Entrevista

A fondo, sobre el mundo que hay/que viene: "La lucha política hoy no es ideológica, es emocional"

En un mundo atravesado por la aceleración tecnológica, la erosión institucional y el retorno de las zonas de influencia, el analista Ezequiel Parolari analiza cómo la política dejó de discutir ideas para disputar relatos, emociones y marcos mentales que reconfiguran la democracia en América Latina. Un diálogo con Gabriel Conte.

Periodista y escritor, autor de una docena de libros de ensayo y literatura. En Twitter: @ConteGabriel

Las preguntas no son fáciles de responder. Por eso se las hacemos a los que están acostumbrados a recibirlas desde el poder, o desde el deseo del poder. Uno de esos personajes que transitan por un carril altamente competitivo como es asesorar a. líderes políticos en torno a decisiones cruciales es Ezequiel Parolari.

Argentino de nacimiento, su lugar es Latinoamérica toda en donde ha trabajado para equipos presidenciales y de otros niveles en la formulación de estrategias para el acceso al poder.

¿Dijimos que las preguntas de este tiempo son difíciles de responder? En realidad, el mundo es lo que se ha puesto complicado de comprender con las herramientas con las que estábamos acostumbrados a categorizar las cosas que pasaban.

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Por eso metimos al consultor Parolari en el brete, y lo asumió así:

El mundo parece ser otro. Algunos lo entienden y analizan con las herramientas y conocimientos de su tiempo. ¿Es suficiente lo que se conoce o hay que adquirir otros conocimientos?

- Desde mi punto de vista siempre hay que adquirir otros conocimientos. Estar actualizados e informados. El mundo de hoy no es ni cerca del de hace 5 años. Todo está avanzando muy rápido y hay que estar actualizados constantemente para poder no solo analizar tendencias, sino anticiparse a las mismas. ¿Lo viejo funciona? Si, pero no es suficiente. Por eso es necesario hacer un mix de estudios para poder tener la película completa y no una parte. Lo que está sucediendo con la intromisión de la IA, por ejemplo, es irreversible. O te adaptas o te quedás atrás. Pero adquirir otros conocimientos siempre es fundamental como hábito sustancial para que nuestro cerebro este activo y en constante aprendizaje

En ese contexto, ¿es valorable mantenerse invariable con respecto a las ideas de izquierda o de derecha asumidas en los tiempos de aprendizaje o han quedado perimidas?

- Desde que tengo uso de razón están matando a las ideologías diciendo que éstas ya dejaron de marcar el terreno de juego, y ese es el primer error conceptual que acontece en los estudios y análisis. Toda política pública, o toda decisión gubernamental ya sea interna o externa, está signada y definida bajo un lineamiento ideológico. Cuando Francis Fukuyama habló de la "muerte de las ideologías", lo hizo en el marco de su célebre libro "El fin de la Historia y el último hombre". Su argumento central era que, tras la caída del bloque soviético y el cierre de la Guerra Fría, las grandes ideologías que habían estructurado el conflicto político del siglo XX (en particular el comunismo como alternativa sistémica) habían quedado históricamente derrotadas. En ese escenario, la democracia liberal y la economía de mercado dejaban de ser solo una opción entre otras para convertirse en el marco dominante y, en apariencia, definitivo de organización política y social, vaciando a la política de grandes proyectos ideológicos rivales. Paradógicamente ese libro está cargado de ideología y la historia demostró que estuvo equivocado.

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En la actualidad, lo que predomina no es una disputa ideológica clásica, sino una lucha abierta por la narrativa. En buena parte de América Latina se impone una narrativa antiizquierda y anticomunista que mezcla conceptos, simplifica la realidad y, deliberadamente, confunde. No se trata de un debate honesto de ideas, sino de una construcción discursiva que asocia de manera automática a la "izquierda" con comunismo, populismo, pobreza o autoritarismo, alimentando procesos de desinformación, polarización y odio social.

Aquí resulta clave recuperar el aporte de George Lakoff, quien explica que las sociedades interpretan la realidad a través de marcos mentales. Estos marcos no son neutros: condicionan cómo entendemos los conceptos políticos. Así, cuando se menciona la palabra "izquierda", para algunos activa un marco negativo cargado de temor y rechazo; para otros, en cambio, remite a igualdad, ampliación de derechos y justicia social. La disputa, entonces, no es solo semántica: es profundamente simbólica, generando una cultura política que define las formas.

En América Latina, históricamente, el escenario político ha funcionado como un péndulo que oscila entre distintos proyectos. Sin embargo, lo novedoso del presente no es el movimiento pendular en sí, sino la forma en que las narrativas extremas están empujando ese péndulo hacia terrenos de mayor confrontación emocional. Las redes sociales han potenciado este fenómeno, amplificando discursos diseñados no para informar o argumentar, sino para provocar miedo, enojo y resentimiento.

