1978, 1986: vinos, mundiales y el privilegio de mirar hacia atrás

Dos botellas nacidas en los años más gloriosos del fútbol argentino, una cava histórica y una reflexión sobre el tiempo, la memoria y la visión de quienes decidieron guardar parte de nuestra historia para generaciones futuras.

Ignacio Borrás

Hay momentos en los que el fútbol vuelve a ocupar un lugar central en nuestras vidas sin que nadie lo planee demasiado. Alguien menciona un Mundial en una conversación cualquiera, aparece una discusión sobre un gol inolvidable o sobre quién fue el mejor jugador de todos los tiempos y, casi sin darnos cuenta, terminamos viajando hacia atrás. Es algo que a los argentinos nos pasa seguido. Tal vez porque el fútbol nunca fue solamente fútbol. Siempre fue una forma de recordar, una excusa para volver sobre ciertas historias y una manera de encontrarnos con momentos que sentimos propios incluso cuando no los vivimos. 

Cada vez que se acerca un Mundial me ocurre exactamente eso. Vuelvo a pensar en el 78, en el 86, en Kempes y en Maradona. Vuelvo a escuchar relatos que conozco de memoria y a mirar imágenes que vi cientos de veces. Y, como seguramente les pasa a muchos, termino haciéndome preguntas imposibles de responder. Me pregunto qué sentiría Mario Alberto Kempes mientras caminaba hacia la mitad de cancha del Monumental para jugar la final frente a Holanda. Me pregunto qué pasaba por la cabeza de Diego Maradona después de dejar ingleses tirados por toda la cancha para convertir uno de los goles más extraordinarios de la historia del deporte. 

Son preguntas que probablemente nunca tengan respuesta porque pertenecen a momentos que quedaron atrapados para siempre en una época que ya pasó. Hace algunas semanas estaba pensando justamente en eso cuando recibí un envío de Juan Pablo Díaz, Eduardo López y Nacho Pasman. 

Dentro de la caja había dos botellas de Château Montchenot y lo primero que hice fue mirar las etiquetas. No recuerdo cuánto tiempo estuve observándolas, pero sí recuerdo perfectamente la sensación que tuve al leer las cosechas. Eran 1978 y 1986. De repente ya no estaba viendo dos vinos. 

Estaba viendo dos años que para cualquier argentino significan mucho más que una fecha en el calendario. Las botellas quedaron durante varios días sobre mi escritorio. Lo curioso es que no tenía ningún apuro por abrirlas. Cada vez que levantaba la vista y volvía a leer aquellos números terminaba pensando en otra cosa. Pensaba en Argentina. Pensaba en las historias que escuché desde chico. Pensaba en la cantidad de veces que esos mundiales aparecieron en una sobremesa familiar como si hubieran ocurrido apenas unas semanas atrás. Pensaba en cómo ciertos momentos logran sobrevivir al paso del tiempo hasta convertirse en parte de nuestra identidad colectiva. 

Con el correr de los días empecé a entender que lo que me fascinaba de aquellas botellas no era su antigüedad. Lo verdaderamente extraordinario era que siguieran existiendo. Porque todos conservamos recuerdos de alguna manera. Guardamos fotografías, entradas de partidos, recortes de diarios o anécdotas que repetimos una y otra vez. 

Sin embargo, muy pocas cosas tienen la capacidad de atravesar décadas enteras mientras continúan evolucionando silenciosamente. Y fue entonces cuando empecé a pensar en la verdadera dimensión de lo que la familia López construyó a lo largo de generaciones. Muchas veces hablamos de bodegas históricas sin detenernos demasiado en el significado de esa palabra. Decimos que una bodega tiene tradición, que posee una cava importante o que forma parte de la historia del vino argentino. Pero cuando uno tiene delante un Montchenot 1978 o un Montchenot 1986 comprende que detrás de esas expresiones hay algo mucho más profundo. 

Porque para que hoy podamos abrir esas botellas hizo falta que alguien, hace décadas, tomara una decisión extraordinaria. Hizo falta que alguien creyera que valía la pena conservar una parte de su presente para personas que todavía no habían nacido. Hizo falta una confianza enorme en el valor del tiempo. 

