Chau Quino. Mafalda y sus amigos resistirán

El reconocido periodista mendocino residente en Buenos Aires, Carlos Abel Suárez, y su homenaje de despedida a Joaquín Lavado, Quino.

Carlos Abel Suárez

Fue notable la repercusión mundial en la prensa y en las redes de la noticia de la muerte de Quino. No es fácil explicar en pocas líneas la universalidad del creador de Mafalda, un dibujante sencillo que rehuía las entrevistas y la promoción personal. Daniel Divinsky, su editor y amigo de décadas dijo estar conmovido por esa repercusión mundial, esa respuesta a la asociación de dos palabras - Quino y Mafalda - que cuatro generaciones de lugares tan diversos ven sacudidas sus neuronas. Divinsky recordó algo que muchos leímos o escuchamos de Joaquín Lavado, Quino. La vigencia durante décadas de Mafalda, de sus personajes y de la mayor parte de su obra era vista con cierto pesimismo, "porque implicaba que no habían tenido ningún efecto sus críticas y que todo seguía tan mal en el mundo como cuando había hecho sus dibujos originales".

En 1998 en su modesto departamento de Buenos Aires me contaba "no se dibujar caricaturas, por eso me meto con temas políticos intemporales, pero que parecen ser eternos". Leía los periódicos, observaba la realidad, dialogaba con la gente común y era capaz de sintetizar y expresar situaciones e ideas complejas "Deslumbrado de todo lo que puede salir de la punta de un lápiz", repetía y lo puso en boca del más pequeño de sus personajes.

Hijo de republicanos españoles, relataba con nostalgia y tristeza cuando sus padres pinchaban alfileres en un gran mapa de España, pegado en la pared del comedor, las posiciones de las tropas según llegaban las noticias por radio.

La obra de Quino no es panfletaria, pero su autor mantuvo hasta el final sus convicciones socialistas, democráticas y laicas.

Una resumidísima autobiografía, de Quino fue publicada por la revista Intramuros (Nº50, Madrid, enero 2020), en un suplemento dedicado a Mendoza, en enero de este año. Aquí sus palabras:

Hola, soy Joaquín Salvador Lavado Tejón, pero para diferenciarme de un tío, desde chiquito me llamaron Joaquinito, luego Quinito y conforme fui creciendo terminé siendo Quino. Nací en Mendoza el 17 de julio de 1932, aunque por razones domésticas me inscribieron en el Registro Civil un mes después. Soy el menor de tres hermanos y mis padres era andaluces: él de Fuengirola y ella de Mijas, provincia de Málaga.

El barrio de San José del mendocino departamento de Guaymallén, donde crecí, era lo que hoy llamarían un vecindario cosmopolita. El carnicero era gallego, libanés el que vendía telas, italiano el panadero y así completaban un mundo que no tendría mucho más que treinta cuadras. En ese barrio me crie rodeado de parientes y vecinos, muchos de ellos luego compusieron varios de mis personajes.

Fue Joaquín Tejón, hermano de mi madre, quien no sólo me legó el nombre, sino también la vocación por el dibujo. Cuando yo tenía unos cuatro años mis padres fueron al cine y me dejaron al cuidado de Joaquín, quien para entretenerme me enseñó a dibujar. Él lo hacía muy bien, ya que era un consagrado acuarelista y trabajaba dibujando las carteleras de los cines para un periódico local. Quedé deslumbrado al descubrir todo lo que podía salir de la punta de un lápiz, una fascinación que varios años después pude expresar en una tira donde Guille le comentaba esa misma experiencia a su madre.

Mi primer «choque cultural» lo tuve cuando ingresé a la escuela primaria, porque yo hablaba en andaluz y mis compañeros no entendían nada de lo que decía. Por ejemplo, cuando contaba alguna anécdota de mi barrio y les decía: «Un tío venía caminando por la calle con una maleta e ingresó en una tienda...». Ellos me preguntaba, « ¿pero cómo, ese señor era tío tuyo?...», ¿qué es una maleta?» Así transcurrieron mis primeros años en Mendoza, entre mi familia y la escuela.

En la primera viví muy de adentro los horrores de la guerra civil española y de la Segunda Guerra Mundial. En la escuela, si bien no me gustaba mucho asistir, no la pasaba mal con mis compañeros, quienes me apreciaban mucho porque los ayudaba a dibujar los mapas para las tareas de Geografía. Gracias a eso, hasta el día de hoy me acuerdo perfectamente de los ríos y las montañas que existen en el mundo.

Después ingresé a la Escuela de Bellas Artes de Mendoza y tuve la suerte de conocer a dibujantes y grabadores magníficos, la mayoría de origen extranjero que habían llegado a nuestro país huyendo del hambre y la guerra, como el italiano Sergio Sergi. Pero duré poco porque me aburría de tanto dibujar jarrones y modelos. Hasta el día de hoy lamento no haber completado mi formación artística. De haberlo hecho, mi esfuerzo para terminar dibujando de una manera «aceptable» hubiera sido más fácil.

Perdí a mis padres cuando todavía era un niño y continué la vida junto a mis tíos y mis hermanos. Luego de vender algunos dibujos para campañas publicitarias en mi provincia, a los diecinueve años probé suerte en la ciudad de Buenos Aires. Allí recorrí las redacciones de diarios y revistas con poco éxito.

Al año siguiente regresé a Mendoza para hacer "la colimba" ("la mili"). Ahí tampoco la pasé bien y, aunque disfrutaba las prácticas de tiro, mi mayor orgullo fue dibujar el banderín del equipo de polo del regimiento. Terminada esa etapa, volví a vivir en Buenos Aires, donde en 1954 comencé a publicar mis dibujos y me enamoré de Alicia Colombo, con quien me casé en 1960.

Allí «nació» Mafalda y la mayoría de mis páginas de humor. A mediados de los años 70 la situación se puso muy difícil: los episodios de violencia política eran cotidianos, comenzaron los asesinatos y las desapariciones. La imagen de Mafalda y algunas de mis páginas de humor fueron adulteradas y usadas por grupos antagónicos que no expresaban mi pensamiento socialista, democrático y pacifista.

Recuerdo que en setiembre de 1975, desde el Ministerio de Bienestar Social, comandado por el siniestro José López Rega, quien dirigía la temible «Triple A», me pidieron autorización para usar a Mafalda en una campaña de prensa. Yo se la negué y, a los pocos días, un grupo de hombres armados llegaron en plena madrugada y destrozaron la puerta de ingreso a nuestro departamento. Por suerte esa noche no estábamos en casa, pero no nos libramos del susto. Inmediatamente pensamos en Mendoza como refugio.

Durante un par de meses estuve «guardado» en la casa de mi hermano mayor, que vivía con su familia en la ciudad de San Rafael. Mientras tanto, Alicia preparaba nuestro exilio en Milán, donde vivimos hasta el retorno de la democracia en 1983.

Ese año comenzaron nuevas esperanzas, porque, pese a las dificultades que pueda atravesar un país, la democracia es el único camino aceptable...

Hoy tengo ochenta y siete años y paso mis días rodeado de afectos familiares y visitado constantemente por mis amigos de Buenos Aires. He vuelto a disfrutar del canto de los pájaros, de sentarme sobre la «chipica», de sentir el olor a lluvia e hinojo después de esas espantosas tormentas de verano. ¿Se puede pedir algo mejor? ¡¡¡¡¡Muchas gracias!!!!!

EL AUTOR. Carlos Abel Suárez reconocido periodista de extensa trayectoria en medios argentinos y miembro del comité de redacción de 'Sin Permiso'.

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