El peligro de dirigentes que catalizan patologías mentales no tratadas, desde su propio desequilibrio

La salud mental en el ejercicio de la política es uno de los temas menos abordados. pero surge la necesidad de tomar distancia de la dirigencia política para observarlos mejor: no reaccionar sin pensar a sus convocatorias, por bronca o apasionamiento. Muchas patologías no tratadas profesionalmente vuelven patológica a la política.

No es lo mismo calificar a la actividad política como una patología, que proponer estudiar qué patologías catalizan qué políticos con sus formas de liderazgo y discurso. Podría endilgarse a la antipolítica extrema, que además usa a la política para surtirse de los beneficios de participar en el sistema institucional, una tendencia excesiva a creer que la actividad mediante la cual se accede al poder es una enfermedad. Pero a la vez, hay un debate pendiente en torno a cómo los discursos extremos suman a personas con desequilibrios no tratados por profesionales de la salud mental y son convocados desde definiciones fundamentalistas y absolutas, que no dan posibilidad a discusión ni a que se les critique en cuyos líderes proponen la muerte cívica, sino real, de quienes piensan diferente.

Es probable que todos tengamos algún tipo de "piro", como decía una antigua funcionaria mendocina de Salud Mental a la que se miró mal por afirmarlo, aunque nadie pudo pararla en seco con una definición de "normalidad mental" concreta, tangible y correcta.

Pero acordemos algunos principios básicos que nutren a una "normalidad" del pensamiento político dentro de un equilibrio que también es mental: no sobra nadie en el país por lo que no hay que expulsar a nadie y mucho menos eliminarlo; la vida es un valor superior a cualquier otro objetivo; podemos "aguantarnos" y llamarlo a eso convivencia, piense cada cual cómo se le ocurra o quiera, siempre que nadie avance sobre los demás creyéndose superior. No hay derechos mayores para unos que para otros, y el cumplimiento de los deberes tiene el mismo nivel que exigir el cumplimiento de los derechos: no es una maroma que suba o baje según quien gobierne. 

Menem, el primer Milei

En definitiva, las personas hemos aceptado un contrato que se llama Constitución Nacional. El primer impulso equilibrador es considerarla sagrada y fuente de toda ley que surja.

La tendencia humana es a irse de mambo, digámoslo en términos mundanos. De allí que hayan surgido muchas formas que impulsan el autocontrol y que determinan qué se debe hacer cuando se pierde. La Constitución es la forma argentina de parametrar todo lo que nos permite vivir dentro de un mismo país en nuestra enorme diversidad, respetándonos o aguantándonos, lo más que podamos. Principio básico que se repite: no sobra nadie. por malo que sea, hay (debe haber) un corralito legal para contenerlo.

Nuestra crítica a la política no es ningún hallazgo novedoso. Ya en el pasado un mendocino ilustre, Agustín Álvarez, pensó a la política como patología. Y escribió un libro en 1899 en el que dijo, entre otras cosas:

- "Siempre estamos conjugando el verbo sacrificarse por el país y casi siempre resulta que el sacrificado es el país". 

- "El gobierno padece de marasmo, no hace nada". 

- "La Constitución está informada ayúdate a tí mismo, pero los inquilinos de la Constitución están informados en ayúdenme otros". 

- "Esta hija de España que quiere glorias sin éxito, al revés que la hermana del norte, hija de Inglaterra". 

- "De poco sirve que el suelo sea fértil en riquezas si sus habitantes son fértiles en imbecilidades". 

- "La ley argentina es como un alambrado: unos la pasan por debajo, otros por encima".

Puede que haya sido un precursor del "Manual de las zonceras argentinas", de Arturo Jauretche que originó una evolución escrita por el mismísimo Aníbal Fernández, en donde se puede empezar a pensar que la crítica al resto no es más que una autobiografía no admitida como tal por su autor.

Hoy el tema ya no es discutir si la política es una patología, cosa que sería propulsora del desequilibrio de desconfiar en todo, aun en las herramientas del equilibrio, como lo es la Constitución, sino que es saber si hay catalizadores de personas desequilibradas que las agrupan detrás de posiciones exaltadas (alocadas, digámoslo de una vez por todas).

Berni contra Fernández y Cristina Kirchner, a la vez: "El que trajo al borracho, que se lo lleve"

Hay más escritos sobre el tema a disposición. Valga como uno más para discutir el asunto lo señalado por el médico liberal español, columnista de ABC, Antonio Alarcó. La cita es larga pero interesante (los destacados en negrilla son de Memo y no del autor original):

- "Hay personajes dentro de la política que confunden legitimidad con preparación y que creen que los votos obtenidos por el partido son un apoyo directo de los ciudadanos a su persona (es muy relativo). Además, por arte de magia, se convencen de que tienen toda la verdad en sus manos, que han sido tocados por Dios; creen que son invencibles y que sin ellos la sociedad en la que viven no podría salir adelante".