Cuando esos vinos fueron elaborados, Argentina era otra. La vitivinicultura era otra. El país que celebró los goles de Kempes no se parecía demasiado al que hoy conocemos y tampoco el que vibró con Maradona en México imaginaba el lugar que el vino argentino ocuparía en el mundo décadas después. Todavía faltaban muchos años para que el Malbec se transformara en un fenómeno global, para que aparecieran regiones que hoy son sinónimo de prestigio o para que los consumidores hablaran de vinos como lo hacen actualmente. 

Sin embargo, mientras todo cambiaba, aquellas botellas permanecían guardadas en silencio. Y cuanto más pensaba en eso, más inevitable me resultaba volver al fútbol. Porque, en el fondo, quizás la razón por la que seguimos hablando de Kempes y Maradona no sea tan diferente de la razón por la que estas botellas generan tanta fascinación. 

En ambos casos estamos intentando conservar algo que el tiempo se empeña en alejar. Guardamos imágenes, relatos y emociones porque sentimos que contienen una parte de quienes somos. 

La familia López decidió hacer algo parecido, aunque utilizando una herramienta completamente distinta. Mientras millones de argentinos conservaron aquellos años en la memoria, ellos conservaron una parte tangible de ese tiempo dentro de una cava. Esa idea fue la que más me acompañó durante los días previos a la apertura. Porque de repente la pregunta ya no era cómo estarían los vinos después de tantos años. 

La pregunta era otra. ¿Es posible probar una época? No hablo de viajar al pasado ni de reconstruir exactamente cómo era la Argentina de entonces. Hablo de algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más fascinante. Hablo de intentar acercarse. De buscar una conexión con una realidad que ya no existe. De descubrir qué cosas logran sobrevivir cuando pasan cuarenta o cincuenta años. Después de todo, una fotografía puede mostrarnos una época. Un libro puede contarla. Un documental puede ayudarnos a entenderla. Pero una botella tiene algo distinto. Una botella estuvo allí. Nació en aquel contexto, atravesó esos años y llegó hasta nosotros cargando una historia que todavía no conocíamos. Por eso, mientras observaba aquellas etiquetas, empecé a sentir que no estaba frente a dos vinos esperando ser degustados. 

Estaba frente a dos preguntas esperando una respuesta. Con todas esas preguntas dando vueltas en la cabeza llegó finalmente el momento de abrir las botellas. Después de varios días observándolas sobre el escritorio, imaginando historias y preguntándome qué podía quedar de aquellos años dentro de una copa, los corchos finalmente cedieron y la historia dejó de estar escrita en las etiquetas para empezar a contarse de otra manera. Lo primero que llamó mi atención fue el color. 

Tanto el Montchenot 1978 como el 1986 mostraban con absoluta naturalidad las huellas del tiempo. Los tonos rubí brillantes que seguramente los caracterizaron en su juventud habían quedado muy atrás. En su lugar aparecían profundos colores teja, matices caoba que se insinuaban en el borde de la copa. No eran vinos que intentaran parecer más jóvenes de lo que eran. Al contrario. Mostraban con orgullo cada uno de los años que habían recorrido para llegar hasta este momento.

Mientras observaba esos colores me resultaba inevitable pensar en todo lo que había ocurrido desde entonces. Cuando uno dice 1978 o 1986 suele hacerlo con una facilidad engañosa, como si fueran apenas dos fechas. Sin embargo, entre aquellos años y este presente caben generaciones enteras, cambios políticos, transformaciones sociales, nuevas formas de entender el vino, sin embargo, allí estaban esas botellas, recordándome que el tiempo no siempre destruye las cosas; a veces también las transforma. 

