La Universidad "por correo" y las tecnologías de virtualidad más como vicio que como herramientas

La ausencia de clases presenciales en la Universidad deja en claro una escasa voluntad por revertir esta situación. Los alumnos perciben desinterés por ellos y responden en consecuencia. Una carta personal de Gabriel Conte, que espera respuestas.

La virtualidad educativa se impuso, en principio, como una herramienta facilitadora de la continuidad del proceso de enseñanza y aprendizaje en medio de los impedimentos de la pandemia. Todos calculamos, pronosticamos y afirmamos que se trataba de un avance: la situación estaba acelerando a pasos agigantados nuestros conocimientos en torno a este tipo de mecanismos que ofrecía la tecnología y también adaptando a instituciones que proclaman ser las rectoras del futuro, pero a las que históricamente les costó imaginarse como parte de ese horizonte. Lo pintaban, pero no se esforzaban demasiado por ser sus protagonistas.

Pero hoy esas herramientas se están acercando más a integrarse a la categoría de "vicio" que de lo que pensamos. Aprendimos a conectarnos, permanecer, desconectarnos y organizar otro encuentro virtual, y poco más. En muchos casos se cree que es suficiente; que es "lo que viene". Se le otorga un valor superior al que tiene y pasa de ser un medio a constituir un objetivo: "Hagamos un Zoom" y todo parece quedar saldado.

Escribo esta carta en primera persona porque es una opinión personal basada en la experiencia familiar en materia de educación universitaria. No es un análisis despojado ni neutral. Si bien me aprovecho del privilegio de dirigir este diario para publicarla, aguardo ansioso los pedidos de derecho a réplica, refutaciones y opiniones en contrario que surjan desde el ámbito universitario de Mendoza, para ser publicados también, por supuesto. Mi correo es gconte@elmemo.com.ar. Me encargaré personalmente de garantizar la publicación.

El irritante quietismo de sectores que miran la realidad mediante papers 

Los que este año cursan el segundo año de alguna carrera en la Universidad Nacional de Cuyo, la más grande e importante, solo conocieron a compañeros y un puñado de docentes el día en que concurrieron a un encuentro nivelador, si es que les tocó. Luego, la pandemia fue la excusa ideal para que todo permaneciera cerrado y distante.

La comprensión y el entusiasmo resultaron un motor en el inicio. Sin embargo, a esta altura los hitos que celebra la Universidad es una vocación por la virtualidad que enumeran por kilo, por número, en cantidades como legislador hablando de sus inútiles proyectos "de declaración".

Los estudiantes no conocieron las épocas en las que en diarios y revistas se ofrecían cursos a distancia por correo. La gente recortaba un cupón, lo rellenaba, giraba un cheque o hacía un depósito y esperaba las clases en otro sobre por correo postal y los exámenes correspondientes. Los más diversos oficios podían perfeccionarse de ese modo, en una relación epistolar con docentes que podrían serlo o no, pero en una relación mecánica, con una interacción calculada y dependiente de los tiempos del cartero o el sistema de cada país para la distribución de las cartas.

Cuando cuento esto muchos pibes sonríen y se vanaglorian de vivir en esta época. Pero poco a poco empiezan a identificarse con los métodos de un  pasado que, lejos de haber evolucionado, solo retorna, como en un bucle de la historia, con otras características: en algunos casos (ya que reconozco que hay o puede haber opiniones diferentes) la enseñanza de la Universidad se ha vuelto un curso por carta, aunque de conexión más instantánea.

No hay diálogo entre alumnos, profesores, investigadores y abundar o no en el conocimiento de la materia queda a cargo del estudiante y de sus posibilidades de generar o no contactos, personales o virtuales, con referentes de su especialidad.

De tal modo, ya no lentamente sino en forma vertiginosa, no es raro que decaiga el interés en ser parte de la Universidad: lo son de un puñado de Zooms, pero no comparten la experiencia, la convivencia, la pulsión diaria, la vida universitaria y todo lo humano y humanizante, lo social y socializante que eso implica. ¿Qué diferencia entonces a un alumno de la UNCuyo con su abuelo que tomó un curso por correspondencia hace 50 o más años atrás?

Se trastocan, debido al escaso esfuerzo realizado por la Universidad en retornar a niveles de presencialidad aceptables, una serie de valores inherentes a una sociedad formada por corrientes migratorias que buscaban no solo sobrevivir, sino ascender socialmente, y que inyectaron en sus descendientes ese objetivo que, hasta hace poco, ponía a la profesionalización universitaria como un ícono crucial y determinante.

El quietismo universitario inquieta a los que no somos parte de ese ecosistema. Tal vez también a quienes lo son, pero no lo dicen abiertamente, con lo que propiciarían un buen debate. Puede ser que nos equivoquemos (y ojalá sea así) quienes intuimos que cada uno de sus protagonistas, seguramente con excepciones, están vigilando con extremo celo la continuidad en sus cargos, académicos o de conducción, a la espera de una jubilación. Si es que así sucede, no podemos esperar alteraciones a su ritmo ni actualizaciones en las carreras que pongan en riesgo de seguir en sus lugares a docentes y cátedras que ya no tendrían demasiado sentido en razón de un mundo que tiene demandas profesionales renovadas.

La Universidad puede que no desaparezca, pero sí corre el triste riesgo de disminuir su papel en una sociedad en la que fue protagonista. 

La realidad universitaria aplasta la rebeldía con la que otrora encabezara cambios de modelo en las principales ciudades del mundo, permitiéndoles mejorar su calidad de vida y dejar de lado hábitos endogámicos.

No se muestra dispuesta a liderar la vanguardia: no se interpela ni desafía la realidad con soluciones innovadoras, sino que ofrece excusas que gozan de un consenso interno inusitado entre sectores habitualmente antagónicos, puertas adentro, cuando demandan puestos o compiten por lugares en la estructura.

Un deseo al final: que la realidad pronto me desmienta.

Gabriel Conte



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