- "Tienen un concepto mesiánico de la vida y llegan a vanagloriarse de que por las calles les paran hasta las madres que quieren que sus hijos se saquen fotos con ellos (qué tremenda patología) y además te lo cuentan en serio".

- "En sus delirios, mienten de forma recurrente y acaban creyéndose sus propias mentiras".

- "El neurólogo y exministro británico de Exteriores David Owen pasó seis años estudiando el cerebro de los líderes de la clase dirigente y los resultados que obtuvo los publicó en 2008 en el libro 'En la enfermedad y en el poder'. Según su análisis, hay una razón para este comportamiento y la denominó el 'síndrome de Hubris'. Para Owen, cuyas conclusiones pueden trasladarse sin ningún problema a la vida pública, el poder intoxica hasta el punto de afectar a la mente".

- "Una exagerada confianza en sí mismos, el desprecio continuado de los consejos de quienes les rodean y el alejamiento progresivo de la realidad, son algunos de los síntomas que presentan las personas que padecen este síndrome. Son iluminados y mesiánicos que toman decisiones precipitadas y poco meditadas que, en la mayoría de los casos, perjudican al colectivo".

- "Si bien es cierto que esta patología no está incluida en los libros de medicina, también lo es el hecho de que, sin mucho esfuerzo, podemos encontrar entre la clase política a personas que reúnen estas características. Los expertos aseguran que este síndrome afecta sobre todo a hombres y a personas con una capacidad intelectual limitada".

- "Son políticos que, arrastrados por la erótica del poder, tienen problemas para vivir sin el placer del mando; sin el poderío de hacer y deshacer a su antojo. Les gusta el poder por el poder y eso lo suelen reflejar en chóferes, guardaespaldas, etc...".

- "Su patología les lleva a ser secuestradores de voluntades. Aunque digan lo contrario, no creen en la lealtad, sino en el servilismo de los suyos, en la devoción al jefe. 'Conmigo o contra mí' o 'si no te portas bien no eres de nuestro grupo', son frases clásicas de esta minoría de políticos. Sus confabulaciones enredan la organización a la que pertenecen, tienen muy poca valentía para dar la cara y suelen comprar voluntades".

- "Son capaces de las mayores atrocidades y, generalmente, confunden trabajar con conspirar. Son destructivos y no creativos. No dudan en autoproclamarse permanentemente, aunque la organización no lo haga, y para ello todos los medios son buenos. Introducen a la organización en deudas sin justificar, generalmente gastadas en el autobombo".

- "Utilizan a los desencantados y los atraen hacia ellos para reforzarse, buscar argumentos y fomentar aún más la desunión. Muchos de ellos padecen también el síndrome de Peter Pan, son inmaduros".

- "Suelen recurrir al victimismo cuando hablan de ellos. Dicen que son personas sencillas y no es más que una fachada para justificarse, porque sus actos trasmiten todo lo contrario. Hablan de sus orígenes y lo utilizan como un mérito propio. En lugar de dedicar el tiempo a formarse, echan a su familia la culpa de su falta de formación. Confunden la legitimidad democrática y se olvidan de que ésta sólo sirve para mejorar la vida de los ciudadanos".

- "Otra característica que tienen es que suelen intentar hacer daño a quien confía políticamente en ellos y recurren a principios religiosos para justificar sus errores. En este punto, vale la pena recordar, que para los cristianos la soberbia es uno de los siete pecados capitales".

Podríamos continuar, pero parece ya suficiente para empezar a hacer un escudriñamiento diferente sobre la dirigencia política argentina: ya no por la simpatía, no por herencia familiar, tampoco por presunta afinidad ideológica. Escanearlos tomando distancia de las emociones instantáneas, que son malas consejeras, siempre, y de las que después solemos arrepentirnos.

Valga recordar los chascos de la historia, con nosotros como sociedad como protagonistas de plazas llenas apoyando a verdugos; goles gritados cumpliendo el cálculo de corruptos y asesinos que nos necesitaban entretenidos y felices para distraernos y hacer su tarea horrible. Que cada uno agregue aquí su evaluación. El solo hecho de pensar y no reaccionar como si la vida transcurriera en Twitter, en donde cada cual vomita su emoción instantánea, ya será bueno (y raro, además de positivo).


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