Al acercar el Montchenot 1978 a la nariz apareció inmediatamente ese universo aromático que sólo los grandes vinos de guarda son capaces de construir. Las notas primarias habían cedido hace mucho tiempo el protagonismo para dar lugar a una complejidad completamente distinta. Aparecían recuerdos de cuero fino, tabaco rubio, té negro. Con algo de aire comenzaron a surgir también notas de nuez, avellanas tostadas, cacao amargo, frutas deshidratadas y una delicada sensación balsámica que aportaba frescura al conjunto. Había además algo difícil de definir con precisión, una mezcla de aromas terciarios que remitían a bibliotecas antiguas, esas sensaciones que sólo aparecen cuando un vino ha tenido décadas para evolucionar lentamente. En boca el vino mostraba una serenidad admirable. Los taninos, que alguna vez debieron tener la firmeza propia de su juventud, se habían integrado por completo al conjunto. La textura era suave, envolvente y elegante, sostenida por una acidez que todavía conservaba la energía suficiente para mantenerlo vivo. No era un vino que impresionara por potencia ni por concentración. Su grandeza aparecía en otro lugar. Aparecía en el equilibrio. En la armonía. En esa sensación de que cada elemento había encontrado exactamente el sitio que debía ocupar después de casi medio siglo de evolución. Mientras lo degustaba volví a pensar en una de las preguntas que había acompañado toda esta experiencia. ¿Era posible probar una época? 

Durante días había imaginado esa posibilidad casi como un juego intelectual, pero frente a la copa entendí que la respuesta era bastante más compleja de lo que esperaba. 

El vino no me llevó al Monumental. No me permitió sentir lo que sintió Kempes ni escuchar el ruido de aquellas tribunas. Tampoco reconstruyó la Argentina de 1978 delante de mis ojos. Sin embargo, logró algo igual de poderoso. Me hizo consciente del tiempo. De repente aquellos cuarenta y tantos años dejaban de ser una cifra abstracta para transformarse en algo tangible. Estaban presentes en el color, en los aromas, en la textura y en cada una de las transformaciones que el vino había experimentado durante su larga vida. La experiencia con el Montchenot 1986 fue diferente, aunque no menos emocionante.

 Compartía el mismo espíritu y la misma elegancia que caracteriza a la línea, pero mostraba una personalidad propia. Los tonos teja seguían dominando la copa, aunque con algo más de intensidad en el centro. Aromáticamente se presentaba más expansivo y expresivo, desplegando notas de frutas secas, especias dulces, cuero curtido, café tostado, cacao, hojas de tabaco y delicados recuerdos de higos, ciruelas deshidratadas y madera perfectamente integrada. 

A medida que se abría aparecían también matices balsámicos, recuerdos de eucalipto y una sutil nota mentolada que aportaba complejidad y profundidad. En boca mantenía una estructura notable para un vino de semejante edad. Conservaba tensión, longitud y una elegancia que obligaba a volver una y otra vez a la copa. Era uno de esos vinos que parecen cambiar con cada minuto y que invitan a bajar el ritmo de la conversación para prestarles atención, aunque sea por un instante. Y fue allí donde apareció inevitablemente Maradona. No el personaje convertido en mito ni la figura inmortalizada en murales y documentales. 

Pensé en aquel pibe de veinticinco años que maravilló al mundo en México y que todavía hoy sigue siendo capaz de emocionar a quienes nunca lo vieron jugar. Porque mientras degustaba el vino entendí que estaba ocurriendo algo parecido a lo que sucede cuando volvemos a mirar las imágenes de aquel Mundial. No buscamos información nueva. Buscamos una conexión. Buscamos volver a sentir algo. Quizás esa haya sido la verdadera respuesta que encontré al abrir estas botellas. No, un vino no puede devolvernos una época. No puede reconstruir exactamente cómo era la Argentina de 1978 o de 1986. No puede decirnos qué pensaba Kempes antes de la final ni qué sintió Maradona después de tocar la gloria. Pero sí puede acercarnos a esos años de una manera que muy pocas cosas consiguen. Puede recordarnos que el tiempo existe. Puede mostrarnos sus huellas. Puede ayudarnos a comprender que la historia no está formada únicamente por los grandes acontecimientos, sino también por las pequeñas decisiones que permiten que ciertas historias sigan vivas. Y es precisamente ahí donde el valor de estas botellas trasciende cualquier análisis sensorial. Porque detrás de cada aroma, de cada matiz y de cada copa servida aparece la visión de una familia que entendió, mucho antes que la mayoría, que algunas cosechas merecían ser conservadas para el futuro. Gracias a esa decisión hoy podemos abrir una botella nacida en los mismos años que los dos mundiales más emblemáticos de nuestra historia y preguntarnos qué cosas sobreviven cuando pasan cuarenta o cincuenta años. 

