Viñedos y vinos que hacen historia

El vino en Mendoza no es una moda, es un producto con una historia reconocible y palpable. Lo cuenta Juan Marcelo Calabria en una nueva columna de "Vinos & Comidas".

Juan Marcelo Calabria

En nuestras columnas anteriores de Vinos & Comidas hemos destacado la actividad vitivinícola de Mendoza como uno de los ejemplos señeros de adaptación, planificación estratégica y crecimiento dentro de los principales clústers productivos del país, teniendo en cuenta además que se encuentra entre las 10 principales cadenas exportadoras de argentina, según datos del informe del perfil económico de Mendoza 2020, en tanto que produce más del 78% del vino argentino. Datos que sintetizan de alguna manera una historia fascinante de adaptación y progreso de la viticultura en Mendoza.


Entre barriles y sueños: "Las bodegas de Mendoza tienen ese, qué se yo, ¿viste?"

Desde sus humildes comienzos con los primeros viñedos plantados por los colonos españoles, a partir de las primeras fundaciones de Santiago del Estero en el año de 1553 y la de Mendoza en 1561, las primeras vides comenzaron su derrotero por todo cuyo desde Mendoza, y por el norte desde la Madre de Ciudades. A partir de aquellos primeros pasos Mendoza ha evolucionado hasta convertirse en una de las regiones vinícolas más prestigiosas del mundo. La tradición vitivinícola mendocina, arraigada en prácticas heredadas y el profundo conocimiento del terroir, ha sabido integrar innovaciones tecnológicas y enológicas que han revolucionado la industria y por sobre todo destacado en los principales concursos de vinos del mundo.

Con la introducción de técnicas de riego avanzadas, como el riego por goteo, y la adopción de prácticas de cultivo sostenible, los viticultores mendocinos han mejorado la calidad y la eficiencia en la producción de vinos siendo un ejemplo de innovación y espíritu emprendedor, a partir de la capacidad de idear, gestionar y llevar a cabo proyectos, transformando ideas en productos, y desarrollando negocios creativos que trascienden fronteras.

La experimentación con variedades de uvas y la exploración de microclimas dentro de la región han llevado a una diversificación impresionante del portafolio de vinos de Mendoza. El Malbec, cepa insignia de la región, es un ejemplo perfecto de cómo la adaptación a las condiciones locales puede resultar en un producto de renombre mundial. Además, la colaboración entre bodegas, organismos públicos y privados, la inversión en investigación y el intercambio de conocimientos con viticultores internacionales han sido clave para impulsar la innovación.

Asimismo, el turismo enológico también ha jugado un papel importante en la evolución de la viticultura mendocina. La creación de rutas del vino y experiencias de degustación han atraído a visitantes de todo el mundo, generando una nueva fuente de ingresos y promoviendo la cultura del vino local. Este enfoque en la experiencia del consumidor ha llevado a las bodegas a mejorar no solo la calidad de sus vinos, sino también la presentación y el marketing de sus productos.

Así desde los albores de su historia, Mendoza ha sido cuna de viñedos que se extienden como venas por el paisaje árido, alimentados por el ingenioso sistema de riego de canales y acequias heredado de los huarpes. Estas técnicas ancestrales han dado paso a métodos que buscan lograr un equilibrio entre el respeto de la naturaleza y la producción, abrazando la innovación sin renunciar a la esencia de la tradición. El vino mendocino, otrora símbolo de la rusticidad y la fuerza, ha ido refinando su carácter, adoptando prácticas modernas que potencian su calidad. La introducción de la viticultura de precisión ha permitido a los viticultores entender mejor sus cultivos, ajustando cada variable para alcanzar la expresión más pura del terroir.

La revolución orgánica y biodinámica ha encontrado en Mendoza un terreno fértil. Aquí, la filosofía de intervención mínima y el respeto por los ciclos naturales no son solo una moda, sino un retorno a los orígenes, a un tiempo donde el vino era el hijo predilecto de la tierra. Enólogas y enólogos mendocinos, guardianes de este legado, se han convertido en alquimistas modernos. En sus manos, la uva Malbec por ejemplo, emblema de la provincia y el país, ha experimentado una metamorfosis, revelando matices insospechados que desafían los paladares más exigentes del mundo. Por otro lado, la tecnología ha traído consigo nuevas herramientas para la cata y la conservación del vino. Las barricas de roble, que una vez dominaron las bodegas, ahora comparten espacio con tanques de acero inoxidable, huevos de cemento, además de sistemas de control de temperatura que garantizan la perfección en cada botella.

Es justo también destacar que la innovación no se detiene en el vino y las bodegas. La gastronomía mendocina, como ya hemos referido anteriormente, compañera inseparable del vino, ha sabido adaptarse a esta evolución, así protagonistas de la cocina local reinterpretan platos tradicionales, incorporando vinos de vanguardia para crear experiencias culinarias que son un homenaje a la tierra y sus frutos. A estos se suma el enoturismo, en tanto que fenómeno global, ha encontrado en Mendoza un destino de peregrinación y arraigo como uno de sus lugares predilectos en el concierto de las principales capitales del vino del mundo. Los visitantes no solo buscan degustar vinos, sino vivir la experiencia de la vendimia, de sumergirse en la cultura del vino, de entender su proceso desde la cepa hasta la copa.

Por otro lado la diversidad de uvas en Mendoza es un reflejo de esta evolución y la innovación en la viticultura de la región, donde la tradición y la experimentación van de la mano para producir vinos de calidad excepcional, ya no sólo Malbec sino de gran cantidad de varietales que están ganando mercados desde hace tiempo, uvas tintas, blancas y rosadas, tanto de varietales europeos como uvas criollas autóctonas y su cruzamiento ofrecen hoy en día un reservorio de sabores únicos y representan una parte importante del patrimonio vitivinícola del país.

Un claro ejemplo es el Cabernet Franc mendocino, que hoy goza de identidad propia, siendo particularmente uno de nuestros preferidos y que según datos del INV (Instituto Nacional de Vitivinicultura) se encuentra presente en todas las provincias vitivinícolas, en tanto que en el año 2016 se registraron 929 ha cultivadas, mientras que hasta el año 1990 habían sólo 76 ha de esta variedad; y a partir del año 2000 se produce el gran auge de plantación alcanzando nuestra provincia la mayor cantidad de hectáreas cultivadas, seguida por San Juan, Neuquén y Salta. En este punto nos parece oportuna una nota de color personal destacando dos excelentes etiquetas donde este varietal es protagonista y que se encuentran entre nuestros preferidos: Nicasia Vineyards Red Blend Cabernet Franc de Bodega Catena Zapata y El Enemigo Cabernet Franc de El Enemigo Wines, Casa Vigil, los que por cierto recomiendo.

Así la viticultura mendocina es un relato de adaptación y resiliencia, una danza entre lo antiguo y lo nuevo, un equilibrio entre respetar la herencia y abrazar la innovación. Con cada cosecha, Mendoza reafirma su posición como una región vinícola de clase mundial, manteniendo su identidad única y su compromiso con la excelencia. Es la promesa de que, mientras haya quienes valoren la tierra y su fruto, el vino de Mendoza seguirá fluyendo, tan eterno como las montañas que lo cobijan.

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