La pregunta; herramienta para cambiar la vista del punto

Algo se está moviendo, hay una energía que comienza a sobrevolar el aire que respiramos, las aguas en las que nadamos. No es nuevo: estamos atravesados por estereotipos y prejuicios que nos impiden apreciar lo cotidiano sin juicios. ¿Por qué?

Sol Rodriguez Maiztegui
Licenciada en Comunicación Social, gerontóloga, líder del envejecimiento saludable (ONU-OMS) y creadora de la propuesta de comunicación de El Club de la Porota

Hace tiempo que vengo tratando de "cambiar la vista del punto", en palabras de Estanislao Bachrach, neurocientífico y divulgador.

Llevo una década buceando en el mundo de la vejez, de la gerontología, de las personas mayores o como queramos denominarlo y, si bien tengo más preguntas que certezas, siento, percibo, intuyo que la mejor herramienta con la que puedo seguir trabajando es justamente, con la pregunta. Imaginen un mar cristalino, colmado de arrecifes, peces de colores, y criaturas de diversos tamaños y formas. Detrás de cada roca, de cada alga y de algún que otro barco hundido, la pregunta aparece como la única respuesta, la única certeza.

La pregunta tiene "ese no sé qué". Es un silencio que hace lugar, una pausa que explora, una invitación a mirar desde otra perspectiva.

¿Qué nueva oportunidad se abre cuando preguntamos?, ¿qué juicio, creencia o sentencia elijo dejar de lado?, ¿es posible pensar en nuevas estructuras y formas de mirar la vida, de hackear lo aprendido?

¡Estoy segura que sí!

Algo se está moviendo, hay una energía que comienza a sobrevolar el aire que respiramos, las aguas en las que nadamos.

No es nuevo: estamos atravesados por estereotipos y prejuicios que nos impiden apreciar lo cotidiano sin juicios. ¿Por qué?

Muchas personas creen que la vida es un camino obligado que nos conduce hacia la decrepitud. Creen estar condenadas a vivir en soledad, enfermas, desde la carencia. Le han ordenado a sus pensamientos que a medida que vayan cumpliendo años estos les quiten libertades. Y en ese inconsciente acto de entrega consolidan una profecía autocumplida.

Hace unos días estuve con dos amigas paseando por La Cumbre. Disfrutamos de un fin de semana entero para hablar sin interrupciones. Y, como es de esperar, fue lo que mejor hicimos. Contar con momentos de desconexión para conectar. En ese contexto, una de mis amigas (que está puntualmente preocupada por la vejez y el paso del tiempo) dijo: "debemos ahorrar para llegar a la vejez con dinero y tener para pagar un buen servicio de salud, no depender de una magra jubilación y descansar sin depender de otros". Medio en broma, medio en serio, lo cierto es que el temor a envejecer sin recursos y dependientes es algo muy habitual.

¿Qué juicio o creencia subyace en esa sentencia?, ¿por qué cree que llegará enferma a la vejez?, ¿por qué cree que deberá depender de una magra jubilación?, ¿por qué considera a la etapa de la jubilación como una etapa de descanso o disponible para las enfermedades?, ¿por qué cree que en la vejez hay que depender de otros?

La afirmación de mi amiga nos enmudeció y un silencio calmo se adueñó del momento justo cuando el sol del mediodía jugaba con su reflejo sobre el dique San Jerónimo. Hubo un espacio que habilitó las preguntas: "¿Por qué creemos que la jubilación es para descansar?, ¿por qué pensás que llegarás rota, enferma a la vejez?, ¿a dónde tenemos que llegar?, ¿por qué suponemos que la vejez es dependencia?", nos pregunté en voz alta.

La vida es continua, dinámica. El tiempo es una percepción relativa. ¿Acaso la vejez nos transforma en otras personas o somos las personas las que elegimos transformarnos a lo largo, ancho y alto de la vida?, ¿creemos que elegimos o estamos condenados a vivir una vida que por momentos nos parece ajena, extraña, indeseada?

Hace 10 años que leo sobre vejez, trabajo como gerontóloga y comparto mis días con personas mayores. La gran mayoría me ha dicho alguna vez que "no se siente vieja". Esa sentencia resume la idea de que no se sienten desvitalizados, desconectados de la vida, entregados a la decrepitud. Todo lo contrario.

El lunes pasado estuve en Monte Buey compartiendo una actividad maravillosa junto a mi colega Félix Lovera. Allí nos encontramos con personas que conectaron con la abundancia que las rodea y pudieron compartir vivencias como estas: "Estoy feliz porque fui bisabuela", "Mi esposa cumple 70 años y esta semana ¡estamos de fiesta!", "Me acaban de operar de la cadera y aún renga, bailo más que nunca", "Tengo 90 y el domingo a la noche me quedé hasta las 2am con Magui Olave y Facundo Toro". "Mi nieto salió campeón provincial de fútbol con el Club Matienzo y aún estamos celebrando".

Silencio.

Entregate a las preguntas.

No hay falla.

No hay certezas.

Te invito a que por un instante te observes sin juicios. A vivir tu vida sin preocuparte por la mirada ajena, más bien ocupándote de la propia, hackeando aquello que no te permite habitar los años con conexión, plenitud y disfrute. Cuál cierre, se me viene a la mente Alejandra Marisa Rodríguez, la mujer de 60 años que hace poco ganó el certamen Miss Buenos Aires. La idea no es polemizar sobre los certámenes de belleza sino preguntarnos, sin juicios (recuerden), ¿qué pensamientos, ideas, estereotipos, representaciones Alejandra hackeó, interpeló, modificó para presentarse en un concurso que, en principio, suponemos, creemos que no admite personas de mediana edad o mayores?


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