Educación pública siempre, a pesar de Menem

El autor trae a la memoria un aspecto que no apareció en las notas que recordaron el paso de Carlos Menem por la gestión, hace una semana exacta, cuando falleció. El testimonio, el recuerdo, el análisis y la opinión de Pablo Gómez.

Pablo Gómez

La muerte del expresidente Menem trajo de vuelta a las primeras planas una vieja grieta iniciada en el siglo XX, y que algunas personas creíamos sepultada. Por supuesto, y como siempre pasa, hay un sector de la sociedad que olvida todos los defectos de un recién fallecido y lo eleva a la gloria eterna entre las supuestas virtudes que pudo poseer. En el caso de Menem además, volvieron del arcón de los recuerdos muchos hechos negativos, incluida la negación de una ciudad entera a honrar al ex presidente: Rio Tercero, en Córdoba, fue literalmente explotada durante el menemismo, al parecer para tapar una venta ilegal de armas en un conflicto en el cual Argentina era garante de paz.

En mi caso personal, soy de respetar profundamente a quienes han sido elegidos por voluntad popular. Ese respeto supera a mis creencias personales como en el caso de Menem, de quien siempre estuve absolutamente en contra. Pero aun así, hay un respeto que guardo por quienes lo votaron, y no fueron pocos: en tres elecciones en que fue candidato a presidente, Menem sumó veintiún millones trescientos ochenta y seis mil doscientos treinta y un votos. Muchos de ellos por supuesto son votos de las mismas personas que lo habrán votado más de una vez, pero en definitiva, más de veintiún millones de veces alguien puso en una urna una boleta a favor del fallecido, pretendiendo que ocupara la Presidencia de Argentina. Esas personas que lo votaron, aunque opinan distinto que yo, me merecen respeto, y ese es el respeto que traslado a quien eligieron como candidato.

A Menem nos opusimos, democráticamente, millones de argentinas y argentinos en distintos frentes; en mi caso particular, como estudiante universitario y dirigente de la Agrupación Reformista Franja Morada, marché varias veces por las calles del centro de Mendoza y también de Buenos Aires. Caminé junto a estudiantes de distintas agrupaciones de un amplio espectro político (pero siempre con mayoría y liderazgo fundamental de la Franja Morada) enfrentando al modelo que pretendía eliminar la Universidad Pública gratuita y cogobernada. El modelo menemista, dictado y escrito por organismos internacionales de crédito, pretendía eliminar el "gasto" educativo del Estado Nacional, con la tradicional receta que tanto daño hizo en otros sectores: el sistema solidario de jubilaciones fue desguazado, y empresas estatales varias fueron malvendidas y en algunos casos vueltas a "malcomprar", porque los supuestos salvadores de esas empresas obtuvieron sus ganancias y partieron, dejando en nuestra tierra solo los despojos.

Pero el sistema educativo público en Argentina no es un gasto: es claramente una inversión rentable. No solo por los beneficios individuales que entrega a cada una de las personas que se gradúan de él; no solo porque al democratizar el ingreso, permanencia y egreso de sus aulas, genera personas más comprometidas con las necesidades del país. Además de eso, aun desde lo estrictamente económico, es superavitario: de cada tres habitantes que ingresan a la Universidad en nuestro país, una persona se gradúa en tiempo, una se gradúa algunos años más tarde, y una abandona. Esa gente que se gradúa, aporta con sus impuestos a lo largo de su vida laboral más de lo que el Estado destina en el Presupuesto nacional para atender a las tres personas que estudiaron, incluida la que no culminó su carrera. Este "negocio", de todos modos, y quizá por la oportunidad solidaria que significa para los sectores que no pueden afrontar el pago de una cuota para estudiar, pretendió ser también privatizado.

El menemismo finalmente logró imponer una ley que, aún sin arancelar la educación, dejó bastante golpeadas las ideas de la Reforma Universitaria que elevaron a las Casas de Estudio argentinas a los primeros lugares de Latinoamérica y con importante preponderancia mundial. La ley menemista puso controles externos a las universidades, a través de un organismo designado por el gobierno de turno, socavando la autonomía de las mismas: el conocimiento académico pasó a ser controlado por el partido de gobierno. Por otro lado, permitió que docentes que no tienen cargos efectivos elijan a las mismas autoridades que firmaron sus designaciones, y elevó el valor del voto docente a más del cincuenta por ciento de electores. Resumiendo: quienes dependen a fin de año de la renovación de su contrato laboral por parte de las autoridades de las Facultades, son quienes forman parte de la mayoría que elige a esas mismas autoridades. Quien lea, es libre de suponer cómo puede llegar a resulta esto.

Menem lo hizo. Y muchas personas nos opusimos. En mi caso particular, debo confesar que formo parte de un selecto grupo: como dirigente de una federación estudiantil nacional, firmé un recurso judicial en contra del presidente Menem por la Ley de Educación Superior, y aun así sigo caminando; estoy convencido de que no somos muchos. El recurso pospuso por algunos meses la aplicación de la ley en la Universidad en la que yo cursaba mis estudios, pero finalmente se implementó; y fue gracias al "per saltum", tristemente famoso por haber sido utilizado en esa época por la Suprema Corte de Justicia de la Nación para "entender" en causas que, aunque no estaban en su ámbito, eran tomadas de tribunales inferiores y resueltas en tiempo récord. Cuando el Tribunal Supremo del país toma causas y resuelve a la brevedad, hay que admitirlo, mejora el tiempo promedio de resolución de casos; lamentablemente al parecer no siempre los beneficios son mayores que los perjuicios generados por esa resolución.

Pero en definitiva, el dos veces Gobernador, dos veces Presidente y tres veces Senador Nacional, falleció y dejó en muchas de las personas que fuimos sus contemporáneos, un sabor más amargo que dulce. Quizá sea momento de reflexionar sobre cuánto tiempo utilizamos en elegir una boleta antes de meterla en la urna. Porque siempre creí, creo y espero seguir creyendo, que la responsabilidad no es solamente del ex presidente, sino también de quienes le dimos el poder.







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