La ley que falta
El autor, destacado protagonista de la econom韆 y la sociedad de Mendoza, se desnuda p鷅licamente como afectado por la Esclerosis Lateral Amiotr骹ica (ELA) y convoca a discutir el tema.
Nadie se quiere morir. Por lo menos nadie en su sano juicio. La vida es tan maravillosa que casi siempre proporciona alguna alternativa que convierte la decepci髇, dolor, angustia y tristeza en esperanza y est韒ulo para intentar nueva oportunidad de querer seguir estando, aun cuando las limitaciones f韘icas y espirituales reduzcan las potencialidades personales. Se llega a aprender y conformar a vivir con menos y en esos casos menos es m醩.
Pero tal como arriba fue consignado, la expresi髇 casi siempre excluye a aquellas otras situaciones en que la prolongaci髇 natural o artificial de la vida constituye una verdadera tortura, la que adem醩 de dolorosa, absurda e impiadosa, tambi閚 se revela tan in鷗il como est閞il.
Tales situaciones se producen en el estadio terminal de muchas dolencias en las que, finalmente, no hay m醩 nada que hacer, salvo esperar el inexorable desenlace que en medio de atroces sufrimientos padecen tanto el paciente como sus familiares y seres queridos.
Es que en el estado actual de la medicina, a pesar de los sorprendentes avances logrados, existen enfermedades que en la actualidad no solamente son incurables sino que ni siquiera se conoce su etiolog韆 y por ello la ciencia no cuenta todav韆 con un punto de partida certero como para encarar una investigaci髇 que conduzca a la prevenci髇 o cura de la enfermedad, as� como tampoco la detenci髇 definitiva de sus s韓tomas en quienes la padecen.
As� sucede con la Esclerosis Lateral Amiotr骹ica (ELA), enfermedad neurodegenerativa que padezco desde hace casi cuatro a駉s desde la iniciaci髇 de los primeros s韓tomas y que poco a poco, pero sin pausa, va minando mis fuerzas por la progresiva y sistem醫ica disminuci髇 de absolutamente todos los m鷖culos hasta que, se sabe con absoluta certeza, conduce ineludiblemente a la muerte, generalmente por fallo respiratorio, o sea lisa y llanamente asfixia.
Esto 鷏timo es tan as� que no se conoce ni hay registro de caso alguno de remisi髇 de la enfermedad. Nadie se cura.
A鷑 sin ser formado en ninguna rama de la medicina, estoy suficientemente informado de lo que significa, estado actual y dificultades que limitan las investigaciones, as� como de las in鷗iles drogas experimentales que infructuosamente intent�, tanto como las supuestas milagrosas terapias alternativas, las que, uando no!, en algunos casos medran con la desesperaci髇 e impotencia ante la absoluta falta siquiera de esperanza que no puede proporcionar la ciencia m閐ica.
La ELA se produce por muerte de la motoneurona, esto es, de las neuronas que regulan todo el movimiento muscular del organismo hasta su total extinci髇. Pero no afecta la sensibilidad. O sea, uno percibe el progreso de los s韓tomas con su secuela de dolor y da駉.
Tampoco se altera la facultad cognitiva, permitiendo al paciente saber, entender y sobre todo sentir lo que est� pasando en su cuerpo, hacia d髇de se direcciona y el estado en el que, en el mejor de los casos, se llega al final.
No se conocen las causas que producen la aparici髇 de la enfermedad. Se especula con que en algunos casos podr韆 deberse a factores gen閠icos.
Lo que s� es relevante es la prevalencia entendida como la proporci髇 sobre la poblaci髇 total en un lugar y momento determinado de nuevos casos y de los supervivientes a ese momento.
Esa relaci髇 exhibe que s髄o 2 � 3 personas cada 100.000 habitantes padecen la enfermedad, por eso se la cataloga entre las "enfermedades raras".
Tan baja proporci髇 tiene como directa consecuencia el desaliento de los laboratorios farmac閡ticos a invertir ingentes como necesarias sumas de dinero en investigaci髇 para encontrar la cura de la enfermedad.
La relaci髇 costo - beneficio no justifica comercialmente tama馻 erogaci髇, ya que los destinatarios son tan pocos que no ofrecen inter閟 comercial ante tan exigua demanda.
Adem醩, para que una droga sea aprobada tiene que pasar sucesivamente por varias instancias: descubrimiento, experimentaci髇 en sus distintas fases, aprobaci髇, producci髇 y comercializaci髇. Cada una de esas etapas se mide en a駉s, tiempo del que carecen los enfermos de hoy.
Con los avances tecnol骻icos y las facilidades de comunicaci髇 on line se puede afirmar con total seguridad que a la fecha no hay ninguna publicaci髇 cient韋ica ni presentaci髇 en congresos de la especialidad que siquiera mencione estar en sus inicios el desarrollo de alguna investigaci髇 de medicamento para combatir esta enfermedad.
