El cuento de la minería

 Capítulo 7: Afuera, el viento golpeaba las maderas del hotel y los cables de alta tensión. Pero esta vez ya no sonaba como una amenaza hostil; era un eco sutil, fantasmagórico, que corría sobre las montañas mudas, mientras adentro, dos miradas opuestas encontraban un refugio común en la memoria y el respeto por su propio suelo.

Entre las páginas amarillentas del libro escrito por Argentina D'Oro, apareció un sobre de papel madera, ajado, sin estampilla. Dentro, una sola hoja escrita con una caligrafía de tinta azul, elegante y apurada. La fecha arriba: octubre de 1948.

Ceniza Solana, leyó la carta en voz alta esa noche, cuando fueron a cenar al hotel después de las jornadas, bajo la luz mortecina de una bombilla desnuda y una mesa robusta. Santiago escuchaba de brazos cruzados, apoyado contra el marco de la ventana.

"Mi querida Emma: La campaña en los altares de piedra está terminando. Los ingenieros dicen que los cateos son positivos, que la veta es rica y que pronto este páramo será una ciudad de luces y motores. Yo solo veo el viento que me recuerda a tus ojos en la llanura.

Mañana bajamos los equipos. Te prometo que en cuanto entregue los mapas en Mendoza, vuelvo por vos. Nos casaremos en la capilla del pueblo, como lo hablamos bajo el andén. Si alguien encuentra este cuaderno antes de que yo regrese, que le diga a la maestra que el verdadero cuento de la minería nunca fueron los minerales. Fueron las personas que dejaron su vida buscándolos. Yo ya dejé la mía en tus manos.

Tuyo siempre, Juan Pablo."

Al final de la hoja, apenas visible, un sello descolorido del Departamento de Minas y Geología de la Nación.

No hay registro de que haya vuelto, dijo Plata Hinojosa que miraba desde el rincón y trataba de pintar algo de lo sucedido con sus tintes amarillentos y oxidados, siempre dejando su ojo pictórico de cada uno de los momentos que iba viviendo. En los archivos de la escuela, la maestra Emma siguió firmando las actas sola hasta 1955. Después se jubiló y el pueblo se fue vaciando cuando cerraron los primeros lavaderos de carbón.

Ceniza dejó la carta sobre la mesa, con un respeto. Tenía los ojos encendidos por una revelación.

Ahí lo tenés, Santiago. Ahí nació todo, susurró Ceniza. No nació de un rencor técnico ni de un balance económico. "El cuento de la minería", la frase con la que Don Telmo nos frena el carro, nació de una ausencia. La gente de los puestos oyó la promesa de ese geólogo que se esfumó con los mapas en el bolsillo, vio el banco vacío de la escuela, y transformó el dolor de esa mujer en folklore. Guardaron la advertencia. Él no era un estafador, creía en la riqueza de la tierra, pero la fatalidad se lo llevó.

Santiago se despegó del marco de la ventana con un movimiento brusco. Su risa fue corta, seca, cargada de una indignación que ya no quería disimular. Se acercó a la mesa y señaló el papel con el dedo.

¿Mística, Ceniza? Por favor, estás haciendo romanticismo de una estafa histórica. Esa carta no es un mito poético, es la prueba de lo que la minería le hace a Mendoza desde hace un siglo: viene, te promete ciudades de luces, te perfora la expectativa, y después se esfuma dejándote los andenes vacíos y la tierra seca. Don Telmo no repite un folklore romántico; repite la historia de su propia supervivencia. Yo no puedo estar de acuerdo con una actividad que rifa el agua de los crianceros y el equilibrio de este patio por una urgencia de mercados de afuera. Para mí, el riesgo es inaceptable.

¡Es que vos creés que yo quiero defender el saqueo, Santiago!, lo enfrentó Ceniza, enderezándose, con la voz firme, pero con una vibración distinta, más mana. Yo no defiendo a las multinacionales de los noventa que se llevaron todo en un barco. Yo defiendo la materia. El libro de Argentina D'Oro lo dice claro: un niño sabe de dónde viene el pan, pero no tiene idea de dónde sale el cobre de una incubadora. El mundo necesita esos minerales para la transición, para la tecnología que nos mantiene vivos. Si nos quedamos atrapados en la parálisis del miedo, condenamos a las próximas generaciones al olvido, sin escuelas técnicas, sin infraestructura, sin futuro. No se puede gobernar un pueblo desde el puro no.

Santiago la miró fijamente. La furia inicial de ambos empezó a disiparse, dejando al descubierto el verdadero peso de lo que discutían. Vio la honestidad en los ojos de la ingeniera; sabía que ella no era una burócrata vendida, sino alguien que genuinamente creía en el progreso de la tierra.

Él bajó la mirada hacia la carta de 1948. Volvió a leer la última frase de Juan Pablo en silencio: "El verdadero cuento de la minería nunca fueron los minerales. Fueron las personas". Santiago soltó un suspiro largo, apoyando las manos en la mesa. La tensión de sus hombros cedió un poco.

En eso tiene razón el geólogo, dijo Santiago, con la voz más suave, casi arrastrada. Y creo que ahí es donde nos topamos, Ceniza. Vos ves el cobre que salva vidas y yo veo el agua que las sostiene. Pero los dos estamos mirando a la gente, no a las acciones de la bolsa de Londres.

Ceniza lo observó en silencio, asintiendo despacio. La rigidez de su postura también se ablandó.

Es verdad, concedió ella, dando un paso más cerca de la mesa. Si algo no me gusta de los directorios de las mineras es que pretenden convencer a un pueblo mostrando un Excel con curvas de inversión, como si las comunidades fueran números. Les hablan en extranjero. No entienden que, para perforar la roca, primero hay que mirar a los ojos a la gente del puesto.

Santiago esbozó una sonrisa mínima, un acuerdo tácito y amargo entre los dos.

Entonces estamos de acuerdo en algo, concluyó él, mirando la hoja amarillenta. El "cuento de la minería" es la mentira del progreso fácil. Si alguna vez este suelo se llega a tocar, no puede ser con las promesas en el aire de Juan Pablo, ni con los espejitos de colores de los noventa. Tiene que ser con la verdad de frente, cuidando el agua primero, y con el control real de la comunidad. Sin mística barata y sin mentiras.

Ceniza sonrió de lado, colocando su mano cerca de la carta, como sellando un pacto de honestidad técnica y humana.

Trato hecho. Sin mentiras.

Afuera, el viento golpeaba las maderas del hotel y los cables de alta tensión. Pero esta vez ya no sonaba como una amenaza hostil; era un eco sutil, fantasmagórico, que corría sobre las montañas mudas, mientras adentro, dos miradas opuestas encontraban un refugio común en la memoria y el respeto por su propio suelo.

Acompañan este capítulo:

REDTER (Red Federal para el Desarrollo Territorial)

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