La soldada Fernández Sagasti

Gustavo Gutiérrez, candidato a diputado nacional por el frente Vamos Mendocinos, escribe aquí su opinión sobre la precandidata a senadora nacional del Frente de Todos, Anabel Fernández Sagasti.

Gustavo Gutiérrez

Si tiene que ensuciar el extraordinario prestigio académico y jurídico de una eminencia como el fallecido Carlos Fayt, lo hace.

Si tiene que avalar el nombramiento de abogados personales de Cristina Kirchner como jueces federales, lo hace y lo hará.

Si tiene que sumarse a una campaña difamatoria eludiendo lo que dictamina la justicia -como en el caso Maldonado- no duda.

Si tiene que oponerse al decreto de extinción de dominio para impedir que el Estado pueda hacerse de los bienes de los funcionarios y empresarios delincuentes que asuelan el país, lo hizo y lo haría, una y otra vez.

Si tiene que defender, como ya lo hizo, la casi suma del poder público para el Presidente a través de leyes que le otorgan superpoderes, arremete.

Si un senador del bloque oficialista avala la política sanitaria de Formosa y las condiciones infrahumanas de aislamiento instrumentadas por Gildo Insfrán, asegurando que "en la pandemia no hay derechos", ella convalida.

Si tiene que hacer silencio frente al vacunatorio VIP, el robo de vacunas e infinidad de situaciones innobles, que navegan entre los negociados y la ideología, lo hace.

Si tiene que ser la espada legislativa para que el Estado Nacional intente apoderarse de la compañía Vicentin, avanza. Y no le tembló el pulso a la hora de convalidar la carga en las espaldas de todos los mendocinos del pasivo de más de 500 millones de dólares de IMPSA, una empresa que hace años que no existe.

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Si tiene que defender la emisión descontrolada para sostener un clientelismo engañoso, aún a costa de someter fiscalmente a Mendoza, no lo dudará.

Si hay que decir una cosa y luego otra sobre el desembolso del FMI para sostener el relato, ella lo hará.
Si tiene que hacer oídos sordos a los avances del tándem Vila-Manzano, también.
Si tiene que hacer omisión verbal a los modos en cómo se financian las campañas camporistas, lo hará.
No en vano es una soldada.

Anabel Fernández Sagasti milita todas las mentiras increíbles que se propalan desde el poder oficial. Milita la impunidad de ex y actuales funcionarios a todas luces corruptos. Ella es un engranaje más. Si no es ella, otra persona del PJ tomaría su lugar. Son piezas necesarias en el perverso mecanismo que permitió al día de hoy casi 110.000 muertes perfectamente evitables.

Ella es soldada. Acata sin chistar.

Nos dice Hannah Arendt que es en el espacio público donde desarrollamos nuestra condición humana. Allí alcanzamos nuestra humanidad. No en solitario, sino en relación con los otros, en un mundo plural y compartido. Es en la esfera de la política donde encontramos los asuntos humanos en común. Es allí donde debe imperar la responsabilidad colectiva contra la violencia y donde la identidad personal es lugar de resistencia frente a la discriminación, la exclusión y la mentira.

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Con la andanada de mentiras que una y otra vez el oficialismo kirchnerista instala, se construye una fachada que amenaza despojar a los ciudadanos de ese lugar de resistencia. Son el caldo de cultivo y antesala de las autocracias.

Debemos preguntarnos cómo surge y se sostiene un régimen político basado en la mentira, qué factores influyen en ello y qué cambios produce la mentira en la sociedad.

Es frente a esas preguntas que debemos replantearnos el papel de nuestro Estado-Nación.

Éste es el instrumento que nos proporciona un marco legal para el ejercicio y garantía de los derechos de los ciudadanos. Muchos de ellos hoy están privados de reconocimiento social, político y jurídico. Veamos, sin ir más lejos, los ejemplos de Formosa, Chubut y Santa Cruz.

Con la mentira, se pierde la importancia del derecho a tener derechos dentro del Estado-Nación. Es harto evidente que, en muchos lados, los derechos humanos se convirtieron en derechos de excepción.

El derecho a tener derechos necesita que el Estado reconozca a las personas que lo habitan: el derecho a ejercer ciudadanía, el derecho moral a ejercer derechos jurídicos individuales, políticos y sociales.

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Claro que la candidata a senadora nacional por Mendoza del Frente de Todos, tiene donde abrevar... Primero, en los individuos despreocupados y centrados en sus intereses -figura opuesta a la de ciudadano -indiferentes a la violencia, a lo público. Ese individuo cansado de tantas mentiras, es el fermento apropiado para un devastador conformismo social y político. Son millones. Muchos de ellos anclados al clientelismo. Seres que para el poder son descartables, intercambiables, sustituibles.

Sobre ese conformismo ante la mentira y el renunciamiento a tener derechos plenos, todo es posible. Incluso una autocracia.

Frente a ello, se opone el republicanismo cívico de todos los integrantes del frente "Vamos Mendocinos". Enfatizamos la importancia del bien común, la relevancia de la virtud cívica, la libertad con los demás -no frente a los demás- y criticamos la actual representación bipartidista entre la UCR y el PJ, proponiendo para los ciudadanos mendocinos el mayor autogobierno posible.

No tiene justificación moral la imposibilidad de resistirse que insinúa el sistema kirchnerista, de la mano de Fernández Sagasti en nuestra querida Mendoza

Ante la obediencia debida total de la soldada de la Cámpora y de Cristina -esa es su trayectoria- no podemos ser simples espectadores, ni anónimos cómplices

Discernir ante mentiras evidentes, oponer resistencia, es pensar por uno mismo, tener empatía, ponerse en el lugar del otro.

Existe una moral, siempre. Más en tiempos de crisis.

Y se ejerce en un diálogo silencioso consigo mismo. Ante nuestras conciencias. 

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