Víctor José Llaver vuelve con un "libro de libros" y su experiencia sobre Cuba, Fidel y su "modelo"

El prolífico autor esta vez ha lanzado un libro más que voluminoso, que se puede leer online y que se nutre de toda la información acumulada por sus viajes a Cuba y los libros pre y post revolución que atesora. Víctor José Llaver vuelve a la carga, con toda la artillería en 3.242 páginas. ¿Querías leer? ¡Leé!

Víctor José Llaver (1933) no para de escribir. Esta vez, le puso punto final a su último trabajo cuando llegó a la página 3.242 de El Profeta del Caribe. ¿Sobra alguna? Posiblemente, no. Es un "libro de libros" que pone sobre la mesa qué consiguió Fidel Castor con la revolución cubana, más allá del mito. Y lo contrasta con su propia experiencia, que relata con lujo de detalles, volviendo al testimonio político una novela atrapante. El nuevo libro de Llaver en papel no cabría en un solo volumen sino en una serie. Por eso se apeló a la actualidad del ebook: se puede leer con total facilidad y con el tamaño de letra que uno quiera, y está siempre allí. Mejor dicho, aquí (hacé clic para acceder).

Llaver es médico, docente y escritor. Viajar lo empujó a escribir, y viceversa. Entre sus numerosos viajes por el mundo estuvo seis veces en Cuba entre los años 1991 y 2013, y previamente había conocido la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la ex Checoslovaquia, la ex República Democrática Alemana y la Hungría comunista, antes de la caída del Muro de Berlín

Víctor José Llaver.

Para la elaboración de El Profeta del Caribe trabajó en su casa del este mendocino ubicada en Rivadavia durante al menos siete años, basándose en una extensa bibliografía que se apoya fuertemente en libros publicados oficialmente en Cuba, a la mayoría de los cuales consiguió, a veces muy dificultosamente, en sus viajes a la isla.

El nuevo trabajo posee una Introducción y un Anexo, entre los cuales hay 12 capítulos que se denominan:

Unión Soviética

Cuba

Todos para uno... y uno para sí mismo

El comienzo: "La gesta del Moncada"

 Cuba 1991: El paraíso perdido

Cuba desde 1959: la era de Fidel Castro.

Ernesto "Che" Guevara

Fidel Castro internacionalista

El blindaje de la Revolución

Los que se fueron

Crepúsculo y sucesión

Lo que deja el "soñador"

Chau romanticismo

No está en sus páginas la versión de un autor "desengañado", ni "traicionado". Tampoco, una actitud "romántica" sobre un proceso que generó admiración por las palabras que lo envolvieron y repulsión ante los hechos al desenvolver ese paquete histórico colorido con el que se lo mostró al mundo.

El relato, con numerosas citas a otros autores y referencias sobre las que se puede chequear y rechequear, es crudo. No es una acusación: es un fallo.

¿Cómo leer un libro tan extenso? En forma lineal, la tradicional, o como hace el autor de esta nota, "a lo Rayuela" de Cortázar: buscando en el texto temas claves y tomando el capítulo completo. Saltando de un lado al otro.

Ahora que médicos cubanos andan por el mundo ofreciendo los servicios del régimen, en países con gobiernos afines que ni siquiera someten a convalidación de títulos frente a los locales, Llaver escribe en torno a la medicina cubana en la página 2958 del libro.

La medicina cubana

Construir un mito mediante una propaganda machacona y un relato apócrifo, con gente especializada para difundirlo y sostenerlo en el tiempo con el ojo puesto en la gente esperanzada y crédula, es más sencillo que desvirtuarlo una vez instalado. Sobre todo, si el mito se ha basado en algunas cosas verdaderamente ponderables o que, al menos, lo parezcan. Convenientemente intensificadas para desviar la atención sobre las falencias. Para lo cual Fidel Castro y los suyos han sidomaestros.

Teniendo en cuenta la advertencia precedente, y aunque algunas cosas sean repetidas, recordemos que aquello se llegó a creer hasta por gente culta. Gracias a la Revolución, el pueblo cubano goza de una atención médica superior al resto de América Latina y la de muchos países desarrollados.