Este contexto ha dado lugar a conversaciones que no se producen en la esfera pública real, sino casi exclusivamente en el espacio digital. Son intercambios que prescinden de fundamentos técnicos, datos verificables o discusiones programáticas, y que se sostienen, muchas veces, en la mentira deliberada como herramienta política. El objetivo no es convencer racionalmente, sino movilizar emociones nocivas que erosionan la confianza, degradan el debate democrático y fragmentan a las sociedades.

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En este escenario, el verdadero riesgo no reside únicamente en el avance de una u otra posición, sino en la degradación de la política misma. Cuando la lucha por la narrativa sustituye al debate de ideas, y cuando los marcos mentales son activados deliberadamente para generar miedo, odio o resentimiento, la democracia deja de ser un sistema de deliberación y se transforma en un campo de confrontación permanente. América Latina no enfrenta solo un nuevo ciclo del péndulo ideológico, sino una crisis más profunda: la de una conversación pública colonizada por la desinformación, donde el adversario es reducido a enemigo y lo normal es que no haya límites. Recuperar una política basada en argumentos, datos y responsabilidad discursiva no es solo un desafío comunicacional; es una condición indispensable para recomponer el tejido democrático y evitar que el conflicto narrativo termine por vaciar de sentido a la democracia misma.

¿Lo que sucede o lo que vendrá (pocas potencias repartiéndose el mundo y exigiendo realineamientos) será necesariamente "monstruoso" o sectores de la población, como los más jóvenes, se adaptarán tanto al cambio como a la búsqueda de nuevas alternativas?

- La pregunta parte de una serie de supuestos sobre la evolución del orden internacional que, al menos por ahora, no pueden afirmarse con certeza. El escenario de un mundo dominado por pocas potencias que se reparten áreas de influencia y exigen realineamientos es una hipótesis posible, pero no un desenlace inevitable. Más que anticipar un futuro necesariamente "monstruoso", resulta más pertinente analizar cómo las sociedades, en su conjunto, enfrentan contextos de cambio acelerado, resignifican esos procesos y exploran nuevas alternativas políticas, económicas y culturales frente a un sistema internacional en constante transformación.

¿Cómo evalúa lo que está pasando en Venezuela?

- La situación en Venezuela es profundamente compleja y exige un análisis que evite las simplificaciones. No hay una única clave explicativa ni una sola responsabilidad. Sin embargo, hay algunos puntos que resultan innegables.

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En primer lugar, la crisis social y humanitaria es evidente. Según datos de organismos internacionales, más de 7,7 millones de venezolanos han abandonado el país en la última década, configurando uno de los mayores procesos migratorios forzados del mundo contemporáneo. Detrás de esa cifra hay familias fragmentadas, generaciones enteras desplazadas y una sociedad rota, cuyo deterioro no puede relativizarse ni justificarse desde ningún marco ideológico.

En segundo lugar, el gobierno de Nicolás Maduro no puede ser caracterizado como democrático. El vaciamiento de las instituciones, la persecución política, la ausencia de garantías electorales y la concentración del poder han generado daños estructurales profundos. En ese contexto, la actuación, o la inacción, de organismos multilaterales como la OEA o la ONU ha sido, cuanto menos, insuficiente frente a la magnitud del colapso venezolano.

Ahora bien, reconocer el carácter autoritario del régimen no implica avalar cualquier acción externa. En el plano geopolítico y estratégico, las intervenciones o presiones de Estados Unidos que vulneran principios del derecho internacional tampoco pueden considerarse correctas ni inocuas. Venezuela se ha convertido en un nodo estratégico donde confluyen intereses energéticos, militares y de poder global, especialmente vinculados al petróleo, muy lejos de una preocupación genuina por la democracia o los derechos humanos.

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En ese sentido, resulta relevante observar cómo Venezuela aparece como precedente o laboratorio de una lógica más amplia. Tal como señala una reciente nota de Bloomberg (https://www.bloomberglinea.com/mundo/mercados-de-prediccion-ven-mas-posible-que-trump-controle-el-canal-de-panama-que-groenlandia/), los mercados de predicción consideran hoy más probable que Estados Unidos avance sobre el control del Canal de Panamá que sobre Groenlandia, lo que revela una concepción expansiva del poder estratégico bajo la lógica del interés nacional duro, sin demasiados límites normativos. Venezuela, en ese esquema, no es una excepción sino una señal.

Además, lo ocurrido demuestra que no se produjo una ruptura real del régimen. Más allá de los movimientos tácticos, el poder estructural sigue intacto: Maduro puede estar preso, pero el sistema persiste con figuras como Diosdado Cabello y Delcy Rodríguez manteniendo el control efectivo. Hablar de "salida" sin transformación del régimen es, en el mejor de los casos, una ilusión.

