Qué es sustancia y qué espuma en la relación entre Mendoza y la Nación

Hay "gritones" en las dos fuerzas principales de Mendoza que ponen la agenda electoral por sobre la de gestión diaria. Y hay "silenciosos" que prefieren resultados concretos al impacto público de la queja y la acusación.

La estrategia del "MendoExit" aplicada no por los autores de la consigna, sino por el oficialismo mendocino, sirve en tanto y en cuanto lo acompañen movimientos tácticos precisos. Amenazar con "irse del país" no significa mucho para el gobierno nacional, salvo que haya permitido que, con el movimiento consecuente, Mendoza haya conseguido levantar no solo su autoestima, sino la de otras provincias con las que pueda dialogar y hacerse fuerte a la hora de reclamar lo que creen que les corresponde y no les están dando desde el poder centralizado en Buenos Aires. Si no ha sido así y solo fue una oportunidad exhibicionista, restará ver las consecuencias internas. Toda acción tiene su reacción y la correspondiente a este planteo hasta podría resultar paradójica y contraria a la buscada, si no se utiliza bien.

Este hecho, catapultado por el exgobernador Alfredo Cornejo, sirve de vara para medir dos formas diferentes de actuar ante una misma situación dentro de un mismo partido y provincia. El actual diputado nacional actúa como jefe de la UCR en todo el país y su búsqueda es múltiple: de existencia mediática de la oposición y de aliados potenciales para el futuro, pero también, de confirmación de una jefatura provincial en Mendoza, en donde aunque cambió el nombre del Gobernador, se le sigue considerando "el jefe".

Unos lo respetan por lo que fue y es, otros le temen porque podría volver, y no se animan a marcar las diferencias con la suficiente contundencia que permita visualizar a simple vista un antes y un después. No hay mayores problemas de convivencia, salvo cuando algún funcionario de la gestión pasada debería irse a raíz de cuestionamiento, dejándole libres las manos al actual gobernador, Rodolfo Suarez, sin  necesidad de esperar la presión mediática, opositora o judicial y no lo hace, sabiéndose "bien apadrinado". 

Pero salta a la luz cuando un estilo en lugar de complementar al otro, lo contradice y termina dinamitando, sino no, desautorizándolo. De los hechos conocidos en Vialidad que al menos merecieron un gesto y un paso al costado en un primero momento, cuando la oposición hizo su tarea, pero el Tribunal de Cuentas también, hay que pasar a la relación con el gobierno nacional.

Aquí hay un punto clave que pone a Cornejo por un lado y a Suarez por el otro, y lo que quienes sustentan el poder de Alberto Fernández en Mendoza quieren saber es si es acordado dentro del oficialismo, como un juego de dos tiempos, o si representa un quiebre.

Así es que cuando desde la militancia radical, controlada mayoritariamente por Cornejo, salió en simultáneo a culpar al peronismo por la caída de las obras que necesitan aprobación legislativa para el financiamiento del BID, desde Casa de Gobierno confiaban en que se estaba construyendo un puente, por vías diferentes a la confrontación, de modo de evitar ese hecho y de poder avanzar con, al menos, dos obras pendientes como son la gestión de residuos sólidos urbanos (Girsu) y el acueducto que proveería de agua a La Paz desde Alvear para permitirle una oportunidad de desarrollo a este último departamento.

Pasó en la semana que la directora de Provincias del Ministerio del Interior, Silvana Batakis, salió a desmentir en una entrevista con radio Andina, que las obras se hayan perdido. Sostuvo en esa ocasión que todavía las tiene bajo su jurisdicción y que no se aprobó el endeudamiento en la Legislatura de Mendoza porque "no estaban en condiciones de pagarlas".

En Casa de Gobierno lo único que le refutan a Batakis es la imposibilidad de pagarlas, ya que son créditos con una tasa especial, "pagables". El peronismo lo bloqueó en la Legislatura, es verdad, pero también tiene la llave para desbloquearlo. Entonces, en lo que difieren el exgobernador con el actual, es cómo obligarlos a utilizar esa pieza.

Unos apuestan a acorralarlos socialmente, ya que están seguros de que no cambiarán de posición y de modo de torcerles el brazo a la luz de una disputa pública. Otros, a que se lleve adelante una negociación con el gobierno nacional que permita un cambio de opinión en el peronismo legislativo y habilite el endeudamiento.

Son dos estilos diferentes que están en pugna, pero no es algo que ejercite solo el oficialismo provincial, ya que así como desde el peronismo se remarca esta situación dentro del radicalismo, desde la Casa de Gobierno se cuestiona a los "gritones" dentro de la oposición local que terminan por romper todos los puentes que se construyen, por ejemplo, con una Anabel Fernández Sagasti que no para de traer obras, como la yo lo hizo con Malargüe y Santa Rosa. 

Y aquí aparece otra divergencia: mientras unos la critican desde los dos lados por hacer lo que hace, otros -también desde los dos lados- valoran la actitud, de tal modo de que las divergencias son transversales y podrían aglutinarse en "gritones" y "silenciosos" en ambas fuerzas políticas principales.

El estilo de Suarez se exhibe por completo en el hecho de que jamás se ha quejado de más del gobierno nacional, al menos en público, salvo cuando lo hizo por la distribución de los respiradores en el inicio de la cuarentena y con el caso Portezuelo del Viento, con discreción y sin romper el diálogo. "Suarez es así y nadie lo va a cambiar", justifican en la Casa de Gobierno al poner en valor su espíritu dialoguista y lo refuerzan con un dato que apunta a los "gritones" propios: que cuando Cornejo tuvo que elegir entre él y Martín Kerchner y lo hizo por el exintendente de la Ciudad de Mendoza, ya sabía que Suarez pensaba actuar de esta manera.

Pero alientan otro análisis que indica que no es diferente a la forma en que actuó el propio Cornejo con Néstor Kirchner, cuando necesitó garantías para gobernar, y destacan que Suarez no se ha sumado a las filas del Frente de Todos ni siquiera como aliado.

En palabras de aquellos tiempos, el relato defensivo de lo que todavía es demasiado temprano para denominar como "suarismo", es que una cosa es gobernar, afrontar la gestión a diario, y otra es buscar ganar la próxima elección, todo el tiempo. El asunto es cómo encontrar el punto en común para no desgastarse en contrapuntos o fuertes contrastes en el camino.

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