Y esto hace saltar al médico que llevo encima cuando compruebo los muchos que, sabiondos (de ignorancia), llegan a insistir en "la mejor medicina del mundo". Una ocurrencia frecuente que para cualquier médico no cubano, merece cuando menos sus buenos martillazos. Sobre todo si en la práctica ocurre todo lo contrario, y esto demostrado con estadísticas serias, revelaciones de colegas y, en mi caso, con hechos que me han provocado más dudas que certezas.

Para empezar (advirtiendo al lector que no pienso agobiarlo con una interminable suma de experiencias personales que me han sido referidas), no puedo dejar de ofrecer una de ellas, la que más me ha impactado en lo particular y ayuda a ubicarnos más cerca de la incertidumbre que oscurece la realidad. Tal como ocurrió, no ofrece otro elemento de prueba salvo la naturalidad y sinceridad con que se expresaba quien me informaba, y ni el mejor actor podía fingir que inventaba. Sin intención alguna de ser ofensivo con los conocimientos de cualquiera de mis colegas de Cuba; y menos conociendo la precariedad con que trabajaban. En este caso no hay pretensión de ser agresivo o maleducado escudándome en mi edad y estimo que la mejor forma de entender lo sucedido es utilizar la forma de relato, que lamentablemente me hace protagonista directo y tuve que vencer la intención de no incluirla.

Estamos con Martha, diciembre de 2005, en uno de los excelentes hoteles de Varadero. Como mi reloj biológico, más rebelde que 100 cubanos juntos, ha quedado fijado en la costumbre de levantarme muy temprano, después del desayuno, soy el primero en la playa, en ojotas, pantalón de baño, remera liviana... y el libro que siempre me acompaña. Con Martha tenemos acordado desde siempre que en vacaciones, a pesar de mi manía de madrugar, la dejaré dormir sin horario alguno.

El mozo de playa (simplemente MB por pedido) que me atendía desde mi primera visita a sus dominios, resulta solícito, cordial, y verborrágico como buen cubano, y apenas después de los saludos, el segundo o tercer día, atento con esa persona mayor que llega primero en la mañana para leer, mientras me ubica y limpia una reposera de arena y rocío me pregunta por mi edad y profesión. Ha adivinado que soy argentino, pero educado, sin exclamar como la mayoría: ¡Ohhh! ¡La patria del Che!, he aceptado que se trata de una persona seria y me presto al diálogo con gusto. Me ha caído bien y le respondo que soy médico y ya tengo setenta y un años. Allí comienza lo sorprendente:

"La misma edad que mi papá... -se pone serio y agacha la cabeza apenado- Pero él tiene cáncer de próstata..." -y lo dice, con razón, como si eso estableciera una irremediable diferencia. Puede que yo siga vivo mientras él sabe que su padre morirá pronto. ¿Qué consuelo podía darle sino comentarle "Pobre... qué mal debe sentirse. Mi padre falleció debido justamente a un cáncer de próstata". Y se me ocurre por simpatía: "¿Lo tiene muy avanzado?" "No mucho. A veces demora para orinar, pero se ha acostumbrado... y no le molesta ni siente ningún dolor".

Desde aquí hay algo extraño que se transforma en curiosidad. Algo en que quizás, no debería meterme, ya que ni siquiera soy un especialista en urología. Pero no puedo con mi genio y sigo: "¿Orina o ha orinado con sangre? ¿Ha necesitado alguna vez recurrir a una sonda por retención de la orina?".

MB no se inmuta, como si ya tuviera asumido el problema y hasta con buena suerte por el momento porque su padre no sufre.

"No. Nunca hizo falta colocarle una sonda ni ha orinado con sangre. Orina normal". Eso ya me supera y no puedo dejar de continuar interrogándolo. "¿Cómo llegaron los médicos a ese diagnóstico tan concluyente de que lo que tiene tu padre es un cáncer de próstata? ¿Con qué estudios?".

En lugar de ponerse a buscar palabras que deben costarle encontrar, a MB, sorprendido por mi interés en su padre y ya con mayor confianza en mí, recurre a lo más gráfico que se le presenta: levanta la mano separando el dedo medio y lo mueve, dando por sentado que con eso lo entendería.

