La sinergia de los Figueroa: entre nostalgias, amores y chilindrón cuyano
La novela de Bonarda y Malarda. Todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos.
El departamento de Rivadavia amanece con tibias relojes, donde los álamos dorados acarician con su brisa los rostros de los que caminan en y con su historia. Aquella mañana las esperaba una celebración. No era solamente una boda. Era una reunión familiar que parecía contener muchas décadas al mismo tiempo.
La finca de los Figueroa se preparaba para recibir a hijos, nietos, tíos, primos y amigos. Las mesas comenzaban a poblarse de flores sencillas, las viñas se extendían hacia el horizonte como una escritura verde sobre la tierra y el movimiento de las personas tenía la naturalidad de quienes han compartido una vida entera trabajando juntos.
Mientras observaban los preparativos, Bonarda y Malarda, invitadas de honor, fueron refrescando su memoria con la historia que habitaba detrás de aquellos apellidos repetidos generación tras generación y que sus padres Osman y Elena, Roberto y Adriana les habían contado de sus compadres de Rivadavia: Los Figueroa.
Todo había comenzado mucho tiempo atrás, cuando un niño llamado José Figueroa había llegado desde Extremadura España, junto a su familia. Como tantos otros inmigrantes, había cruzado el océano sin imaginar que un día sus descendientes echarían raíces definitivas en aquella tierra mendocina donde el desierto y el agua aprendían a convivir. Las primeras generaciones trabajaron cultivando hortalizas, frutales y viñas. Nada fue sencillo. La tierra exigía paciencia. El clima imponía sus propias reglas. Cada cosecha representaba una apuesta contra las incertidumbres de la naturaleza. Pero los años fueron construyendo algo más resistente que cualquier dificultad. Construyeron una familia.
Los hijos crecieron entre surcos y parrales. Los nietos aprendieron a reconocer los ciclos de la vid antes incluso de comprender los calendarios. Más tarde llegaron nuevas ideas, estudios, tecnologías y proyectos. Sin embargo, algo permaneció intacto: la certeza de que los logros individuales tenían sentido cuando fortalecían una obra compartida.
Bonarda observó una serie de fotografías antiguas exhibidas para los invitados. Había imágenes en blanco y negro donde aparecían hombres de sombrero junto a carros cargados de uvas. Otras mostraban cosechas, reuniones familiares, vendimias y celebraciones. En ninguna parecía existir una figura dominante. La historia no pertenecía a una persona. Pertenecía a todos. Quizás por eso aquella boda resultaba tan significativa. No era únicamente la unión de dos personas. Era una nueva rama incorporándose a un árbol que llevaba décadas creciendo.
Los más ancianos caminaban lentamente entre las mesas observando a los más jóvenes. Los niños corrían entre las hileras de viñas sin saber que estaban atravesando el mismo paisaje que habían recorrido sus bisabuelos. Las generaciones se mezclaban con una naturalidad que conmovió a las hermanas.
Malarda pensó entonces en las raíces, las raíces nunca buscan protagonismo, permanecen ocultas, sostienen, alimentan, conectan. Y sin embargo son ellas las que permiten que los frutos aparezcan. Aquella familia parecía comprenderlo mejor que nadie.
La ceremonia comenzó las 16, cuando la tarde empezaba a suavizar la intensidad del sol. Los novios avanzaron rodeados por la mirada emocionada de varias generaciones. No había ostentación. Había algo mucho más valioso: Pertenencia. La sensación de formar parte de una historia que comenzó antes de uno mismo y que continuará cuando uno ya no esté.
Mientras los anillos cambiaban de manos y los aplausos se multiplicaban entre familiares y amigos, Bonarda comprendió que la verdadera herencia de los Figueroa no se encontraba en las fincas, ni en las bodegas, ni siquiera en los vinos que llevaban su nombre. Su mayor patrimonio era la confianza construida durante décadas, la capacidad de trabajar juntos, la decisión de seguir apostando por un sueño común.
Cuando cayó la noche, las luces suspendidas entre los parrales comenzaron a encenderse como pequeñas estrellas terrestres. Las conversaciones se mezclaban con las risas, las copas levantadas y los recuerdos compartidos. La celebración parecía reunir pasado, presente y futuro en una misma mesa.
Fue entonces cuando Bonarda escribió en su cuaderno una frase que llevaba horas buscando: "No todas las familias dejan una herencia. Algunas dejan un ejemplo." Guardó la libreta y observó una vez más a los Figueroa reunidos. Comprendió que la historia de aquella familia no era solamente la historia de una bodega ni de una empresa vitivinícola y de un cariño muy especial transmitido por sus padres, también recordó los años de juventud cuando iban a Rivadavia a los festejos en la Plaza. Era como su segundo amor. Malarda también recordó ese día en la Plaza cuando un poeta le dejó un poema en su pañuelo: "Cuando a uno lo vienen a querer, conviene estar".
Las dos hermanas, sentaditas y tomadas de la mano: Si habremos tenido momentos de suspiros acá hermana, le dijo Malarda a Bonarda, también recuerdo cómo me contaba mi padre la historia de los Figueroa, ¿te acordás?, no tanto le dijo Bonarda, pero contame, contame de nuevo:
Todo comenzó con un viaje de esperanza cuando el pequeño José Figueroa dejó atrás los paisajes de Cáceres, en Extremadura, España. Junto a sus padres y hermanos, cruzó el océano para echar raíces en lo que hoy conocemos como Colonia Bombal, en Rodeo del Medio, Mendoza. De su unión nacieron José y Carlos Figueroa, quienes heredarían no solo el apellido, sino una pasión indomable por el fruto de la tierra. El Nacimiento de un Sueño: Sinergia.
Ah sí, ahora me acuerdo, dijo Bonarda, pero seguro que no te acordás del Chilindrón Cuyano, ay qué rico me acuerdo lo rico que es, lo que no me acuerdo cómo se hacía. Te cuento.
Primero sellar en una cacerola alta y caliente con aceite o grasa, dorar las presas de cabrillana o carne de vaca, con sal, vino y ajo. Retíralas y resérvalas en una fuente. Para el sofrito, en la misma grasa, rehoga la cebolla en rodajas y los ajos picados. Vuelve a incorporar la carne, añade las especias y moja con abundante vino, dejás cocinar a fuego lento y tapado hasta que la carne esté tierna. Minutos antes de retirar del fuego, agrega las arvejas y el perejil, lo servís desmechando la carne en cazuelas de barro o arriba de panes caseros.
Para sorpresa de todos, el gran casamiento Rivadaviense se dio el lujo de servir a los comensales el famoso Chilindrón Cuyano.