Deportista ejemplar, y cómo la muerte embellece

Los saludos de despedida a Sebastián Piñera llevan a Carlos Varela Álvarez a reflexionar, en esta columna, sobre las bondades de la muerte sobre el currículum histórico.

Carlos Varela Álvarez

Tenía 20 años, en esa época menor de edad y vivía en las afueras de Estocolmo, la ciudad de las mil islas y mil puentes. Eran los tiempos de las utopías cercanas o módicas, gobernaba Olof Palme, al que le decían "Piolín" como el canario que molestaba al gato Silvestre y que años después moriría asesinado por la espalda cuando salía del cine en Gamla Stan.

En una de las primeras noches de llegada me invitaron a conocer parte de la colonia latina, puro exilio de Argentina, Chile, Uruguay y Colombia al menos en esos años empezando los 80.

La reunión era en la casa del "viejo" González, quien recibía a todo el mundo junto a sus hijos Lucho e Hilda.

Al "viejo" le encantaba el ajedrez así que cuando me lo presentaron me preguntó que si sabía jugar, respondí que sí y nos entreveramos en una partida mientras el resto arreglaba el mundo de las dictaduras latinas. Vendrían tiempos mejores con la revolución nicaragüense de Ortega, se tenía esperanza en los movimientos revolucionarios en El Salvador con el Frente Farabundo Martí y también en Guatemala asomaban amaneceres de hombres nuevos. Los años por venir darían sorpresas que nadie quería explicar; se caía Polonia y llegaba Walesa, un obrero portuario, la antesala de lo que más adelante pasaría con la URSS y la hoy olvidada Alemania Democrática. Hoy mejor ni hablar de Nicaragua y El Salvador, y menos de Putin.

Pero mi historia es otra porque estaba inmerso en ese juego de alfiles, torres y reinas y el "viejo" de porte pequeño, sesentón, canoso y acento del Chile profundo era de mirada incisiva y movimientos rápidos. De repente noté que tenía un peón menos pero no perdido en algún intercambio, sino que literalmente desapareció. La partida estaba pareja y en otro movimiento enemigo se fue una torre que no estaba en peligro. Ahí mi furia se hizo notar, el "viejo" era tramposo y roba piezas. Por supuesto con mi calentura juvenil perdí la partida y me fui sin saludar a revolucionarios y al contendiente poco edificante.

Mi memoria me juega malas pasadas y ya no sé si lo vi o me lo contaron pero antes de irme a Estocolmo, en las noches de las dictaduras locales, iba a jugar pool y mirar ajedrez por apuestas en un tugurio de la calle San Martin donde al ingresar se iba a un Bowling de mala muerte. Allí se armó una piñadera descomunal por el robo de un alfil en medio de una partida cuyas características eran las de jugar super rápido como lo hacía el "viejo" y en esas movidas los ojos y manos eran esenciales. Lo del "viejo" no era original eso yo al menos ya lo conocía. No creí que los hombres nuevos repetían conductas de arrabales.

Al otro día de mi partida de ajedrez comenté con mis amigos lo sucedido y todos dijeron que había sido "bautizado" por el "viejo González" porque era su marca. No entendí esa manera de ser anfitrión, lo olvidé y jamás volví a su casa.

Al año siguiente, en el pueblo la noticia del escaso verano escandinavo corrió como reguero, el "viejo" había muerto así que fue el primer funeral del exilio al que asistí durante mi estadía en Suecia.

Todos los latinos despidieron al "viejo" y abrazaron a sus hijos. Pero los discursos más emotivos fueron de quienes diciéndose amigos destacaron sus virtudes; la más recalcada para mi asombro fue la de "deportista ejemplar" fundador del club de ajedrez y gran maestro de la juventud. No era broma, todos asentían con sincero dolor.

Décadas después ya de regreso en Mendoza, un viejo amigo de la ahora denominada "casta" me enseñó una frase que me quedó grabada: "La muerte embellece". La muerte hace que se olvide por un instante que hemos sido, es como un perdón que se nos brinda y todos somos hasta el adiós final "deportistas ejemplares". Lo veo en las noticias cuando muere alguien y todos destacan solo bondades. Los malos no mueren; sólo los buenos.

La muerte nos acongoja, nos hace sentir humanos, sabemos que somos finitos y nos interpela en ese acompañamiento que hacemos de quien se ha ido.

Lo sentí por ejemplo en la despedida del expresidente Sebastián Piñera de Chile, tan acompañado por sus adversarios, incluso dentro de la tragedia de los incendios.

Aquí pasó lo mismo con Alfonsín (entregó el país en llamas y murió como Senador), Menem (su marca fue la corrupción y farandulización del poder y murió también como Senador) y Kirchner (por bajar un cuadro de un genocida se compró el mundo de los derechos humanos. La corrupción y estatización del poder continuada por su esposa duraría casi 20 años). Todos deportistas ejemplares para sus acólitos y gran parte de la sociedad.

Son esos instantes, en la muerte, lamentablemente, sólo allí donde lo mejor de la humanidad aparece y nos adorna y envuelve. Embellecemos al que se va. Olvidamos su inventario. Sea presidente o vecino, amigo o conocido.

No he cambiado en estos ya largos años mi opinión sobre el tramposo "viejo González" ladrón de piezas de ajedrez y de poco que ver con el deporte del fair play.

Sólo digo que si en la vida tuviéramos más gestos que sólo cuando aparece la muerte, seguramente nuestras grietas y diferencias serían menores y podríamos reconocer al otro, porque sólo somos suspiros en un universo donde el uno no sirve y sólo existe la diversidad cuando somos dos. ¿O acaso no nos embellecerán también en nuestra partida? Es una pregunta de la que nunca sabremos la respuesta.

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