¿Qué capitalismo ofrece la oposición?

Si crece la naturalización del autoritarismo desde el Estado y la resignación a que alguien decida por todos, es porque los capitalistas no están argumentando claramente qué capitalismo quieren para que Argentina salga del pozo.

Memo

Los políticos argentinos le han dado vida artificial a la fallecida posibilidad de que haya un gobierno ajeno al libre mercado. Esta estimulación de un comunismo zombie es posible que sea propuesto como "alternativa", aun sabiendo de su fracaso para conseguir en la práctica los objetivos teóricos que propuso, porque el ejercicio capitalista no está brindando salidas ni ofreciendo horizontes.

Se termina idealizando -si no, ideologizando- al sistema capitalista del mismo modo en que se lo hace con el socialismo. 

Es una tensión absurda, una propuesta inconducente. Una encerrona. Una trampa para exaltados que poco pueden aportarle a la calidad de vida e inclusión real en la economía de los más diversos sectores de la sociedad.

Sabiendo que inexorablemente es el libre mercado y la pluralidad de partidos e ideas el sistema que garantiza que todos podamos convivir sin que sobre nadie, lo que les falta a los partidos que defienden al capitalismo es indicarles a los argentinos qué capitalismo ofrecen.

Actúan temerosos de ofrecer un objetivo claro para el país o demasiado abiertos a contener cualquier ilusión del electorado, en caso de ganar el poder. Eso los muestra inexpertos y poco capacitados para reconducir el destino de una Argentina que hoy está a la deriva, claramente.

Si la oposición quiere ganar, tiene que decidir qué modelo regirá en la Argentina, qué impulsará y qué descartará como posibilidades de desarrollo. No puede continuar actuando con timidez u ocultando su plan, si es que lo tiene.

Ya sucedió cuando Maurici Macri le ganó por poco a Daniel Scioli, en una campaña en la que nadie propuso ningún rumbo concreto y que se basó en el marketing. ¿Cómo pedirle entonces apoyo al electorado cuando no blanquearon ante la ciudadanía, previamente, hacia dónde querían ir?

Eso puede volver a suceder, pero no debería pasar.

En el fondo del pozo de la credibilidad en la figura presidencial, sin plan económico, hundidos en el contexto internacional, hoy hace falta que nos digan si lo que viene será un 'capitalismo de amigos' como el de Rusia, uno autoritario y sin derechos sociales como el de China, si se buscará una experiencia de 'capitalismo con rostro humano' como el que propone el sector no populista de la Iglesia, si se pretende generar una experiencia al estilo del sudeste asiático, o cuál otro.

¿Qué hay en el capitalismo sano que hace falta?

1) Meritocracia, premio a los mejores y los que se esfuerzan.

2) Fuerte competencia en todos los mercados, que obliga a la 

3) innovación tecnológica permanente, (ejemplo Google vs Facebook vs TikTok... donde en cada uno se invierten fortunas y se crean miles y miles de empleos bien pagos).

4) Una sociedad civil fuerte con 

5) empresarios independientes del estado cuyas ganancias dependen del mercado y no de los burócratas, y 

6) un Estado presente, eficaz, igualador de oportunidades, desde la educación hasta el transporte público, que cuida el gasto estatal, el dinero de los ciudadanos y no genera inflación. 

La mezcla de todos ingredientes da por resultado un aumento importante del bienestar, los ingresos y las oportunidades para la enorme mayoría, a la vez que la protección de las minorías que no pudieron afrontar el reto.

 Desde Australia, Canada o Irlanda hasta Dinamarca o Corea del Sur, sobran ejemplos de capitalismos que han podido aumentar exponencialmente la calidad de vida de su gente. Por el otro lado están los regímenes como Venezuela, Cuba o Corea del Norte.

Desde la política, cada jugador del sistema democrático que rige en el país debe generar un horizonte y mostrar un camino, y someterlo al electorado.

Si no ocurre, le estarán dando espacio a los que indican que las posibilidades se reducen a una sola: la idolatría de un líder carismático, la sumisión a sus caprichos e intereses del momento y definitivamente, la renuncia a pensar por sí mismo para aceptar la agenda y el racionamiento que defina un gobierno todopoderoso.


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