Reflexión final: 

Al terminar las copas volví a mirar las botellas y pensé que, en el fondo, la historia más extraordinaria de todas no estaba solo dentro de ellas, sino detrás. Porque después de pasar varios días pensando en aquellos años, después de imaginar qué podía quedar de 1978 y de 1986 dentro de una copa y después de descubrir todo lo que el tiempo había sido capaz de construir en esos vinos, terminé admirando mucho más la decisión que permitió que esa experiencia existiera. Hay algo profundamente admirable en la idea de guardar un vino durante décadas sabiendo que probablemente serán otros quienes tengan el privilegio de disfrutarlo. 

Vivimos en una época donde casi todo está pensado para el presente inmediato, donde los resultados se buscan rápido y donde muchas veces cuesta imaginar proyectos que trasciendan nuestro propio tiempo. Sin embargo, estas botellas existen porque alguien decidió pensar distinto. Alguien entendió que algunas cosas merecen paciencia.

 Que algunas historias valen la pena ser conservadas. Y que el verdadero sentido de ciertas decisiones sólo aparece muchos años después de haber sido tomadas. Mientras degustaba estos Montchenot no podía dejar de pensar en eso. En la enorme confianza que implica elaborar un vino y guardarlo durante medio siglo sin saber quién será la persona que finalmente lo descorchará. Sin saber qué mundo encontrará cuando llegue ese momento. Sin saber siquiera si seguirá existiendo el mismo interés por el vino o si quienes lo prueben comprenderán el valor de lo que tienen delante. 

Y sin embargo la familia López apostó al tiempo. Apostó a que algún día alguien se sentaría frente a una copa y encontraría algo más que un vino. Encontraría una historia. Por eso la gratitud que deja una experiencia como esta tiene poco que ver con la posibilidad de probar dos grandes vinos argentinos. La verdadera gratitud nace de haber sido elegido para formar parte de una cadena mucho más larga. 

Una cadena que comenzó mucho antes de que estas botellas llegaran a mis manos y que seguramente continuará mucho después de que esta nota sea publicada. Porque detrás de cada copa hubo personas que elaboraron esos vinos, personas que decidieron conservarlos y personas que los cuidaron durante décadas para que finalmente pudieran cumplir el propósito para el que fueron creados: ser abiertos, compartidos y disfrutados. Y quizás lo más fascinante sea pensar que esta historia no termina aquí. 

Porque mientras estas botellas encontraban finalmente su destino, en algún lugar de la cava de Bodega López seguramente descansan otros vinos que todavía continúan esperando. Vinos que hoy existen apenas como una promesa y que algún día serán abiertos por personas que todavía no han nacido. Personas que vivirán en una Argentina diferente a la nuestra, que tendrán otras costumbres, otras preocupaciones y otra manera de entender el vino. Sin embargo, cuando llegue ese momento, probablemente sentirán algo muy parecido a lo que sentí yo frente a estas botellas. 

Se preguntarán quiénes fueron las personas que las elaboraron, cómo era el país en aquellos años y qué historias habrán quedado atrapadas entre esos corchos y esos vidrios durante tanto tiempo. Y tal vez ahí resida la verdadera grandeza de una bodega como López. No solamente en su historia, ni en sus vinos, ni en su capacidad para conservar una cava que forma parte del patrimonio vitivinícola argentino. Su grandeza está en haber entendido que el vino también puede ser una forma de dialogar con el futuro. 

Que una botella puede convertirse en un puente entre generaciones que jamás llegarán a conocerse. Que el tiempo no siempre es algo que se pierde y que, cuando existe la visión suficiente para comprenderlo, también puede transformarse en un legado. Después de todo, los vinos pasan, las personas pasan y las épocas inevitablemente quedan atrás. Lo extraordinario es que, de vez en cuando, alguien tenga la lucidez de guardar una pequeña parte de ese tiempo para compartirla con quienes vendrán después. 

Y pocas experiencias me hicieron comprender esa idea con tanta claridad como la oportunidad de sentarme frente a un Montchenot 1978 y un Montchenot 1986 y descubrir que, a veces, una botella puede contener mucho más que vino.


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