Compromiso ambiental: financiar protestas o liderar un cambio cultural

Los municipios están poniéndose al frente de una tarea que es más que una consigna o una bandera: provocar un cambio cultural en favor de que el lugar en donde vivimos no se siga degradando. Acciones propias ya, lejos de lo declamativo.

Lejos, muy lejos de la tradicional asignación de tareas de "alumbrado, barrido y limpieza", los municipios han venido asumiendo desafíos cada vez mayores. Por cercanía vecinal o bien por compromiso de sus líderes, aquel rol menor de administrar lo local subió varios escalones para transformarse en algo así como "gobernar mi pedacito de mundo, como el mundo lo exige en este tiempo".

El ambientalismo puede ser una consigna política y social (y estará bien) o volverse una acción transversal y concreta de gestión (y podría cambiar el estado de las cosas). Puede ser usado como un argumento de protesta o ejercido como herramienta de trabajo, entre muchas otras opciones ya que aquí no hay maniqueísmo posible. La desconfianza en los Estados muchas veces empuja a la desazón y el reclamo más que a la acción. Pero hay un punto de partida, según como se mire al vaso. Con el inicio del año 2020, hay dos comunas de Mendoza que han presentado sus planes al respecto, la Ciudad de Mendoza y Luján de Cuyo, que parecen ir más allá de solo una declaración de buenas intenciones, y otros que vienen en una tarea desde antes, como es el caso de Godoy Cruz. 

Hay en estos planes que sorpresivamente lanzan bastante más que una idea de hermosear las comunas, sino que se impulsa una nueva forma de vida en el "pedacito de mundo" que le toca a quien vive allí. Que el impacto de ejercer la vida sea positivo y no desgaste lo que hay. Que se pueda sostener y sustentar a lo largo del tiempo, reaprovechando recursos y no malgastándolos.

Está más claro que nunca que hoy ser ecologista no pasa por decirle a los demás qué deben hacer o no, sino actuar en el sentido que indican. Y han sido hábiles políticamente las comunas al asumir un rol latente aunque muchas veces disminuido a lo decorativo o a lo declamativo.

Es cierto que el mundo está viviendo un momento climático especial, pero no es menos cierto de que la catástrofe puede ser revertida por pequeñas y grandes acciones que puede tomar cada uno a la medida de su alcance.

De allí que protestar para impedir tal o cual cosa es un camino en el que el pesimismo y el fatalismo alimentan miedos que movilizan a algunos y paralizan a otros. Pero actuar parece ser la clave y lo que municipios, sus dirigentes, grupos de personas, empresas o sectores puedan hacer hoy mismo sin esperar por ello aplausos o medallas, es un aporte sustancial para frenar la crisis climática.

Por supuesto que el desafío va a tener éxito no solo si es capaz de contener en la institucionalidad de la gestión del Estado a individuos o colectivos que hacen cosas, desde simplemente protestar a generar cambios con nuevos productos o formas de consumo y vida. Será eficaz si consigue un cambio cultural, yendo al tuétano de una sociedad que esta acostumbrada a otras cosas, a un mundo que ya no existe: el de los excesos, el despilfarro, el descontrol. El de priorizar sus derechos por sobre sus deberes.

Así como muchas veces nos mostramos orgullosos del lugar en donde vivimos y citamos el esfuerzo de los inmigrantes en ocasiones, o el ingenio de los habitantes originarios en otras, a esta generación le tocará el rol histórico de cambiar un rumbo que parecía adecuado, pero que a la vista está que no lo era del todo.

Lo que están diciendo las comunas que se suman con acciones concretas y planes al cambio social frente al clima que ya cambió, es que hay que hacer un esfuerzo ahora, personal y colectivo, y no solo reclamar el "deber ser" de los otros. Así como hay comunas que gastan los recursos de sus vecinos en financiar protestas, hay otras que asumen compromisos para sí mismas y convidan a sus habitantes con una agenda bastante más comprometida que generar temor: la de construir una nueva forma de compartir el lugar en donde vivimos.

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