La manía argentina de poner un problema allí en donde hay una solución

No hay una maquinaria productiva capaz de funcionar en forma aceitada libremente, porque siempre hay quien le tira normas que son como arena que traban los engranjes de los motores que podrían mover al país del lugar en que permanece estacionado. Cómo el centralismo estatal en todo termina rompiendo posibilidades de desarrollo y crecimiento, siempre.

Condenados al éxito, el fracaso espera a cada emprendedor argentino a la vuelta de la esquina. No hay forma de que, libremente, quienes hayan encontrado una solución a determinado problema lo pueda poner en práctica y habilitar a su uso sin que le pongan un "pero", un problema, que se lo impida, condicione, frene o lo invite a arrepentirse de haberlo logrado.

La denominada "máquina de impedir" es un monstruo gigante y omnipresente, que muchas veces identificamos como el Estado, pero cada vez contagia a más sectores y protagonistas que terminan sumándose a la comodidad abúlica de la inercia y que parecen dar cuenta de un malestar los provoca a reaccionar con fuerza cuando las cosas andan bien para el sector privado o al menos resultan una promesa de bienestar a futuro.

Lo vimos en un solo ejemplo que vale por miles: la semana pasada los industrializadores de productos agrícolas dieron cuenta de que, una vez que consiguieron contratos para exportar sus productos, y de tal forma, sacar adelante al sector, con un beneficio encadenado con el productor y conseguir dólares genuinos, desde el exterior, resultó que en Argentina no hay frascos ni botellas en los cuales envasarlos. Un absurdo, porque fábricas hay, que demuestra la debilidad de una economía condicionada siempre por la híper regulación del Estado en unas cosas y su ausencia total en otras.

Sin frascos ni botellas, las pymes agroalimentarias pierden mercados y producción

Claro: las cristalerías prefieren exportar en lugar de proveer al mercado interno, y tienen su derecho. Pero es que las intervenciones estatales han resultado arena en los engranajes y cada uno trata de girar solo, como puede, apurado, individualmente, por miedo a que más temprano que tarde, más problemas sean puestos al servicio de trabar más soluciones y, de tal modo, las empresas se vean forzadas a achicarse o cambiar de rubro.

Pasa en diversos ámbitos, porque el Sol no puede ser tapado con un Estado lleno de gente que solo busca beneficio para quienes lo administran por turno y, entonces, as normas no sean permanentes y sus resultados hagan previsible a largo plazo la realidad económica. Su torpe andar va pisando proyectos y generando más frustraciones que alegrías, aun cuando haya por todos lados emprendedores que rompen el molde del quietismo y el conformismo, y quieran salir a aceitar la rueda productiva.

Los productores suman fuerzas con sus pares afectados mandan cartas al presidente y a sus ministros, cual niño a los Reyes Magos o Papá Noel. El sistema generado es perverso: obliga a rogar lo que se podría conseguir por esfuerzo propio y termina cazando voluntades para un centralismo al que le cabe más su inmensa fuerza decisora que la razón.

Y así, todos se ven obligados a acatar para no morir.

Un pie encima de cada iniciativa, hasta poder controlarla más allá de sus creadores. Un problema siempre dispuesto a trabar cada solución.

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