Lo dicho hasta ahora pone de resalto que si bien el tiempo de sobrevida es incierto al depender de la respuesta de cada organismo a la enfermedad, ya que hay tantos tipos de ELA como individuos la padecen, la estad韘tica muestra que la media es de 3 a 5 a駉s desde que se manifiesta la enfermedad.
Como dije al comenzar estas l韓eas, nadie se quiere morir Y yo menos que nadie. El profundo amor que siento por y de mis hijos, nuera, yernos, nietos y hermanos, es un poderoso motor infalible que no permite la m醩 m韓ima distracci髇 de ese sentimiento.
Por eso me someto con alegr韆 y escrupulosa dedicaci髇 a las indicaciones de un excelente y calificado equipo interdisciplinario que componen m閐icos cl韓ica y neur髄ogo, kinesi髄ogo, psic髄oga, nutricionista, profesor de gimnasia, fonoaudi髄oga, terapista ocupacional y cuidadoras que con entusiasmo, humor y aut閚tica vocaci髇 de servicio act鷄n sin閞gicamente para que juntos podamos disputarle d韆 a d韆, palmo a palmo, un instante, un d韆 m醩, en calidad y tiempo de vida al progreso de la enfermedad.
Y hasta ahora podemos, sabiendo lo que sabemos cu醠 ser� el resultado final.
Nunca me he preguntado ni menos cuestionado el por qu� me toc� a m� esta extra馻 enfermedad. Habiendo ya alcanzado m醩 edad que mis padres, incluso que mi hermano mayor, m醩 bien me siento privilegiado al haber vivido lo suficiente para ver con orgullo a todos mis hijos adultos y personas de bien, con tantos nietos como notas hay en la escala musical, a la que cada uno en su vida sabr� imprimir el sonido individual de su impronta personal.
Nac� de padre y madre jud韔s; me siento muy orgulloso de serlo, de mi inalterable identidad y respetuoso de nuestras tradiciones que me definen. Pero no soy creyente ni cuestiono a quienes s� lo son.
Pienso que la iniciaci髇 de mi existencia no se debi� a voluntad divina ni la finalizaci髇 de la misma deba esperar designio alguno.
Amo la vida y quiero seguir en ella todo el tiempo que corresponda seg鷑 los valores humanos del aqu� y ahora, en los que s� creo y que le han dado contenido a mi ser y determinaron mi conducta y pensamiento.
Creo en el derecho y en la justicia como ordenadores de la conducta humana y esa confianza, nacida al influjo del ejemplo paterno, orient� mi inter閟 para formarme como Abogado. Y rescato desde la primera materia con que empec� mi carrera, Derecho Romano, en la que aprend� que hace casi dos milenios, un gran jurista llamado Ulpiano estableci� tres reglas en las que consiste el Derecho, que han permanecido invariables en el tiempo y entre ellas particularmente una resume adecuadamente lo que creo y por eso ahora reclamo: Dar a cada uno lo suyo.
Lo m韔 que pretendo de la sociedad a la que pertenezco es que se me reconozca y otorgue en esta instancia de mi vida, el ejercicio del derecho inalienable y personal韘imo a la libertad para decidir, cuando llegue el momento, a terminar con una existencia tan atroz como innecesaria frente a una enfermedad irreversible e incurable, evitando as� lo que constituye una afrenta a los principios en los que he basado mi vida, entre otros, la dignidad.
De nada sirve y por el contrario agravia a la condici髇 humana que a m� y otros que como yo cuando llegue a un estado de caquexia en que la vida ya no es tal, reducido al dolor permanente y sin esperanza alguna de alivio ni mejor韆, se mantenga in鷗ilmente esa situaci髇.
En ese caso se nos condena a muerte... en vida.
Toda vida tiene un l韒ite y est� bien que as� sea. Cuando se llega a tener la certeza que el fin es cuesti髇 de poco tiempo pero incierto y el paciente est� sometido a grandes sufrimientos y no se encuentra en condiciones de poner fin a ese tormento por s� mismo, precisamente porque su apego a la vida lo decidi� a no hacerlo mientras hubiese podido, negarle el auxilio a salir de una manera piadosa, adem醩 de injusto tiene un efecto paradojal.
Injusto porque niega el derecho a que cada quien pueda hacer efectiva la decisi髇 que en libertad asume sobre su propia existencia.
Y paradojal porque invita a quien tiene una enfermedad terminal a que tome la iniciativa de ejecutar su decisi髇 por propia mano mientras todav韆 pueda hacerlo, lo que siempre es antes del tiempo que hubiese querido permanecer.
