El país de las devaluaciones: el dinero, las palabras y ¿también las instituciones?

No se puede confiar en lo que anuncie nadie en el zénit del poder político, porque al rato puede ser desmentido. No hay plan y si lo hay, ¿cómo confiar en que sea verdad? El Presidente no parece tener la última palabra a la hora de definir temas cruciales. Pero este no es solo un problema de Alberto Fernández, el actual mandatario, sino de los argentinos. ¿Qué nos queda?

Nos acostumbramos a acomodar los melones al andar, a atar las cosas con alambre para que funcionen. Expertos en crisis económicas, cuando estas vuelven a un cauce que ya parece "natural", los argentinos nos asustamos menos que cuando algo así golpea a cualquier otro rincón del mundo. Como "perros cascoteados", a fuerza de estos castigos reincidentes, vivimos en un loop que, aunque parece repetitivo, acarrea un desgaste sustancial: esa ausencia de sorpresa no parece ser una capacidad adaptativa que nos haga destacar por sobre el resto de los seres bajo crisis aplastantes, sino que nos ubica en un contexto de desgaste profundo de los valores que nos vinculan como ciudadanía.

Si bien es posible que como sociedad seamos más resilientes y podamos darnos la mano para salir del pozo una y otra vez, el ejercicio ciudadano se debilita. Allí están las palabras de los principales protagonistas del sistema político, casi sin valor. Sus programas, promesas, análisis y pronósticos cotizan en baja. 

No se trata solo de una moneda nacional que con su billete de mayor denominación no alcanza a comprar 10 dólares, sino de una política que juega a la ruleta rusa constantemente, a veces desmintiéndose en cuestión de día u horas.

Todo esto puede ser casual (producto de la improvisación), consecuencia (planificado para "marear", distraer y de tal forma, conducir sin cuestionamientos) o por degradación del propio sistema, entre otras posibilidades que algún politólogo pueda sumar.

A cierta política le encanta culpar de todo "al otro", a quien le achaca alimentar a "la antipolítica", mientras ejercita su propia torpeza, destruye por ineptitud o no sabe, básicamente, cómo gestionar (si es que el plan no es, directamente, robar y huir, y así sucesivamente). Socava al sistema republicano desde adentro y se define como "democrático", la primera palabra devaluada, tergiversada y manipulada al gusto de cada quien la utilice.

En la Argentina actual la palabra presidencial está devaluada. 

Los presidentes habla mucho y de cosas que no saben. Si supusiéramos que gobierna "la mejor persona disponible para el cargo", aceptando el desafío ciudadano de elegirlo en elecciones libres, imaginemos el carácter de quienes los acompañan, asesoran y alientan cuando proponen que "no hay nada más fácil que parar la inflación", como le dijera Mauricio Macri a Mirtha Legrand para que luego se dispararan al demonio los índices del "mejor equipo de los últimos 50 años". O "entre salud y economía elijo la salud de los argentinos y las argentinas" de Alberto Fernández, luego de que su ministro sanitario negara que pudiera llegar desde la lejana China el coronavirus covid-19 a la Argentina, y ambos renegaran de ambas frases cuando les advirtieron de su error. 

El caso del presidente Fernández es paradigmático, porque se contradice todo el tiempo: habla de un "gabinete federal" y por casualidad uno solo de su populoso equipo de ministros porteñocéntrico y secretarios tiene a un provinciano, Luis Basterra, al que ni siquiera invitó a hablar de la expropiación de la granera Vicentin. Y a propósito: anunció la estatización tras reunirse con los empresarios antes quienes se definió como "un capitalista, un liberal de izquierda". Quiso recular y no pudo, no supo o no quiso un día después, cuando le advirtieron que era ilegal lo que estaba promoviendo, nada menos que la intromisión del Poder Ejecutivo en una tarea que es propia del Poder Judicial. 

