Hola y adiós
De todo un poco, como en botica. Escribe María Laura Rombolí.
Qué gran encrucijada. Tengo un timing especial para elegir estos momentos. Son las 0.20 del primero de febrero de este 2026. Y es mi costumbre -no siempre, pero más seguido de lo que uno piensa- enviar mis columnas en la madrugada. Como una especie de homenaje a los grandes escritores, me gusta escribir a estas horas. Claro que hoy es un día especial porque este texto será enviado a dos queridos periodistas: uno que decidió despedirse y puso fecha (justo el 31), y otro que aceptó el desafío y avisó que comienza a partir del primero.
Y acá estoy, viviendo esa transición que me toca el corazón más de lo que creen. Gente querida en ambos lados y, aunque la despedida pese un poco más, pienso mientras escribo que enviaré el correo a los dos, al mismo tiempo, y que seguramente será -como me gusta- en la madrugada, para que al despertar sepan, al que le quepa el sayo, lo que debe hacer.
Ahí vamos...
Qué despedida húmeda eligió enero para irse, ¿no? Como una especie de venganza a los pésimos chistes sobre lo largo que es, eligió irse -¿por qué hablo como si fuera una persona?, ¡es un mes!- con una tormenta que diera que hablar. De esas que inundan, tiran árboles y nos llenan el teléfono de videos y fotos, como si nunca hubiéramos visto semejante lluvia.
Confieso que mi dio algo de ternura la comunicación de un intendente -o "jefe comunal", como les gusta decir a los medios en los pueblos- donde la información oficial comenzaba con la siguiente frase:" Fulano de tal" prioriza la seguridad de las personas y suspende eventos... A ver, esto es Mendoza: si llueve, no salimos. Pero igual agradecimos el gesto, un poco meloso para mi gusto.
Cuánta lluvia. Parecíamos Buenos Aires contando los milímetros que cayeron y esos datos que a los periodistas les encantan y que alguna tía, seguro, repetirá en el almuerzo de este domingo: que en el Parque la cantidad de agua que cayó en seis horas es la misma que lo que cae durante todo el mes de enero. No sé ustedes, pero yo tengo que volver a repasar el enunciado para entenderlo y, una vez que lo entiendo, el dato no me sirve para nada. Tampoco es que trabajo en estadísticas del Conicet.
Pero bueno, la lluvia y las ocurrencias de los mendocinos con el agua fueron noticia durante gran parte del último día de enero. Y acá se vio lo bueno de usar botas en enero. Porque, se han dado cuenta que con 35 grados vamos con un vestido bien liviano, pero con botas puestas. Esa moda del calzado que se encarga de mantener nuestros pies y pantorrillas bien calentitos en pleno verano nos sirvió para la lluvia. Algo es algo.
Me detengo un poco porque el corrector del Word me marca "mendocinos" como error. Me sorprendo y sonrío.
Qué linda que es Mendoza. Dan ganas de recorrerla, pero... nos quedamos con las ganas. Como estuve trabajando durante este mes pensé: bueno, los fines de semana podemos alquilar una cabaña y, qué mejor, descansar cerca por las dudas. ¿Qué? ¡Una locura! No dan los números. Es carísimo. Empecé con los filtros para abaratar costos, entonces, suprimí pileta, que acepten mascotas y buscar un lugar para uno e intentar meter a los dos que somos. Unas buenas horas perdidas buscando alojamiento para llegar a la conclusión de que cómo me voy a ir a unas cuadras de donde vivo y pagar en dólares un cacho de cielo, una pileta y una churrasquera. Para eso me quedo en casa. Que no tengo nada de eso, pero prendo el aire y seguro es más barato.
Me voy al súper, que es como la nueva Arístides. ¿Vieron la cantidad de jovencitos haciendo las compras? Cada vez son más. Si hasta hace poco seguro jugaban con el carrito, ahora es su herramienta de trabajo: van armando el pedido con el teléfono y los auriculares puestos. Nuevos trabajos en este mundo que cada vez va más rápido.
La que sí llegó y está nueva es la calle Sarmiento. ¿Se dieron cuenta que es libre de micros? Nadie nos dijo que no pasarían más por ahí. Y si lo comunicaron, les aviso que tengo una amiga que vive en la primera cuadra de calle Rivadavia que está esperando que los bondis dejen de pasar para poder dormir. ¿Quién le avisa?
Voy finalizando esta columna que, a estas alturas, ya es un gran cocoliche, y que para jactarse bien de serlo carece absolutamente de cierre. Se convierte, entonces, en un final que se resiste, como el mes más largo del año, que se fue pero nos dejó bastante para recordarlo. Como los editores de ayer y de hoy, que cada uno seguirá su camino hacia nuevos lugares, de esos que cuestan una fortuna, pero valen como desafío. De esas batallas que enfrentamos, siempre, con las botas puestas.