Por amor al odio

La Argentina vuelve a definir sus acciones prácticas de gestión no por la razón, sino por lo pasional. Como ya se equivocara antes, la confusión manipuladora de "amar" u "odiar" impide el "hacer", una vez más.

Siempre ha sido más fácil en Argentina dimensionar sensaciones que darle cuerpo a lo racional, lo palpable aquello que se puede planificar, ejecutar y medir en una evaluación práctica. En política (y por lo tanto en el Gobierno y en todas las dimensiones de la gestión pública), como en el fútbol, lo pasional le gana a lo racional. De allí que no haya debate, sino verdaderas batallas, ni se busque el punto en común al final de una discusión: el objetivo parece ser acantonarse en una posición y agrandar la brecha, sin otorgar tregua al que piensa distinto, convertido de inmediato más que en adversario, en enemigo.

En este marco es que ingresan en las conversaciones palabras como "amor" y "odio", sentimientos inasibles, totales, opinables, etéreos, que al ser utilizados en el léxico político se tensan en sentido opuesto de una forma imposible de ajustar. Es que no hay forma de medir el amor, como no la hay de aplacar el odio, planteados así no más, tan crudamente, como sustento de una posición ideológica. Es así al nivel de que puede haber tanto amor junto y mutuo dentro de un grupo hacia una posición, liderazgo o ideales, que es capaz de irradiar el odio más contundente posible a quienes ellos crean que atentan contra su integridad, continuidad o futuro. ¿Cómo tender un puente entre sectores que palpitan, en definitiva, por amor al odio?

Se han dicho muchas cosas en torno a qué es gobernar. Por definición, es "ejercer la dirección, la administración y el control de un Estado, ciudad o colectividad".

Algunas frases célebres, como motor para salir de la burbuja local, son:

  • - El mejor gobierno es aquel que se hace superfluo. (Karl W. Von Humboldt)
  • - El ministro debe morir más rico de buena fama y de benevolencia que de bienes. (Niccolo Maquiavelo)
  • - El principio del gobierno democrático es la virtud. (Montesquieu)
  • - Gobernar significa rectificar. (Confucio)
  • - Gobierno imperceptible, pueblo feliz; gobierno solícito, pueblo desgraciado. (Lao-Tsê)
  • - La altura del soberano depende de la altura de su pueblo. (Napoleón)

Una acción básica de cualquier gobierno, de acuerdo al promedio de todos los discursos políticos del mundo y también de la Argentina, es permitir el desarrollo de acciones para "igualar".

Sin embargo, no se trata de igualar unificando opiniones, buscando unanimidad, haciendo la propuesta de un sector algo imponible al resto, sin disidencias. Aunque parezca mentira, este absurdo es parte de las tensiones de los que se aman entre sí para odiar al resto en la política argentina.

Y aun comprendiendo la necesidad de buscar "emparejar" a una sociedad castigada con grandes abismos entre los que pueden vivir a diario y los que tienen oportunidades de salir del pozo económico, muchas veces la tentación está en eliminar la escalera que permite subir, para encerrar a todos en el mismo fondo: igualados, sí, pero hacia abajo; controlados, pisoteados, a merced del que se quedó arriba. Traducido a la realidad: un "amor" hacia la pobreza que implica un odio -real o inventado, artificial- hacia la riqueza.

No hace falta ahora ir muy lejos en la búsqueda de frases para comprender el tamaño de la desgracia de un país como Argentina en la que la pasión condiciona a la razón y hasta la subsume bajo un debate entre presuntos "amadores" y "odiadores", en donde dentro de cada grupo son lo primero al mirarse en un espejo, y lo segundo al asomarse a la cosa pública, pero nunca pueden convivir en la búsqueda de un objetivo común: gobernar para generar oportunidades para todos.

Así, se disfrazan medidas como las de distribuir dinero en una acción de "tender la mano hacia los más pobres", pero la mano que clama queda expropiada hasta nuevo aviso por quien la toma, el agente político del Estado, que no las libera para el propio crecimiento, progreso, desarrollo sino que la sostiene firmemente, para que continúa a su servicio, desde allí abajo en donde seguirá encontrándose.

De tal modo, subsidiar la pobreza no es combatirla, sino sostenerla. ¿Es amor o es odio impedir que la gente salga desde su situación horrible y pueda generar una cadena virtuosa en adelante con respecto al resto de los que siguen "abajo"?

No deja de ser una situación insólita pero extendida y naturalizada que en Argentina, desde sectores que no son pobres (y que tal vez nunca lo fueron) se idealice el estado de pobreza mientras otros lo consideran un estrato atroz del que "hay que cuidarse. Lo hacen quienes no la sufren y le otorgan una categoría épica bíblica: "De los pobres será el Reino de los Cielos". Pero que así sea, en el mejor de los casos y si es que realmente este precepto mítico fuera posible, primero tienen que vivir en esta vida y luego, ¿morir para ser premiados?

Que partidos o movimientos políticos levanten como concepto este tipo de consignas, como germen de su plan de gestión pública resulta tétrico: no están para gobernar ni administrar Cielo alguno, sino para hacer que la vida corpórea y humana en la Tierra, ahora mismo, resulte digna. Es el fin último, no el camino hacia otra cosa. Menos cuando aquello es incomprobable bajo las instituciones establecidas por la Constitución. Salvo que aceptemos que somos un Estado religioso, cosa que nadie siquiera a aceptar desde los sectores adoradores de la pobreza. 

No es que sus promotores no sepan que mentir es un pecado. Es que en realidad les importa un bledo lo espiritual y todo se trata de provocar un estancamiento adrede para que nadie levante cabeza.

El "problema" para estos sectores medievales de la política que hasta ganan elecciones no es la pobreza, sino que dejen de ser pobres y, por lo tanto, de necesitar de la intermediación de una red de punteros para poder subsistir (y hasta para poder llegar a un Cielo presunto).

Parecen ser tantos los intermediarios que temen quedar sin los beneficios de ser la cuña entre la libertad y el desarrollo pleno de las personas, que no cambiar, aplastar cualquier posibilidad de autosatisfacer necesidades, termina mostrándose como alternativa cuando en realidad es lo que habría que superar. Su red es muy fuerte.

Pero todo seguirá haciéndose en nombre en nombre del "amor" y contra el "odio" en tanto y en cuanto la razón no le gane, por acción de un fuerte llamado a la consciencia ciudadana, el ejercicio de una actividad política desprovista de fantasías y capaz de evaluar el paso de la historia sin condicionantes puramente emocionales.

Será difícil en tiempos de algoritmos que nos llevan de las narices a amar u odiar, que promueven posiciones contrarias y absolutas. Pero la humanidad puede ir mucho más allá de un sistema binario y sin alternativas, del maniqueísmo en el que ganan pocos dirigentes (que ganan mucho) con este tipo de manipulaciones encubiertas. La historia así lo demuestra y es posible que tenga muchas más chances por delante, todavía.

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