El problema no es que los jóvenes beban poco vino: es cómo y qué consumen
Una reflexión sobre la baja del consumo de alcohol en jóvenes, la normalización de prácticas mucho más riesgosas y el desafío de volver a discutir el consumo sin dobles varas. Escribe Ignacio Borras.
En los últimos años se repite una frase con bastante liviandad: "los jóvenes toman menos alcohol". El dato suele aparecer aislado, casi como una conclusión cerrada. Pero pocas veces se lo mira en contexto. Porque si bien es cierto que el consumo de ciertas bebidas bajó, vale preguntarse si otras no ganaron terreno. O si, directamente, son otras las sustancias que hoy ocupan ese lugar en determinados espacios de socialización.
Mirar solo el alcohol es quedarse con una parte chica de una transformación mucho más amplia. Cambiaron los rituales, cambiaron los tiempos y cambiaron las formas de vincularse. Y en ese cambio aparecen escenas que llaman la atención y que, curiosamente, casi no se discuten.
En muchas fiestas y encuentros sociales se volvió habitual una imagen que dice mucho sin decir nada: botellitas de agua circulando de mano en mano mientras el brindis queda vacío. No necesariamente como una decisión ligada al cuidado o a la salud, sino como parte de otro tipo de consumo que ocurre por otro lado. Un consumo que no pasa por la bebida, sino por pastillas y otras drogas que se integraron a ciertos ambientes con una naturalidad inquietante.
Lo llamativo no es solo su presencia, sino la falta de conversación alrededor de eso. Se habla -y con razón- de los riesgos del alcohol, pero se esquiva el debate cuando se trata de drogas cuyo consumo es ilegal y que, sin embargo, circulan con una liviandad preocupante en determinados contextos.
Algo similar ocurre con el crecimiento del consumo de bebidas blancas mezcladas con energizantes. Una combinación ampliamente conocida por sus riesgos, sobre todo por cómo enmascara señales del cuerpo y empuja a consumir más de lo que se registra. Aún así, se volvió una fórmula habitual, aceptada y, en muchos casos, celebrada.
No se trata de negar los problemas asociados al abuso de alcohol. Existen y deben formar parte de cualquier conversación honesta. Pero tampoco de aceptar un discurso que mete todo en la misma bolsa y borra los matices. Porque no es lo mismo consumo que abuso. No es lo mismo contexto que descontrol. No es lo mismo una bebida que acompaña una mesa, una comida o una celebración que una sustancia pensada para acelerar, tapar o borrar registros.
En este escenario, el vino parece haber quedado corrido del centro. No porque sea antiguo o ajeno a los jóvenes, sino porque propone algo distinto. El vino propone tiempo, registro y conversación. Pero también puede proponer fiesta, celebración y encuentro cuando se lo libera de la solemnidad.
Pensar al vino solo como pausa es limitarlo. El vino también puede ser parte de una fiesta, de un brindis, de un momento compartido que no busca evadir sino celebrar. Un tinto de verano, un espumante bien frío, un cóctel simple con vino: formas más descontracturadas de consumo que no le quitan identidad, sino que lo acercan.
Hablar de consumo responsable suele sonar a frase hecha, a mensaje vacío. Pero en realidad debería ser una conversación adulta. Entender que el daño no está en la bebida en sí, sino en la cantidad, en el contexto y en la relación que se construye con ella.
Reflexión
Tal vez haya llegado el momento de dejar de mirar para otro lado. Porque mientras discutimos -con razón- los límites del consumo de alcohol, seguimos esquivando una conversación mucho más incómoda y necesaria: la del consumo de drogas en fiestas y eventos, y la naturalización de prácticas que, además de ser ilegales, se instalaron en muchos espacios sin control, sin información y sin debate real.
Hablar de esto no es señalar con el dedo. Es asumir que hay prácticas que hoy circulan con una liviandad preocupante y que requieren más presencia del Estado, más control y, sobre todo, más conversación honesta.
En paralelo, la industria del vino también tiene que hacerse preguntas incómodas. Acercar el vino a los jóvenes no implica bajar la vara, sino abrir el juego: tintos de verano, espumantes, cócteles con vino y propuestas descontracturadas que permitan un primer contacto sin solemnidad.
El vino tiene que animarse a estar más presente. Porque los jóvenes que hoy se acercan al vino desde formatos simples y relajados, muy probablemente sean quienes mañana se interesen por expresiones más profundas.
Creo que debemos animarnos a hablar de todo, incluso de lo que incomoda. Porque cuando se trata de consumo y de cultura, el silencio nunca fue una solución.