El mundo en crisis... y la oportunidad que no estamos viendo
Una mirada sobre el agotamiento del modelo actual y la necesidad de una transformación de conciencia en las organizaciones y la sociedad. "Optimizar un sistema que ya no funciona... también es una forma de negación."
Tranquilos. Todo está bajo control.
Tenemos guerras activas en distintos puntos del planeta, una crisis ambiental que ya dejó de ser "proyección" para convertirse en experiencia cotidiana, y sociedades cada vez más fragmentadas, polarizadas y ansiosas... pero nada de qué preocuparse. Seguramente es solo otro ciclo más. Como siempre.
De hecho, podríamos hasta decir que el sistema funciona perfectamente. Hace exactamente lo que fue diseñado para hacer. Produce crecimiento... aunque destruya condiciones de vida. Produce orden... aunque genere exclusión.
Produce eficiencia... aunque vacíe de sentido. Un éxito, si uno no se pone demasiado exigente con los detalles. Pero quizás el problema no sea que el mundo está "en crisis". Quizás el problema es que seguimos llamando crisis a lo que, en realidad, es un agotamiento. El agotamiento de una forma de mirar, de producir, de vincularnos.
Durante décadas -y con bastante orgullo- construimos un modelo basado en tres grandes principios: controlar, separar y acumular. Controlar la naturaleza. Separar lo humano de lo vivo. Acumular valor, aunque no sepamos muy bien para qué. Y sí, ese modelo funcionó... hasta que empezó a mostrar sus efectos secundarios. Porque resulta que tratar a la naturaleza como objeto genera crisis ambiental. Que organizar el mundo desde la fragmentación genera conflicto. Y que vivir desconectados del sentido genera vacío. Inesperado, ¿no?
Lo interesante es que, incluso frente a esta evidencia, la respuesta dominante sigue siendo la misma: más de lo mismo, pero mejor ejecutado. Más tecnología, más optimización y velocidad. Como si el problema fuera de performance y no de paradigma.
Desde mi trabajo con organizaciones industriales -y desde un recorrido más personal vinculado al desarrollo humano y la espiritualidad- fui entendiendo algo que, al principio, incomoda: No hay transformación estructural sin transformación de la conciencia.
Podemos automatizar procesos, implementar metodologías de excelencia operacional, incorporar inteligencia artificial... y aun así repetir exactamente los mismos patrones. Porque el problema no es solamente lo que hacemos. Es desde dónde lo hacemos. En ese camino, empecé a explorar territorios que durante mucho tiempo quedaron fuera del discurso "serio": experiencias de expansión de conciencia, incluyendo -con el debido respeto y en contextos adecuados- el uso de plantas enteógenas. No como moda. No como solución mágica. Sino como puerta. Una puerta incómoda, porque abre una pregunta que desordena todo: ¿Qué pasa cuando dejamos de percibirnos como individuos aislados y empezamos a experimentar -no a entender, a experimentar- la interconexión con todo lo vivo? Cuando eso ocurre, algo cambia. No por obligación. No por regulación. Por coherencia.
Y desde ahí empieza a aparecer otra forma de mirar el mundo. Una que ya no busca solo sostener o "hacer menos daño", sino regenerar. Regenerar vínculos. Regenerar sistemas. Regenerar culturas. Y esto, inevitablemente, alcanza a las organizaciones. Porque una empresa nunca fue solo una unidad económica. Es un espacio donde se fabrica realidad. Donde se define cómo nos relacionamos, cómo decidimos, qué consideramos valioso... y qué estamos dispuestos a sacrificar para lograrlo.
Marcelo Martínez Abraham, el autor de esta reflexión.
Por eso, el desafío que tenemos por delante no es solamente mejorar indicadores. Es preguntarnos -en serio- qué tipo de conciencia estamos amplificando con lo que hacemos.
En mi experiencia, los mejores resultados no aparecen cuando elegimos entre eficiencia o humanidad. Aparecen cuando dejamos de separarlas. Porque la eficiencia sin conciencia escala el daño. Y la conciencia sin capacidad operativa queda en discurso. La integración de ambas no es un ideal romántico. Es una necesidad estratégica. Y, quizás, también evolutiva.
Si algo define este momento histórico es su carácter iniciático. Como en todo proceso profundo, primero aparece el caos: incertidumbre, pérdida de referencias, tensión. Nada cómodo. Nada claro. Pero es justamente ahí donde algo puede nacer.
La pregunta ya no es si el mundo va a cambiar. Eso ya está ocurriendo. La pregunta es otra, mucho más incómoda: ¿Vamos a intentar sostener lo que ya se está cayendo... o vamos a animarnos a cambiar nosotros?
No tengo respuestas definitivas. Pero hay algo que cada vez siento con más claridad: Tal vez esto no sea el fin de algo. Tal vez sea el inicio de una forma distinta de estar en el mundo. Más integrada. Más consciente. Más humana.
Y si eso es así... Entonces la crisis no es el problema. El problema sería atravesarla sin darnos cuenta de la oportunidad que traía.