Historia

Volver a empezar: el papel de la educación tras el terremoto de 1861

Se cumplen hoy 159 años del gran terremoto que destruyó a Mendoza en 1861. Hay lecciones aprendidas sobre la resiliencia social en una catástrofe y Gustavo Capone pone en foco aquí el rol que tuvo (y tiene hoy) la Educación.

Aquel 20 de marzo de 1861

"Nadie sale indemne de un terremoto, aunque no haya muerto en él. Los desastres naturales son, como veremos, también eventos de la cultura; es más, muere más gente por la irresponsabilidad, que por los efectos realmente naturales. Por supuesto hay que esperar a que suceda una tragedia para oír los ciertos, aunque tardíos ‘si hubiéramos hecho caso.'; pero así somos los seres humanos (concepto de vigente actualidad). Y el terremoto de 1861 que asoló la ciudad de Mendoza fue tremendo ya que destruyó la enorme mayoría de una ciudad (...)". (Daniel Schávelzon).

Es así, Mendoza quedó desbastada. Y aunque los temblores habían castigado históricamente la región, aquella "ciudad de barro" que tenía 300 años desde la llegada del español (2 de marzo de 1561), quedó hecha una gran montaña de adobes en sólo unos segundos. Había que empezar de nuevo; y si bien temblores y terremotos eran moneda corriente en nuestra provincia, nunca se había hecho absolutamente nada concreto para evitar la tragedia.

El terremoto mendocino, aquel último día del verano de 1861, destruyó y devastó la capital provincial, causando la muerte de 4.247 personas y cerca de 1.000 heridos, entre una población estimada de 11.539 vecinos. Con estas cifras y daños, se lo considera al terremoto mendocino como una de las catástrofes más desastrosas de ese siglo en todo el mundo, y sin dudas la mayor hecatombe natural del país durante el siglo XIX. De acuerdo con los informes realizados y análisis retrospectivos sobre el Censo Nacional de 1869, la ciudad tuvo un porcentaje de 37,39 por ciento de mortalidad.

Mendoza fue arrasada, y a la desorientación política e institucional se sumaron incendios (que se prolongaron por casi una semana en forma ininterrumpida) epidemias, vandalismo y saqueos. Para peor, la catástrofe encontró a la provincia envuelta en medio de una profunda crisis institucional que vivía el país. Eran los tiempos convulsionado de puja entre la Confederación y Buenos Aires zanjados en la Batalla Pavón durante setiembre de 1861 con el triunfo de Mitre.

Las escuelas primero

Había que establecer prioridades y optimizar los recursos. ¿Por dónde empezar? A los diferentes proyectos sobre dónde llevar adelante el trazado del nuevo centro urbano, se sumó el latente y lógico problema político y sanitario. La antigua ciudad enclavada históricamente desde tiempos hispánicos entre el Tajamar y el Zanjón quedó enterrada para siempre.

El sector dirigencial quedó absolutamente diezmado por las muertes y renuncias, entre ellos un gran número de maestros. "Se perdió lo más culto e intelectual de la Provincia", según Agustín Alvarez, en notas de aquellos tiempos.

Las familias abandonaron la ciudad destruida en busca de lugares más seguros en el interior provincial y la desorientación fue notoria ante la catástrofe. Mientras tantos muchos huérfanos buscaban refugio en familias sustitutas.

El sistema educativo oficial no funcionó durante dos años. Es decir, durante los años 1861 y 1862, no se dictó instrucción pública oficial en casi toda la provincia. Las pocas escuelas que existían se cayeron, y las escasas que se mantuvieron en pie fueron utilizadas como circunstanciales hospedajes u hospitales de campaña. Pero nada de eso hizo que después de la lógica zozobra del primer momento, en forma espontánea, comenzaran las actividades de la mano de voluntarios en lugares seguros. Desde setiembre de 1861 hay registro de actividades educativas en plazas, casas de familias o bajo de algún árbol.

Educación y políticas de Estado

Un hecho institucional ayudó en la dura circunstancia. Mendoza había sancionado su nueva Constitución en noviembre de 1854 (es la primera de las "constituciones provinciales" del país, después de sanción de la Constitución Nacional de 1.853). Dicha constitución estableció algo novedoso sobre las autonomías municipales. En el "Capítulo Séptimo: Sobre el Poder Municipal / Administración Departamental", se ponen las escuelas primarias en dependencia directa de los municipios provinciales y establece que la administración de los fondos de la instrucción pública correrá por cuenta de cada municipalidad. La circunstancia hizo que algunas escuelas departamentales se mantuvieran abiertas al haber sido menos traumático el sismo en el interior provincial que en el centro capitalino.