Es, como ya dije, una condena a muerte...anticipada.
Es hora que nuestra sociedad enfrente el dilema acerca de c髆o proceder en casos como el planteado y una de dos:
- O se asume de una buena vez la soluci髇 mediante el dictado de una ley de eutanasia restringida s髄o a los casos que cumplan los requisitos como han establecido pa韘es como Espa馻, B閘gica, Holanda, Canad�, Nueva Zelanda, Colombia, Luxemburgo y varios de los Estados Unidos, los que con diferencia de matices, requieren que se trate de una enfermedad incurable, que se encuentre en estado terminal, que la vida haya dejado de ser digna como consecuencia de la enfermedad y que se preste conformidad clara, completa, informada y precisa.
- O por el contrario se persiste en procrastinar, mirando para otro lado, neg醤dose hip骳ritamente a considerar, debatir y definir el tratamiento del tema, dando largas al asunto para no herir susceptibilidades sin valorar el sufrimiento de los que padecen lo indecible y claman por liberarse.
M醩 temprano que tarde las instituciones tendr醤 que hacerse cargo de las reformas que la sociedad reclama, tal como morosamente se hizo, entre otras, con las leyes de divorcio vincular (1985), Uni髇 civil de personas del mismo sexo (2002), Matrimonio igualitario (2015), Interrupci髇 voluntaria del embarazo (2020).
Hay mucho escrito y argumentado sobre el buen morir con fundamentos s髄idos y convincentes. Incluso nuestro pa韘 ha llegado a sancionar una ley que contempla el caso, pero se queda a mitad de camino ya que posibilita que a un enfermo terminal se le extraiga o no se le administre ning鷑 soporte mec醤ico o qu韒ico, pero deja prolongar ese estado hasta su total consunci髇, al no permitir realizar ning鷑 acto para terminar con el suplicio de lo que ya no es vida, la que es eutanasia activa y constituye la verdadera muerte digna.
Apelo a la conciencia social de los representantes institucionales con potestad legiferante para que interpretando el sentimiento de quienes necesitamos de su actividad cuando la ciencia m閐ica no alcance a brindar soluci髇 a un lamentable padecimiento, permitan por empat韆 con quienes amamos la vida que nos podamos despedir de ella en paz y con ese mismo amor sin tener que descalificarla ante el suplicio de una terrible prolongaci髇 de la agon韆.
No hacerlo as� ser韆 tambi閚 una condena a muerte...por indiferencia e incomprensi髇.
Como bien se ha dicho e ilustra adecuadamente el tema, la piedad no solamente permite sino que impone al ser humano que ponga fin al sufrimiento de un animal cuando se encuentra padeciendo en un estado irreversible sin posibilidad de cura.
縀l ser viviente no humano tiene m醩 derecho a la muerte digna que el humano que hace las leyes?
Atr醩 qued� afortunada y definitivamente concluido el intenso debate acerca de la elecci髇 de cu醠 de las dos vidas privilegiar cuando se sancion� la ley que autoriza la interrupci髇 voluntaria del embarazo.
縀s acaso entonces justo y sobre todo l骻ico que se niegue la posibilidad de poder concluir la propia vida sin alterar ni afectar ninguna otra, cuando la decisi髇 voluntaria y un韛oca s髄o busca terminar innecesarios mayores sufrimientos?
Falta esa ley de eutanasia. El silencio que causa su falta s髄o consigue amplificar los lamentos de quienes sufren por tal ausencia.
EL AUTOR. Daniel Eduardo Ostropolsky, nacido en Mendoza el 14/07/1949, 5 hijos. Abogado egresado de la Facutlad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata (1971). Ejerci� la profesi髇 de forma independiente alternando su labor con funciones en le Directorio del Banco Cr閐ito de Cuyo. En 1983, con el retorno de la democracia ocup� distintos cargos: Subsecretario de Recaudaci髇 y Control del Ministerio de Hacienda de la Provincia de Mendoza hasta 1984. Asesor del bloque de UCR en la Comisi髇 de Investigaci髇 de Il韈itos y Pr醕ticas de Corrupci髇 en la C醡ara de Diputados de la Naci髇 (1997-1998). del 2000-2002 Director del Banco de La Naci髇 Argentina. 2000-2002 Miembro de la Junta Consultiva del Banco Latinoamericano de Exportaciones S. A (BLADEX) 2006-2008: Vocal Titular del Tribunal de 蓆ica y Disciplina del Colegio de Abogados de Mendoza, Director (2008-2010) y Presidente (2010-2012) del Colegio de Abogados de Mendoza. 2010-2014: Integrante del Consejo de la Magistratura del Poder Judicial de la Naci髇 Argentina y 鷑ico representante de los abogados del interior del pa韘.