Y lo que me parece más grave son los dichos de Donald Trump cuando afirma que su único límite es su propia moralidad (https://www.nytimes.com/es/2026/01/08/espanol/estados-unidos/trump-vision-poder-limites.html) resultan particularmente peligrosos en un contexto global ya tensionado. La normalización de ese tipo de liderazgo erosiona los consensos mínimos que sostienen la paz internacional. Po eso, todo lo que ha sucedido y sucede en Venezuela está mal, pero no por una sola razón ni por un solo actor. Es el resultado de autoritarismos internos, hipocresías externas y una comunidad internacional incapaz de articular respuestas coherentes. Venezuela no es solo una tragedia nacional: es también un espejo incómodo del estado del sistema internacional y de lo que, como mundo, estamos dispuestos a tolerar.

- ¿Por qué, por ejemplo, cuando Cuba prácticamente anexionó a Venezuela no hubo el mismo nivel de reacciones que cuando EEUU intervino y la asume como "protectorado"?

- Porque el sistema internacional no reacciona de manera homogénea frente a las injerencias, sino según quién las ejerce, cómo se presentan y qué costos políticos tiene denunciarlas. Pero, sobre todo, porque muchas veces se discute la geopolítica ignorando el impacto real sobre las sociedades.

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La influencia de Cuba sobre Venezuela fue progresiva, opaca y profundamente intrusiva, especialmente en áreas sensibles como inteligencia, seguridad y control político. No se trató de una anexión formal ni de una ocupación visible, sino de un proceso de tutela de facto que tuvo consecuencias directas sobre la vida cotidiana de los venezolanos: restricción de libertades, fortalecimiento del aparato represivo, pérdida de autonomía institucional y un deterioro profundo del tejido social. Sin embargo, al no romper explícitamente el marco jurídico internacional, esa injerencia fue naturalizada, minimizada o directamente omitida por buena parte de la comunidad internacional.

Además, durante años, denunciar el rol cubano implicaba costos simbólicos e ideológicos, particularmente en América Latina, donde persistía una narrativa que lo justificaba como cooperación política o afinidad revolucionaria. El resultado fue una enorme contradicción: se toleraron intervenciones que impactaban de lleno en una sociedad, mientras se proclamaba una defensa abstracta de la soberanía.

En contraste, cuando la presión o intervención proviene de Estados Unidos, la reacción suele ser más inmediata y ruidosa. No porque necesariamente sea más dañina en términos sociales, sino porque Estados Unidos es el actor hegemónico visible, y cualquier acción suya activa reflejos automáticos de denuncia global. Ahora bien, es importante ser precisos: hablar de "protectorado" en el caso venezolano no describe una realidad plenamente comprobada, sino una interpretación política o retórica utilizada por distintos actores. Lo que sí existe es una disputa de influencia estratégica, no una administración directa ni un control formal del territorio.

El problema central no es cómo se etiqueta la intervención, sino que las grandes potencias sigan tratando a ciertos países como espacios de proyección de poder, mientras las consecuencias sociales (migración masiva, empobrecimiento, fragmentación familiar y pérdida de horizontes) quedan en segundo plano, esa es la verdadera asimetría.

¿Lo sucedido con Rusia y Ucrania, Putin y Zelenski, es equiparable o tiene relación en el tablero mundial con lo de EEUU/Venezuela?

- No son casos idénticos, pero sí están conectados por una misma lógica estructural del sistema internacional actual.

Rusia-Ucrania es un conflicto abierto, militar, explícito y de alta intensidad, donde se violó de manera directa la soberanía territorial de un Estado reconocido internacionalmente. EEUU - Venezuela opera en una lógica distinta: presión, asfixia económica, disputas de reconocimiento, influencia estratégica y control indirecto, sin una guerra convencional declarada.

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Sin embargo, ambos casos reflejan un mismo fenómeno: el retorno de las zonas de influencia, donde las grandes potencias actúan bajo la premisa de que ciertos territorios son estratégicos y, por lo tanto, sus reglas son flexibles.

Putin justifica su accionar en Ucrania apelando a la historia, la seguridad y la identidad. Estados Unidos justifica su accionar en Venezuela apelando a la democracia, la estabilidad regional y la seguridad energética. Los discursos son distintos; la lógica de poder es similar.

Esto no significa equiparar responsabilidades morales, pero sí entender que el orden internacional basado en normas está siendo erosionado. Cuando las potencias empiezan a decidir unilateralmente hasta dónde llegan sus límites (como lo sugiere Trump al decir que su única frontera es su moral), lo que queda en riesgo no es un país puntual, sino la arquitectura mínima de previsibilidad global.

Venezuela, Ucrania y otros casos no son anomalías: son síntomas de un mundo que se desliza hacia la política de fuerza, donde los principios se invocan selectivamente y la soberanía se defiende solo cuando conviene.

¿Qué libros habría que leer para comprender mejor lo que está pasando? ¿Podría recomendarnos alguno/s?

Una lista personal es:

- Sindrome 1933, de Siegmund Ginzberg

- Cómo destruir una democracia, de Daniel Matamala

- El ocaso de la democracia, de Anne Applebaum

- Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt

- The normalization of the radical right, de Vicente Valentim 

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