Ya en 1989, en ocasión de la campaña presidencial del entonces caudillo de las pampas, Carlos Saul Menem, los asesores publicitarios lograron convertir sus contradicciones profundas -que el opositor Eduardo Angeloz capitalizó haciendo difundir una campaña que mostraba a "Menem contra Menem"- en potencial de campaña, para abarcar con el brazo izquierdo y el derecho a sus posibles votantes y aportantes de recursos para la campaña, entre los cuales estuvieron tanto "la burguesía nacional" como los Montoneros, a quienes indultó no bien pudo hacerlo, ya ejerciendo la presidencia.

Alberto Fernández, en competencia o en combinación (qué difícil es saberlo) por el control de las riendas del país con su creadora en esta etapa, Cristina Fernández de Kirchner, lleva escasos seis meses en el gobierno, pero la evaluación del cumplimiento de su palabra cotiza en baja, en picada. Sube el riesgo del país en quedar entrampado en sus marchas y contramarchas.

Los mendocinos ahora lo sabemos a raíz de sus desopilantes declaraciones en Santa Rosa, capital de la provincia de La Pampa, en donde quiso quedar bien con sus anfitriones y dijo una serie de barbaridades en torno a los ríos Atuel, Colorado y el proyecto multipropósito Portezuelo del Viento. Eso más que un meme o un chiste, resultan un perjuicio para Mendoza. 

 Si es que no se la quiere perjudicar, al menos se la intenta poner de rodillas para volver a pedir lo que le corresponde. ¿O qué otro motivo puede haber?

¿Quién junta la fuerza suficiente para parársele de frente cuando dentro de la propia provincia hay gente que prefiere cuadrarse que pensar por sí solos, acatar el mandato del mandamás en vez de discutir la autonomía local, sumando esfuerzos multipartidarios en la defensa de un derecho ya evaluado, ya aprobado, ya adjudicado y que solo resta ejecutar?

Sabemos que es mejor esperar -aunque atentos- a que se hagan las cosas, porque lo que vocifera muchas veces en tono épico o con pretendida filosofía, se cae en cuestión de horas o días por una declaración en sentido contrario. 

En el caso de Alberto Fernández, (aunque bien podríamos estar hablando de Macri y Marcos Peña, con otros temas y otros modales, o de CFK en el gobierno después de Néstor Kirchner con el kirchnerismo disintiendo del cristinismo) es la cara visible de un grupo en donde pareciera que no es el dueño de la última palabra y que cada acción es sometida a una asamblea interminable entre sectores a los que mantiene unidos la ambición de poder, pero sin pensar de igual modo sobre las cosas y con una puja por definir la decisión final en donde el Presidente ni siquiera juega como árbitro: cualquiera lo desmiente o le sientan a su lado en las conferencias de prensa a jefes de tribu, para recordarle que no está solo, como control interno o tal vez, a modo de globo de ensayo para medir reacciones públicas y recién entonces actuar o recular.

Hasta aquí, nada nuevo: la política queriendo morderse la cola. Lo novedoso es que la antipolítica surja desde su seno, y se aproveche hasta del desgaste propio usándolo como combustible.

En todo esto, lo peligroso no es que caigan en desmedro las imágenes públicas de tal o cual dirigente, sino que se rompa el respeto por las instituciones, sus normas y regulaciones.

La pandemia nos está dejando esto también: un poder exagerado en uno de los tres pilares de la República y el presunto renunciamiento del resto, o su incapacidad, a ejercer. La Justicia, por discapacidad y deslegitimidad, al no poder, no saber o no querer autodepurarse en su nudo central de decisiones en donde se cuecen las decisiones inherentes a los delitos económicos, las garantías constitucionales y el contrapeso del Ejecutivo. Y el Legislativo, devenido en un The Truman Show digitado por dos conductores hábiles para la distracción, el disimulo, el entretenimiento y la acción, como son los titulares de ambas Cámaras: Cristina Kirchner y Sergio Massa.

Queda como garantía la ciudadanía que por miedo a un virus puede estarse pinchando en su capacidad de ejercicio. Pero es lo que queda.

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