¡La colcha de tu madre!

La novela de Bonarda y Malarda. Todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos

Marcela Muñoz Pan

Los días posteriores a la Fiesta de la Piedra y el Sarmiento tuvieron una quietud extraña, como si el este mendocino hubiera quedado respirando más lento después de tanta emoción compartida. En el Barrio Las Bonardas y Las Malardas, las macetas con los pequeños brotes comenzaron a aparecer en patios, corredores y veredas. Algunas descansaban junto a hornos de barro; otras, bajo parrales antiguos que parecían observarlas como abuelos pacientes. El barrio entero olía a tierra húmeda y a savia nueva y a crochet.

La tarde caía lenta sobre la galería, donde el otoño parecía haberse quedado dormido entre los olivos y el viento apenas mecía las hojas secas del parral. En su rincón de siempre, Malarda tejía con la velocidad misteriosa de las mujeres que han pasado la mitad de su vida arreglando cosas rotas en silencio. Sobre su regazo caía una cascada desordenada de lana: retazos mostaza, bordó, verde seco y un violeta improbable que se enredaba por todos lados como una enredadera rebelde.

Desde su sillón de mimbre, Bonarda la observaba con los ojos suspicaces y una profunda expresión crítica. Para ella, esa obra no era una colcha, sino un verdadero accidente textil. Le reprochaba en voz alta la escandalosa combinación de colores, asegurando que semejante caos parecía sacado de "La Colcha de tu Madre", un refugio de montaña en Bariloche que tenía su amiga Doña Pancha, que vendían colchas al crochet y que el nombre del negocio siempre les causó gracia, no sólo era original, era para el chiste realmente.

Malarda apenas levantaba la vista por encima de los lentes. Acostumbrada a los reclamos, ignoraba la obsesión por el orden de su hermana, una mujer capaz de doblar las servilletas como si esperara una inspección del mismísimo Vaticano. Mientras Bonarda creía que la prolijidad sostenía la civilización, Malarda sabía que el mundo, en realidad, se mantenía en pie gracias a las mujeres que remendaban la vida desde las sombras.

Pero el aparente caos de la manta tenía una explicación que iba mucho más allá del capricho. Sin dejar de mover el crochet, Malarda le fue revelando a su hermana la historia oculta en aquel enchastre: el cuadrado marrón era un saquito de Bautista cuando era chico; la verde oliva provenía de un vestido que Bonarda detestaba porque sentía que le hacía cara de alcaucil; y el hilo bordó no era otra cosa que los restos sacrificados de su finísima cortina francesa que sus padres habían comprado en sus viajes.

La revelación provocó un respingo de puro horror en Bonarda, pero la indignación duró apenas un instante antes de transformarse en una risa compartida. Era una carcajada vieja, asmática, que les temblaba en los hombros cansados y parecía viajar directamente desde la década de 1930, acomodándoles una luz dorada del atardecer entre las arrugas.

Cuando el silencio volvió a instalarse en la galería, Bonarda acomodó una punta de la manta sobre sus piernas y la contempló con otros ojos. Ya no vio un desastre estético, sino una vida entera cosida a pedazos. Comprendió entonces, y lo admitió en voz baja, que aquella obra era el retrato exacto de la familia: desordenada, imposible de combinar, pero capaz de abrigar del mismo modo.

Malarda dio un punto más, lento y prolijo, sonriendo para sus adentros. No hacía falta agregar mucho más; después de todo, envejecer se trataba exactamente de eso: de tener tiempo para discutir estupideces hermosas.

Bonarda suspiró, reconfortada por ese raro momento de paz. Con un gesto de inusual ternura, pasó la mano sobre sus piernas para alisar el tejido. Pero claro, su instinto de directora de colegio de monjas no descansaba nunca. Sus ojos de lince detectaron un pequeño lazo de hilo bordó que sobresalía rebelde en una de las esquinas. Era superior a ella. El desorden no podía ganar.

Con dos dedos pulcros, agarró el hilito y dio un tironcito seco, pensando que lo iba a cortar, pero el crochet es un arte traicionero y vengativo, el hilo no se rompió. Corrió. En un segundo fatal, tres hileras de la finísima cortina francesa desaparecieron, convirtiéndose instantáneamente en un fideo de lana enrulada.

¡Ay! exclamó Bonarda, abriendo los ojos desmesuradamente.

En su pánico por detener el desastre, intentó enroscar el hilo suelto en su mano, pero la pulsera de plata se le enganchó de lleno en el retazo mostaza. En su desesperación dio un paso atrás, tiró sin querer, y la catástrofe fue total. El saquito de Bautista pasó a mejor vida.

Bonarda se quedó tiesa en el medio de la galería, sosteniendo en el aire un manojo de lanas destartaladas que caían hasta el suelo de baldosas como serpentinas tristes. Miró a su hermana, pálida y horrorizada. El silencio que cayó sobre el patio se volvió tan espeso que se podía cortar con tijera. Malarda se detuvo. Bajó la aguja lentamente. Se deslizó los anteojos hasta la punta de la nariz y contempló la escena del crimen: un mes de trabajo meticuloso reducido a escombros textiles por la manía prolija de su hermana.

¡Te juro que fue sin querer, Malardita! chilló Bonarda, con la voz aguda por la culpa. ¡Vi una pelusita, tiré apenitas y.... y se me desarmó la familia entera! ¡Perdoname! ¿Qué hacés ahora con esto? Malarda la miró de arriba abajo. Cualquier otra persona habría estallado de furia, pero ella simplemente soltó un suspiro largo y pesado. Se acomodó en el sillón de mimbre y le clavó una mirada fulminante, pero con una chispa de genialidad brillando en los ojos.

¿Que qué vas a hacer vos, Bonarda?, le corrigió Malarda con una calma escalofriante. Vas a agarrar todos esos hilitos, los vas a enrollar prolijamente como a vos te gusta, y te vas a ir bien a la colcha de tu madre.

Bonarda pegó un grito ahogado de puro espanto ante semejante ordinariez, pero la indignación le duró lo que un suspiro. Al segundo siguiente, la carcajada vieja, asmática y cómplice de las dos hermanas se elevó por la galería, espantando para siempre a los gorriones que dormían en el parral.

 ¡La colcha de tu madre!

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