¿El fin de una era o el nacimiento de una nueva vitivinicultura?
El viticultor, bodeguero, enólogo y docente Daniel Buono enriquece el debate planteado por Pablo Lacoste en Diario Memo
La publicación reciente del historiador Pablo Lacoste , titulada "El fin de una era: Mendoza ante el desafío de arrancar 70.000 hectáreas", ha generado un intenso debate en el ámbito vitivinícola. Su caracterización de la actividad como una "fábrica de máquinas de escribir" resulta provocadora y eficaz en términos periodísticos, pero exige un análisis más profundo cuando se la confronta con la historia, la técnica y la ciencia que sostienen a la vitivinicultura desde hace más de diez mil años.
A diferencia de una tecnología cerrada y obsoleta, la vitivinicultura constituye un sistema agroindustrial, cultural y territorial complejo, que ha atravesado guerras, colapsos económicos, crisis climáticas, transformaciones religiosas y profundas mutaciones en los hábitos de consumo. Lejos de extinguirse, el vino ha demostrado una notable capacidad de resiliencia, adaptándose una y otra vez a contextos adversos.
El cambio generacional, señalado por Lacoste como un factor central de la crisis, tampoco es un fenómeno novedoso. Ya en la Grecia clásica, los filósofos advertían -con tono crítico- sobre las transformaciones culturales impulsadas por los jóvenes. A Platón se le atribuye, a través de la tradición socrática, la conocida reflexión sobre la supuesta decadencia de las nuevas generaciones. La historia demuestra que cada época tiende a interpretar el cambio como declive, cuando en realidad suele tratarse de una reconfiguración de valores y prácticas.
Las situaciones extremas mencionadas en regiones tradicionales como Burdeos, donde se han reportado dramas personales vinculados a la crisis vitivinícola, deben ser analizadas con prudencia y rigor. No se trata de la inviabilidad intrínseca del cultivo de la vid, sino de modelos productivos altamente endeudados, con fuerte presión financiera, rigidez normativa y escasa diversificación de productos y mercados.
Desde la formación académica en enología, particularmente en instituciones como la Facultad Don Bosco, se promueve una pedagogía orientada a la resiliencia. Desde los primeros años de formación se enseña a los estudiantes a advertir la crisis, a defender su libertad intelectual, profesional y la del sector, y finalmente a ser creativos para encontrar nuevas soluciones frente a los problemas emergentes. La crisis no se niega ni se dramatiza: se asume como una constante histórica de la vitivinicultura.
En este marco, el núcleo del debate no reside exclusivamente en la necesidad de arrancar viñedos, sino en redefinir los destinos posibles de la uva. De ella no solo se obtienen vinos tranquilos y mostos, sino también espumantes, destilados como grapa, brandy, cognac y armagnac, vermouth, acetos y vinagres, aceite de semilla de uva, ácido tartárico, enocianinas naturales, bebidas vínicas combinadas con jugos de frutas, harina de uva, productos cosméticos, nutracéuticos, compost y propuestas de turismo vitivinícola.
Paradójicamente, muchas de estas actividades se encuentran hoy prohibidas o severamente restringidas si se intentaran desarrollar dentro de una bodega, debido a marcos regulatorios concebidos para otro contexto histórico. En este sentido, la verdadera discusión no pasa únicamente por reducir superficie implantada, sino por ampliar la libertad productiva y permitir la diversificación.
Es posible que, en determinadas zonas y condiciones, resulte necesario arrancar viñedos. Sin embargo, más urgente aún es erradicar la falta de libertad del sector y su dependencia estructural del Estado. Durante décadas, la vitivinicultura se habituó a un esquema de subsidios y regulaciones que hoy ya no existen. El retiro del Estado no ha venido acompañado de una reducción de la presión fiscal ni de una modernización normativa, lo que ha dejado a la actividad en una situación crítica.
Finalmente, y como ha ocurrido reiteradamente a lo largo de la historia, es probable que sean los pequeños y medianos productores quienes mantengan viva la llama de la nueva -y a la vez antigua- vitivinicultura. Con arraigo territorial, flexibilidad y capacidad de innovación, estos actores han sido tradicionalmente los que sostuvieron la actividad en los momentos de mayor dificultad.
En mi opinión no se asiste entonces, al fin del vino ni de la vitivinicultura, sino al agotamiento de un modelo único, centralizado y dependiente. La vitivinicultura no es una máquina de escribir: es un lenguaje vivo que, desde hace más de diez mil años, cambia de forma para seguir diciendo lo esencial.