Mientras tanto la administración central priorizó un plan de reordenamiento territorial provincial, para el cual el desarrollo urbano contemplaba la aprobación de la creación de múltiples escuelas en la provincia y el direccionamiento de fondos recibidos prioritariamente a la educación.

Las escuelas estarían cerca de las plazas y contarían con un amplio patio como resguardo de la ciudadanía ante posibles futuros sismos, con grandes entradas y amplios sistemas de conservación de aguas.

En paralelo, y superando distintos momentos políticos (muerte de Luis Molina, el gobernador que sucedió a Laureano Nazar, quien perdió a 3 hijos en el terremoto), el nuevo gobernador Carlos González (1863 - 1865), recibió una partida de $11.500 de la Comisión Filantrópica de Buenos Aires que destinó a la construcción de 23 escuelas. También la provincia de Entre Ríos aportó $12.000, más aportes recibidos de otras provincias y de países como Chile y Perú.

Todo se sumaba al decreto del 19 de abril de 1864 que había dispuesto el surgimiento de las "Escuelas Fiscales". Por ende, las escuelas se multiplicarán, llegando a 1865 con la apertura de 34 nuevas escuelas oficiales y 6 particulares. Habían pasado solo 4 años del terremoto y a pesar de todas las grandes complicaciones económicas y políticas nadie discutió egoístamente en el sector dirigente (oficialista y opositor) la importancia de la educación. Cuarenta (40) nuevas escuelas lo demuestran.

El Profesor Benjamín Lenoir, cuñado de Domingo Faustino Sarmiento, es nombrado por el Gobernador González al frente de dicho emprendimiento como "Inspector de las Escuelas Fiscales", llegando a contar el sistema educativo por ese año con 1.784 alumnos matriculados en las "oficiales" y 547 en las "particulares".

La importancia del tema educativo posterior al trauma del terremoto se siguió manifestando: el gobernador Nicolás Villanueva (1867 - 1870), para ejercer un mejor control y supervisión sobre los establecimientos educativos creó en 1867 el "Departamento General de Escuela"; y en 1872, su primo Arístides Villanueva, también gobernador, impulsó la "Superintendencia General de Escuelas", nombrando como primer secretario a Daniel Videla Correas.

También se constituyen las "Comisiones Escolares de Distrito", un antecedente directo de los actuales Consejos Municipales de Educación, conformados por dos miembros titulares y un suplente en cada departamento. Su amplia gama de actividades comprendía entre otras funciones, las de crear establecimientos nuevos: su edificación, ubicación y presupuestos. Además de contratar docentes, según fuera necesario en la medida que no violará cualquier norma "reñida con la moral y las buenas costumbres". Estimular la creación de bibliotecas, asesorar al gobierno provincial sobre "mentes brillantes, que merecieran ser becados, acordar premios para alumnos y ‘preceptores'". Es bueno recordar que el primer decreto de la gestión de Arístides Villanueva fue visionario: becar a Agustín Álvarez para estudiar en la Facultad de Derecho de Buenos Aires. Además, dictó la Ley Orgánica de Enseñanza Primaria, que contempló la obligatoriedad para los varones entre 7 y 12 años y para las niñas entre 6 y 13 años, antes aún que la vanguardista Ley N° 1420 ("Los Villanueva, una dinastía de gobernadores", en "Historias de Familias" de Jaime Correas - 1992). Además, construyó un gran número de escuelas, estimuló jornadas de capacitación para docentes y mejoró ostensiblemente sus haberes. Pero lo realmente novedoso y revolucionario, fue la liberación del servicio militar para quienes desearán proseguir estudios superiores.

Un buen ejemplo

En ocasiones, una crisis es un buen motivo para revisar nuestra historia y encontrar ejemplos de la mano de la educación. Un buen ejemplo también es reparar en aquel sector dirigente que no se detuvo en mezquindades cuando de políticas de Estado se trató. Y sobre todo cuando se vincula con la educación. Los federales, los liberales, los unitarios, los conservadores, los autonomistas, los nacionalistas, los laicistas, los católicos, etc., de aquel momento no dudaron que lo importante era el pueblo de Mendoza.

Esta nota habla de: