El ridículo de pedalear para un like que no llega
Es la neurosis de la generación Younger. Ese sector del padrón que vive editando su realidad para que parezca un catálogo de experiencias épicas,
Tengo la edad de las que ya no salen en la foto, pero manejo el lenguaje de las que todavía no nacieron. Es un arte, ¿saben? El arte de borrar las huellas del tiempo con la misma facilidad con la que se borra un historial de búsqueda. Como Liza en esa oficina de Nueva York, yo también camino por la calle San Martín sintiendo que mi vida es un PDF editado a último momento. Pensando en los 50 años de la vuelta del ciclismo nacional, viendo la serie Younger y hablando de competencias, acá un Requete Feo.
Miro a los millennials. Mírenlos en la serie Younger. Mírenlos en todos lados. Están ahí, con el Phone en la mano y el pánico en la mirada, tratando de descifrar cómo se supone que deben reaccionar ante algo que cumple medio siglo cuando ellos apenas están lidiando con su primer dolor de ciática. Es la neurosis de la generación Younger. Ese sector del padrón que vive editando su realidad para que parezca un catálogo de experiencias épicas, pero que en el fondo sufre el síndrome de la silla vacía. Tienen miedo. Tienen ese terror sordo a que el evento pase por la puerta de su casa en Luján o en Maipú y ellos no tengan el caption inteligente para Instagram. Si no lo posteaste, ¿realmente sucedió? ¿seguís siendo relevante en el grupo de WhatsApp?
Son expertos en la cosmética de la presencia. Pueden fingir que les importa la mística de la ruta mientras por dentro solo calculan cuánta batería les queda para llegar al final de la etapa. Es una envidia social que se traduce en píxeles: necesitan estar ahí, no para ver la carrera, sino para que los vean viendo la carrera. Para demostrarle a los centennials que todavía tienen el pulso de la calle, que no son tan viejos como los 50 años que se celebran, aunque por dentro se sientan como una edición agotada.
Pero lo verdaderamente feo, lo que te revuelve el estómago como un mal vino, no son los chicos con sus pantallas (al fin y al cabo ellos nacieron en esta generación). Lo feo es el espectáculo de los espejos rotos: esa legión de cincuentañeros que, en lugar de portar sus décadas con la dignidad de la montaña, se rompen la espalda intentando ser millennials.
Ahí los ves. En la largada del Parque San Vicente o trepando el Manzano, con la piel estirada por el filtro y el lenguaje forzado de quien quiere pertenecer a un club que ya les cerró la puerta. Es el ridículo de la madurez que se niega a sí misma. Tipos y minas de cincuenta que se visten de relevancia efímera, usando términos que no sienten y posteando reels con una ansiedad que da pena.
Quieren ser la novedad en un mundo de lo descartable. Se mueren por un like de alguien que tiene la edad de sus hijos, mientras ignoran que la verdadera épica, esa de los 50 años de la Vuelta del ciclismo, no necesita un filtro de TikTok para ser real. Es la tragedia de la generación Younger multiplicada por la crisis de los cincuenta: una edición agotada que intenta hacerse pasar por un lanzamiento exclusivo.
Al final, en las calles de Mendoza, lo que queda es ese vacío. El de los que tienen la edad del éxito, pero prefieren la sombra de la juventud ajena. Porque no hay nada más viejo que el esfuerzo desesperado por parecer joven frente a una pantalla que, tarde o temprano, siempre te termina delatando. Ahora les sugiero ver la serie porque es maravillosa, una clase magistral sobre nuestras propias mentiras.