Con permiso, divinidad

Que las infinitas identidades y sus respectivos derechos humanos no queden supeditadas a dogmas milenarios religiosos parece una obviedad a recalcar, pero la reflexión de hoy permite enfatizar y repetir, casi insistentemente, lo imperativa que resulta la conversación sobre la separación de la iglesia y el Estado.

Juan Manuel Rodríguez

En vistas del revuelo generado en torno a la emblemática y controversial figura que Jorge Mario Bergoglio encarna, un Sumo Pontífice que decide diferenciarse de sus antecesores por querer hacer uso de su plataforma política de privilegiado alcance para "iniciar procesos de cambio", y considerando su más reciente declaración respecto a la familia en la homosexualidad, se desprenden las siguientes reflexiones.

Camila Sosa Villada, escritora y activista trans, se manifestó al respecto en su cuenta de Twitter: ‘por otro lado pensé que nos habíamos acostumbrado a vivir sin el consentimiento de la iglesia'. Una frase que puede sonar lapidaria pero deja en claro un factor de carácter trascendental para la población LGBTQ+: el mensaje del Papa Francisco no es para las parejas homosexuales, ni para el colectivo inherente; sino que intenta representar un llamado al cuestionamiento y la apertura para la propia institución que su imagen representa.

Fernando Pagano, columnista de la revista VICE y activista queer, cuestionó: ‘¿hay algún cambio tangible? ¿Cómo pasó Bergoglio a hablar de una "guerra de Dios" contra el matrimonio igualitario en 2010, cuando todavía era cardenal en Argentina, a respaldar la unión de parejas del mismo sexo una década después? Y por sobre todo, ¿importa lo que un Papa pueda opinar acerca de cosas que le resultan ajenas, lejanas y desconocidas, tales como el matrimonio, la familia o el deseo?'.

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La postura homo-odiante y segregacionista de la iglesia católica se disfrazó, en oportunidades -como en los debates previos a la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario en Argentina-, con un velo progresista que enmascaraba a la derecha conservadora nacional, bajo una línea discursiva que sostenía la importancia de diferenciar -y limitar- el uso de la palabra ‘matrimonio' versus ‘unión civil'. Se alegó que la primera constituía un sacramento eclesiástico exclusivo a celebrarse entre una mujer (cis-género, asumo) y un varón (cis, también?), mientras que la ‘unión civil' constituía una figura puramente burocrática y cuasi empresarial en la que parejas del mismo sexo podrían acceder a derechos básicos (tales como herencia, bienes gananciales, obra social, etc.) pero no así a la adopción. Si bien Francisco I alega reconocer la importancia de que las personas homosexuales "Son hijos de Dios y tienen derecho a una familia" es fácil ver entre líneas que su discurso invoca más bien un puntapié de cuestionamiento institucional interno que un abrazo a las realidades sexodivergentes. Una vez más, un clásico de este papado, nos encontramos leyendo las letras chicas del contrato, entrecerrando los ojos para leer el fino trazo estratégico esbozado por el Papa; intentando decidir cómo interpretarlo e interpretarnos. Es importante que recordemos, como sociedad, que en el año 2010 -en su función de arzobispo- Bergoglio tuvo una participación activa en el rechazo a la sanción de una ley nacional que resultaría pionera en la región, que además no solo aportaba a la visibilización y la validación de las personas homosexuales, sino que también nos brindaba la posibilidad de acceder a una serie de derechos de los cuales se había pretendido ajenar a nuestras identidades.

En pos de acompañar el avance de la sociedad como un todo, resulta menester cuestionarnos: ¿qué opinarían hoy lxs Senadorxs y Diputadxs que se opusieron de manera acérrima a la ampliación de los derechos sociales LGBTQ+? Además, ¿cuán respetable puede ser un discurso que se apoya en un dogma? Si en cualquier contexto, un discurso dogmático es un discurso fundamentalista ¿por qué nos permitimos que la religión sea un fundamento formador de convicción y ciudadanía, y no un simple espacio de espiritualidad personal? ¿no es, acaso, lo suficientemente errante la humanidad en sí, como para que quienes están en posiciones de liderazgo político puedan permitirse la injerencia de su fe en asuntos de justicia social? ‘Errar es humano', dice el dicho, y Francisco -que representa a una deidad en la tierra- aún así se manifiesta de manera pendular. Estamos asistiendo a un momento histórico en el que, una vez más, es de vital importancia que reconozcamos los procesos de deconstrucción que transitamos como sociedad de manera colectiva y, ergo, los procesos consecuentes de construcción identitaria y como actores político-sociales, para lo cual es imperativo liberarnos de ataduras obsoletas. La fe que profesamos y la religión que cada quien necesite para apaciguar su propio fuego existencialista no puede (no debe) ser, bajo ningún concepto, un factor determinante de nuestra legislación.

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Que las infinitas identidades y sus respectivos derechos humanos no queden supeditadas a dogmas milenarios religiosos parece una obviedad a recalcar, pero la reflexión de hoy permite enfatizar y repetir, casi insistentemente, lo imperativa que resulta la conversación sobre la separación de la Iglesia y el Estado.

En lo personal, me permito regocijarme en el simple júbilo de considerar que las declaraciones de Francisco sirvan para algo: que las infancias que se ven obligadas a existir en contextos religiosos (ya sea por no poder elegir establecimientos educativos, o quienes acuden por necesidad a las capillas barriales, por ejemplo) dejen de sufrir discriminación por parte de sus pares, de sus docentes, de sus familias, sólo porque la postura ‘progre' del Papa ‘moderno' así lo indica; que su orden haga hincapié en los espacios más cerrados de la ciudadanía es un claro gesto de una iglesia que busca aggiornarse, o al menos, no quedar rezagada en una sociedad que crece a pasos agigantados. 

EL AUTOR. Juan Manuel Rodríguez es lector de Memo. DNI: 38208199.

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