De notario a vocero: el Jefe de Gabinete, un cargo que nunca cumplió su cometido

La Constitución de 1994 creó al Jefe de Gabinete de Ministros para atenuar el hiperpresidencialismo argentino. Treinta años después, el cargo sigue siendo lo que nunca debió ser. Un notario que firma papeles. Un operador político sin poder real. Un vocero que habla en nombre de otros pero no de él.

Emiliano Follis
Especialista en Com. Institucional; Marketing de Marca

La reforma constitucional de 1994 tuvo hitos interesantes en donde la Jefatura de Gabinete de Ministros (JGM) pica en punta. Los constituyentes de la época buscaban atenuar el hiperpresidencialismo argentino mediante la creación de una figura que funcionara como una suerte de primer ministro. El Jefe de Gabinete debía coordinar la administración, gestionar la relación con el Congreso y, fundamentalmente, actuar como un fusible que protegiera la figura del Presidente. Pero desde su nacimiento, el cargo fue víctima de una paradoja que se repetiría durante décadas pues los propios presidentes que debían limitarse se encargaron de vaciarlo de contenido o de usarlo según sus propias lógicas de poder.

El origen de esa desviación se encuentra en el gobierno de Carlos Menem, el primer mandatario que debió convivir con la nueva figura. La historia recuerda a Eduardo Bauzá y Jorge Rodríguez como los primeros JGM, pero todos saben que nunca fueron el centro del poder político. Mientras ellos ocupaban un sillón administrativo en Balcarce 50, el verdadero poder se ejercía a pocas cuadras, en el Ministerio del Interior comandado por Carlos Corach. Allí se negociaban los acuerdos con los gobernadores, se manejaban los fondos reservados y se armaban las mayorías legislativas. La Jefatura de Gabinete, en aquel entonces, era apenas un notario que refrendaba decisiones ajenas.

Con la llegada de Néstor Kirchner, la Jefatura de Gabinete recuperó centralidad, pero no autonomía. Alberto Fernández se convirtió en el hombre que contenía los arranques presidenciales, el que traducía en medidas concretas las decisiones de una mesa chica integrada por Julio De Vido, Carlos Zannini y, en las sombras, Cristina Fernández. Pero el verdadero salto en la degradación del cargo llegó durante los gobiernos de Cristina pues allí la JGM se convirtió en un territorio en disputa, un premio y un castigo. Sergio Massa la usó como trampolín para construir su propio poder antes de romper con el kirchnerismo. Y luego llegó Jorge Capitanich, un gobernador que intentó poner orden administrativo pero terminó atrapado por la estructura que debía gestionar.

Capitanich representó un modelo curioso en la historia del cargo. Fue el Jefe de Gabinete que también ofició como vocero de facto. Durante su gestión, la vocería formal desapareció y él mismo se paraba frente a los periodistas con sus infografías y sus datos, intentando darle un barniz técnico a un gobierno que ya mostraba signos de agotamiento. Pero su perfil también quedó marcado por los conflictos con la prensa. Fue el mismo Capitanich quien, en un acto de furia institucional, protagonizó el episodio en el que rompió un ejemplar del diario Clarín frente a las cámaras. Una imagen que sintetizó la relación tormentosa entre el kirchnerismo y los medios y que dejó en evidencia el rol confrontativo que podía asumir un Jefe de Gabinete cuando la comunicación se volvía más importante que la gestión.

Hoy, con Javier Milei en la Presidencia, el círculo se cierra con una nueva mutación. Manuel Adorni pasó de ser vocero a Jefe de Gabinete en noviembre de 2025 gracias a una feroz interna entre Karina Milei y Santiago Caputo. Según reconocen sus propios compañeros de fuerza, Adorni llega al cargo porque "es inofensivo". No amenaza a nadie. No se mete en política. Su capital es la comunicación, no la gestión ni la negociación. Al asumir, absorbió la Secretaría de Comunicación y reinstaló, curiosamente, el modelo que Capitanich había ensayado una década antes.

Adorni también heredó el rol confrontativo con la prensa, pero lo elevó a un nuevo nivel con el apoyo de las redes sociales. Sus peleas con los periodistas que preguntan lo que incomoda se han convertido en moneda corriente de las conferencias de prensa. Su poder es puramente comunicacional y se ejerce en un contexto donde la relación con los medios es, como en la época de Capitanich, un campo de batalla. Sin embargo, a diferencia de aquel entonces, Adorni no tiene la estructura política detrás para imponerse. Su fragilidad institucional es inversamente proporcional a su exposición pública. Podríamos decir que es el Jefe de Gabinete más visible de la historia argentina y, al mismo tiempo, uno de los más débiles en términos de poder real.

La historia de la Jefatura de Gabinete de Ministros en la Argentina es, entonces, la historia de una promesa constitucional que nunca se cumplió. Concebida para limitar al Presidente, terminó siendo un notario durante el menemismo, un arquero con Néstor Kirchner, un trampolín para Massa, un gestor técnico con Capitanich y finalmente un vocero con Adorni. Pero nunca, en treinta años, fue lo que los constituyentes imaginaron, es decir el centro del poder político. Ese poder siempre estuvo en otro lado. Con Menem, en el Ministerio del Interior de Corach. Con los Kirchner, en la mesa chica de De Vido y Zannini, y en la propia figura presidencial. Con Milei, en el triángulo de hierro que forman el Presidente, su hermana y su asesor todopoderoso. En definitiva, el Jefe de Gabinete, desde 1994 hasta hoy, es el cargo que nunca mandó. 

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