblando entre sus manos. La carta no solo era una despedida, era un acta de nacimiento espiritual. Al leer "las niñas que crecieron sin el amor de su padre verdadero", el aire de la habitación pareció espesarse. El nombre de Roberto no era solo un recuerdo; era la raíz de sus propios nombres, de sus propias sangres, aunque ya lo sabían, estas palabras escritas de su madre, eran el testamento vivo de lo que no murió. Él es el principio de nosotras, le dejo Malarda a su hermana.