Como mínimo, más días de clase

A la ausencia de estadistas y a la multiplicación de interpretaciones truchas e interesadas de los diagnósticos sociales y educativos, agitando banderas partidarias, se suma la incomprensión de una necesidad que debería ser un acuerdo básico: más días en clase.

La decisión de que las clases se inicien más temprano para poder cumplir con los días de educación activa a los que obliga la legislación, debería ser un consenso básico de unión de todos los sectores.

Con el 60 por ciento de los niños y jóvenes bajo condiciones de pobreza y los resultados de aprendizaje recientemente difundidos, como mínimo resulta fundamental respaldar, desde cada hogar e institución, que los chicos tengan más tiempo con los docentes y compañeros en los establecimientos educativos, un factor de igualación social y una catapulta para poder salir del pozo en el que caen cientos de miles cada día.

La ley así lo establece, y se presume de que ese ya es un consenso vigente. Sin embargo en la Argentina del biribiri las cosas parecen hacerse para la foto y después negarlo.

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Hace un mes los referentes educativos del país acordaron ampliar la cantidad de días de clases, lo básico. Pero a poco de andar, el gobierno nacional empezó a regalar días feriados a lo loco, de modo que unas leyes anulan a las otras como si nada: un país de locos, una serie de puestas en escena ridículas, inconducentes y que aportan al hundimiento de los indicadores más que a buscar salidas para resurgir.

En medio de todo esto, la carencia de estadistas hace subir al escenario principal a la mediocridad generalizada, que en un país sin meritocracia, termina imponiendo su ilógica lógica.

El gobierno nacional termina promoviendo un estancamiento en forma perversa, al realizar diagnósticos erróneos para sacarse de encima sus propias responsabiliades en materia educativa, social y económica. Su mecanismo es simple: sostener siempre que "la culpa es de otros y yo no puedo hacer nada".

Pero eso no sería lo peor si se aceptara que la sociedad les puso un freno en las elecciones y que ello implica que deberían cambiar su actitud siempre combativa a escala partidaria y nada transformadora de la realidad en la que se ponen solo como espectadores de sus adversarios políticos. Lo peor es que haya sectores de la sociedad que solo atinen a mirarse el ombligo ante tamaña gravedad en la situación de las futuras generaciones de argentinos, que hoy no nutren ni su cuerpo ni su mente.

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Por lo menos, hay que acordar que más días de clase en las escuelas de Mendoza es un comienzo, más allá de las vacaciones pactadas de un grupo que hoy, en medio de la crisis, corralitos y cepos, resulta minúsculo y hasta privilegiado.

No se puede canjear una mirada de ombligo sectorial por el futuro del país.

Estos niños aplastados conducidos solo por políticas paliativas, clientelares y sin una perspectiva que haga pensar serán alcanzados por una recuperación general que los saque del pozo de la pobreza, son los adultos de pasado mañana, no más.

El egoísmo de quienes niegan la necesidad de empezar, mínimamente, por la contención del sistema educativo, es equiparable a la venganza de los políticos contra la clase media solo por la presunción de que no fueron votados por ellos, o con los mediocres que inventan diagnósticos truchos cuando la evidencia científica da cuenta de un problema con causas profundas en el tiempo, errores sostenidos por todos y consecuencias mucho más graves que las que vivimos hoy.

Desde la sociedad se les pide muchas veces a los activistas políticos que bajen sus banderas para poder acordar acciones en favor de la Argentina y no para su propio provecho. También es hora de que sectores de la sociedad bajen las propias, sus pequeñas incomprensiones de la gravedad de la situación en beneficio de cositas particulares. Como mínimo, más días de clase: esa es la consigna básica.


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