¿Maquiavelo está muerto?
A partir de la afirmación de Javier Milei en Davos, la columna revisa el pensamiento de Nicolás Maquiavelo y se pregunta si sus ideas sobre el poder siguen vigentes en la política contemporánea.
En Davos, el presidente Milei le dijo al mundo que Maquiavelo había muerto y era tiempo de enterrarlo. Es por demás interesante la sentencia de Milei, que ha despertado un sinnúmero de expresiones en todo el mundo. Milei en Davos, marcó agenda como nunca había sucedido con un presidente argentino. En un foro económico, vaya paradoja, dio por muerto y enterrado al creador de las ciencias políticas, pero, ¿está muerto Maquiavelo o sigue viviendo entre nosotros? En mi opinión sigue tan vigente como siempre, sin embargo, aplaudo la audacia del presidente Milei al introducir este debate sobre Maquiavelo porque obliga a conocer su pensamiento.
¿Quién fue Maquiavelo? Nicolás Maquiavelo, el florentino que nos enseñó sobre el poder, nació el 3 de mayo de 1469 en una época de convulsiones políticas en Italia. Su obra más famosa, "El Príncipe", escrita en 1513, sigue siendo una referencia crucial para entender la política actual, incluso en un país como Argentina con una historia tan compleja.
Nicolás Maquiavelo nació en el seno de una Florencia turbulenta bajo el dominio de los Médici, una poderosa familia que había logrado consolidar su poder a través de intrigas, alianzas y, en ocasiones, violencia. Educado en la riqueza de la literatura clásica, este hijo de una familia clase media ingresó en la política florentina con tan sólo 25 años, lo que le permitió adquirir una profunda experiencia en el funcionamiento del Estado en sus años posteriores.
Por los siguientes catorce años de su vida, tuvo un asiento en primera fila para vivir las luchas entre facciones, las intrigas palaciegas y las guerras entre ciudades-estado. También fue testigo de la corrupción y la ineficiencia que imperaban en la administración pública. De esta manera, Maquiavelo forjó una visión pragmática y realista del poder, comprendiendo que no se basaba en la moral o la ética, sino en la eficacia de las acciones. Un gobernante que quería mantener el poder debía estar dispuesto a hacer lo que fuera necesario, incluso si eso significaba actuar de manera cruel o inmoral.
La relevancia de Maquiavelo sigue vigente. Fue el primero en reconocer con lucidez que el ámbito de la política no es el de la moral y que no se puede ser moral cuando la propia supervivencia está en juego. Sí, hay que ser intrigante, pero el engaño nunca debe ser la principal opción. Ser maquiavélico no significa necesariamente ser malvado. Los principales postulados de Maquiavelo -sobre todo en El Príncipe- se pueden resumir en ideas muy actuales.
La moral privada no es la moral del poder. Un gobernante no puede actuar solo como "buena persona"; debe actuar como jefe del Estado. Si confunde ambas cosas, pierde.
Hablar de Maquiavelo suele provocar un reflejo automático: cinismo, crueldad, amoralidad. Sin embargo, cinco siglos después, El Príncipe no escandaliza por lo que propone, sino por lo que desnuda. Maquiavelo no inventó la política tal como es; tuvo la audacia de describirla sin hipocresías.
Su primer postulado -aunque no lo formule como tal- es categórico: la política tiene reglas propias. Pretender gobernar un Estado con la moral del ciudadano común es una receta segura para el fracaso. El poder exige decisiones que rara vez son puras. Confundir virtud personal con eficacia política es una forma sofisticada de ingenuidad.
De allí se desprende su idea central: la prioridad del gobernante es conservar el Estado. No por ambición personal, sino porque sin orden no hay ley, ni derechos, ni estabilidad. Para Maquiavelo, el peor gobernante no es el injusto, sino el débil. El que duda, vacila o se paraliza en nombre de principios abstractos deja el poder en manos de otros menos escrupulosos.
Maquiavelo también anticipa algo que hoy llamaríamos comunicación política: importa más parecer virtuoso que serlo. No porque la virtud sea irrelevante, sino porque el poder se ejerce bajo la mirada constante del pueblo. La percepción construye legitimidad. En tiempos de redes sociales, este postulado resulta de una gran actualidad.
Otro de sus puntos más citados -y menos comprendidos- es el dilema entre el amor y el temor. Maquiavelo no glorifica el miedo; advierte que el amor es frágil, mientras que el temor, bien administrado, es más confiable. La clave está en no cruzar la línea del odio, porque el odio erosiona el poder desde adentro.
El gobernante, dice Maquiavelo, debe saber usar la fuerza y la astucia. Ser león cuando hace falta imponer autoridad, y zorro cuando conviene anticiparse, negociar o engañar. Quien se aferra a una sola herramienta termina derrotado por la complejidad de la realidad.
En este marco, las promesas no son sagradas. Valen mientras las condiciones que las hicieron posibles se mantienen. Cuando la realidad cambia, aferrarse a la palabra dada puede ser más inmoral que romperla, si el costo es el colapso del Estado.
Maquiavelo también desconfía de la neutralidad. En momentos de crisis, no decidir es decidir mal. El poder exige tomar partido, asumir costos y cargar con el desgaste. El gobernante que busca agradar a todos termina siendo funcional a los más audaces.
Finalmente, Maquiavelo introduce una idea clave: la fortuna -la suerte- existe, pero favorece a quienes se animan. La audacia, la rapidez y la determinación no garantizan el éxito, pero la indecisión garantiza el fracaso.
Pasarán siglos y en las universidades seguirán estudiando a Maquiavelo y todo gobierno, aún desconociéndolo, aplicará los postulados de Maquiavelo en el ejercicio del día a día del poder.