Mendoza llora a una poeta: María Inés Cicchitti

La muerte de la escritora María Inés Cicchitti y la semblanza sobre ella preparada, a modo de despedida, por una de sus pares, Mercedes Fernández.

Mercedes Fernández

Cicchitti.

María Inés Cicchitti era una mujer exquisita, encantadoramente solidaria, amiga generosa de muchos amigos. Pero lo que más la distinguía era una indómita, compacta, irrefrenable manera de decir el mundo. 

Es que María Inés era poeta. Pero poeta de verdad, de palabra sustantiva, de incandescencias que mareaban al leerlas. Esa mujer, esa dama de la poesía, murió el 24 de este negro mes de este año negro. 

Había nacido en Mendoza un 7 de marzo de 1946. Creció y se formó en una familia de personalidades destacadas de nuestra comunidad como Amadeo Cicchitti. 



La casa familiar siempre fue motivo de anécdotas e historias que ella soltaba con la naturalidad de quien al hablar suelta pájaros o pétalos olorosos. Esos sentimientos, esas vivencias que llevaba con ella muy arraigadas, se reflejaron siempre en la poesía, género al que se dedicó apasionadamente. 

Apasionada lectora, en la biblioteca que la enorgullecía, figuraban nombres que sin duda alguna fueron formadoras del mundo literario que la distinguió. "Ungaretti, Borges, Cortázar; todos los latinoamericanos, Donoso, García Lorca, en teatro y poesía... Hernández, Salinas, Octavio Paz, Borges, Olga Orozco son quizás los que más pesan. Muchos se me quedan en el tintero. He leído mucho, y toda esa experiencia de lectura influye en mi obra. No puedo señalar lecturas predilectas, me gusta toda la literatura". 

No perteneció grupo o movimiento literario definido, aunque en la bohemia de los ´70 participó de la S.A.D.E, ganó concursos y realizó publicaciones en los diarios. Premio Vendimia (S.A.D.E. -1974); Vendimia (Mendoza -1984) Ministerio de Cultura; Premio de Narrativa Breve de la Feria del Libro; Premio S.A.D.E.- 1984 que consistió en la publicación de "Abolición de la sombra"; Mención del Premio Poesía del Fondo Nacional de las Artes (1991). Pero es imperioso destacar que también trabajó activamente con la recordada maestra admirada por todos los que en esos tiempos comenzábamos el andamiaje de las letras, Ana Villalba. 

Con ella conformó el Grupo Aleph y trabajó en la revista de ese nombre, de amplia difusión en la comunidad por el importante contenido de los trabajos, notas y opiniones de quienes trabajábamos y colaborábamos en ese medio. 

Acostumbrada a la sutileza y la distinción, María Inés murió con distinción: en el sueño. No podía ser de otra forma, los poetas siempre han preferido el ensueño a la realidad. Dijo ella alguna vez en una entrevista: "Porque si no escribo me muero, es mi movimiento interior, mi vocación. Además, para transmitir emociones y pensamientos que no podría comunicar de otra manera. La función del escritor as la transmisión de un mundo, de una ontología determinada, una búsqueda del ser. Y en cuanto esto se logre, está cumplido en gran parte el fin de la literatura". 

Ya no escribía, entonces, se durmió. 

Siempre empecinada en que en la obra de arte debe haber universalidad, decía también: "Me gustaría que me leyeran en Buenos Aires y ser comprendida o que me leyeran en España y también ser comprendida". Y tanto en los logrados sonetos en los que destacaban la puntillosa y ajustada estructura de esa difícil forma lírica, María Inés abordaba temas cotidianos ("... habitualmente, mi poesía es bastante emotiva y nostálgica, las preocupaciones son las de la vida misma: mis hijas, mi patria y los motivos de siempre: el amor, la muerte, etc. tanto en lírica como en narrativa"), pero lavaba las heridas con el canto puro del agua fresca de la palabra bella. 

Leerla era entrar en un paraje de taciturna serenidad -dice Casnatti en el prólogo de Abolición...- de un lirismo encendido, que impedía que el pájaro negro de la melancolía que revoloteaba sobre ella, ensombreciera al lector. 

Lejos de ensombrecer María Inés Cicchitti, definitivamente en la Luz, nos deja en los textos que tejió para nosotros, una epifanía de sinestesias en las que el agua es luz, el sol moja, el cielo puede saborearse y la muerte es apenas una bisagra hacia un más allá que esplende. 

¿Adónde van los poetas cuando mueren? ¿Desde dónde estarás, María Inés en este momento? ¿Cuándo podremos leer ese poema-nido-intangible que ahora escribís? 

Hay un hueco en el pecho de quienes te conocimos, que aún derrama lágrimas frescas. 

Mercedes Fernández 

Cuando la hora de mi muerte llegue 

Por María Inés Cicchitti 

Cuando la hora de mi muerte llegue 

y me ponga azucenas

en los cerrados ojos. 

Cuando mi tiempo se detenga

y se haga eternidad sin pausa, 

quiero haberme acodado en la ventana

mirando el cielo blanco de la tarde

y quiero haber estado muda

contemplando aquel fuego

que tú conoces. 

Quiero haber recordado los aniversarios

aquellos antiguos aniversarios

de nuestras penas, 

también aquellos de

de  nuestras alegrías. 

Cuando la hora de mi muerte llegue

quiero haber pronunciado

todas las palabras que amé, 

quiero haber repetido

aquellos ancestrales gestos

que quise.

Los ademanes sabios

de la ternura,

los ademanes sabios 

de la desesperanza.

Y el lugar junto al fuego

desgranando canciones lentamente.

Cuando la hora de mi muerte llegue

tenderán sábanas fragantes

sobre mi cama oscura, 

habrá lilas en el jarrón

junto a mi almohada;

y aquel libro de versos

trémulamente subrayado.

Recordaré 

el café compartido con amigos

en las noches de invierno. 

El ruido de la calle en las mañanas. 

Y los veranos

desmoronándose en las siestas 

de mi niñez. 

Cuando mi tiempo se detenga, 

cuando la hora de mi muerte llegue

irremediable y dulcemente 

yo la estaré esperando. 


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