San Martín y las epidemias en la campaña libertadora

Poco conocidas hasta ahora, las dificultades de salud -entre otras- que debió enfrentar el Ejército Libertador en su campaña al Perú son reveladas por el autor de esta nota, Roberto L. Elissalde.

Roberto L. Elissalde

El 20 de agosto de 1820 -este año se cumplirá el bicentenario- se produjo la partida de la expedición argentino-chilena desde el puerto de Valparaíso rumbo al Perú, segunda parte de la empresa libertadora sanmartiniana. Desembarcaron en septiembre en la bahía de Paracas y comenzaron la heroica campaña.

A mediados de enero de 1821 aparecieron en el Ejército acampado en Huaura algunos casos de fiebres tercianas o paludismo, según algunos autores. El doctor José Manuel Valdés era un reconocido médico, escritor y poeta de origen afroamericano nacido en Lima, hombre de excelente formación que lo llevó a escribir varios libros en los que volcaba su experiencia personal a lo largo de su vida, entre ellos "Disertación quirúrgica sobre el chancro uterino", "Meningitis de los niños", "Memoria del Cólera moro", "Memoria sobre la Disentería" y, en 1827, "Memoria de las enfermedades que se padecieron en Lima en el año 1821". En este trabajo Valdés sostiene que el mal que padecieron fue el cólera, pero otros médicos hablan de fiebre amarilla, de la que sabemos que hubo casos en Lima en marzo de ese año.

Lo cierto es que el grueso del Ejército Libertador acampaba en una actitud puramente defensiva en el valle de Huaura a fin de no comprometer en pequeñas acciones a sus tropas. El lugar era excesivamente fértil y ofrecía toda la alimentación que necesitaba la fuerza, además de buenas pasturas para los caballos. Al frente de la sanidad del ejército estaba el doctor Diego Paroissien, hombre de extrema confianza del general José de San Martín. Por los excesivos calores, al poco tiempo comenzaron unas fiebres muy comunes en esos valles llamadas tercianas. El sol, la humedad, las emanaciones de tanta gente durmiendo en el suelo y a campo abierto en una zona a la que no estaban aclimatados, muy pronto hizo crisis y en número de más de mil oficiales y soldados cayeron víctimas del mal, duplicándose la cifra dos meses después. Afirma un autor que "ni los soldados chilenos, fuertes y vigorosos para soportar las más duras fatigas y las duras privaciones, podían sustraerse a estas influencias climatológicas".

Los efectivos no estaban en condiciones de tomar las armas y menos de marchar con su equipo. Los ojos hundidos, enflaquecidos en poco tiempo, sus figuras eran espectrales. Padecían violentos escalofríos seguidos por súbitos accesos de calor, una abrumadora pesadez de cabeza, sed intensa, sabor metálico en la boca, problemas de digestión y diarreas abundantes y permanentes, además de moscas volantes delante de los ojos, postraban a los soldados. Hubo días en que morían de a cien efectivos.

El general Rudecindo Alvarado escribió este testimonio de "la influencia maléfica de la temperatura". "El batallón cuatro de Chile desembarcó con 700 plazas y quedó en cuatro... Granaderos a Caballo y Cazadores ocupaban los hospitales y morían por centenares, lo que igualmente sucedía con los oficiales. Yo sufrí por más de cuatro meses una fiebre que física y moralmente me destruyó, determinando unos ataques apopléjicos, que casi diariamente obraban en mi cuerpo". A pesar de estos avatares, don Rudecindo fue un hombre de salud porque murió octogenario en 1872.

El general Tomás Guido, en carta a su esposa, le comentaba la muerte de su asistente Villegas, y que "la terciana y disentería consumen a la tropa".

San Martín tomó de inmediato las medidas necesarias para conjurar el mal. Pidió a Chile el socorro con medicinas, ya que contaba con más de 1.200 enfermos e iban en aumento, pero el tiempo jugaba en contra. Los médicos de campaña, con Paroissien al frente, en la emergencia las improvisaron así que el agua de mar se usó como purgante. Un bergantín estadounidense procedente de Río de Janeiro llegó en esos días a las costas y pudieron comprarle unas 250 libras de crémor tártaro que se usó como purgante, y en el botiquín del Ejército abundaba la quinina para combatir la fiebre. A ello debemos reconocer la generosidad del médico limeño Guillermo Geraldino, que ayudó con medicamentos y otros servicios para paliar el mal de las tropas, lo que le fue reconocido por San Martín.

Las fiebre terciana es curable pero en aquellos momentos el lugar en que se desarrolló, la falta de medicamentos y de hospitales dejaron muchos muertos; además los que lograron salvarse quedaron en un grado extremo de postración.

San Martín no pudo escapar a la epidemia y durante varios días estuvo recluido en su tienda de campaña. El 3 de marzo de 1821 le escribió a Bernardo O´Higgins: "Mi salud está sumamente abatida. Antes de ayer me levanté después de siete días de cama". Tan mal se veía y cercano el fin de su vida que agregó: "Creo con evidencia que si continúo así pronto daré entierra". La epidemia lo perturbó de tal modo que al chileno en algún momento le escribió: "Estoy loco, créame usted de buena fe que algunas veces me encuentro desesperado y he estado pronto de ir a atacar al enemigo y aventurar la suerte en una acción decisiva para salir cuanto antes de este infierno...".

El frío comenzó a hacer su efecto y amenguar al mal y ya para junio de 1821 la epidemia estaba controlada. Mérito fue de esos médicos y también de los religiosos de la Orden de San Juan de Dios y de algunos betlemitas que ayudaron como enfermeros.

Quizás la mejor definición de lo que significó esa epidemia la dio José Pacífico Otero, fundador del Instituto Nacional Sanmartiniano y destacado historiador del prócer, al escribir que "la epidemia abrió sepulcros que no había abierto la guerra".

EL AUTOR. Roberto L. Elissalde es historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación. Este artículo fue publicado en Buenos Aires por Gaceta Mercantil.

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