Acierta, porque mi asombro va en aumento: ¿Un tacto rectal?

"¿Con sólo el tacto rectal le diagnosticaron que tenía cáncer de próstata? "Sí...".

Ya mi límite de curiosidad ha quedado desbordado y siento la obligación de explicarle que con sólo un tacto rectal no es posible diagnosticar con seguridad un carcinoma de próstata. Se lo remarco y sigo ilustrándolo que con el tacto solamente se detecta un tumor, un adenoma de próstata, un agrandamiento anormal de la glándula, pero eso no alcanza para asegurar que la afección sea cancerosa.

Puede tratarse de un adenoma benigno a tiempo para ser operado. "¿El médico que le hizo el tacto rectal no le indicó otros estudios? ¿No les habló de una ecografía, de un análisis de antígeno prostático, de una biopsia?". No sentía placer en apabullarlo con preguntas, pero, ¿cómo reaccionar de otra manera?

Por fortuna MB (después me dijo era ingeniero agrónomo) supo contestarme: "No. No dijo nada sobre estudios". Allí no dejé de notar que bajaba la voz aunque no se veía a nadie en cincuenta metros a la redonda. El placer de las cálidas aguas casi sin oleaje, ni así tentaba a los turistas hasta más tarde. Al parecer eso animó a MB a agregar: "Pero como con mi hermana le insistimos sobre si se podía hacer algo, y le ha indicado una pielografía. Lo que pasa es que, al tener más de setenta años, no nos dan turno para hacérsela..." -y terminó con tono de resignación, casi susurrando- "Es muy difícil conseguir que a esa edad le hagan estudios costosos".

MB pudo decirme todo eso de corrido porque yo me había quedado mudo ante sus palabras. ¿Había descubierto algo que no debía saber? Y de pronto me costaba creer lo que entendía que me estaba diciendo. ¿Era eso? ¿Podía ser verdad lo que entendía? ¿Significaba realmente "que al tener más de setenta años" ya no se indicaban estudios específicos a pacientes calificados de irrecuperables?

Llegué a una terrible confusión. ¿Cuba discriminaba a los ancianos, desprotegiéndolos más allá de una atención primaria selectiva? ¿Una forma sutil de abandono, de segregación etaria, de ahorrar recursos en quienes no vale la pena postergarles la muerte?

Cuidado. No estoy afirmando que sea esto lo que ocurre; de ninguna manera, y es probable que no sea así por un único caso. Pero aquella revelación la he vivido, y no pude eludir sentimientos encontrados, cuando pude completarlos con otros detalles.

Cuidando de no parecer zafado, directamente le pregunté a MB si era eso lo que me estaba diciendo. ¿Les niegan tratamientos especiales a los mayores de setenta años? Con lo asustado que se puso, se apresuró a ponerse a cubierto reconociéndome que él sólo podía asegurarme que con la gente de mayor edad era muy difícil conseguir que les efectúen pruebas específicas, dándoles turnos a larguísimo plazo por la falta de materiales para ese tipo de estudios.

Creí lo que me estaba diciendo porque en definitiva era como suponía que era o, mejor dicho, lo sabía por Nelson. Terminando con aquella experiencia con MB, debo añadir que también me había llamado la atención que el médico que atendió a su padre cómo se consideraba capaz dediagnosticar un cáncer por sólo un agrandamiento palpable de la próstata; y que hubiese accedido a indicarle una pielografía para confirmarlo... (Este capítulo se puede seguir leyendo haciendo clic aquí).

Más libros

Si no bastara con esto, Llaver tiene más libros. Entre sus obras publicadas se cuentan La URSS hoy, para entender los cambios (Plus Ultra, 1998), Fidel y el Che, el poder y la utopía (Editorial Dunken, 2005), y 18 Horas (Dunken, 2012), este último una novela de no ficción sobre las últimas horas del Che Guevara luego de su captura en Bolivia. Los textos forman parte de las bibliotecas de diversas universidades, entre ellas las de Yale, Texas, Barcelona y San Sebastián. También es autor de la novela La Trenza (La Casona de Iván Grondona, 1976), y en 1974 publicó una investigación en la revista Todo es Historia sobre La bandera argentina sobre California.

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