Tras la advertencia de Merkel, ¿cuánto peor puede ser todo?

¿Cuánto peor puede ser lo que viene? Todo lo que no podamos prevenir, por inoperancia, incapacidad, exceso de confianza o parálisis. Una propuesta de un pensador y las divergencias en las que se entretiene el mundo mientras nada hace ver una salida en 2021.

Memo

Es una batalla de pesimistas contra optimistas y cuesta conseguir el término medio interesado más en la realidad que en sacar tajada de los efectos de la pandemia de covid-19. La canciller alemana Angela Merkel, que lleva cuatro períodos al frente del gobierno de su país y de liderazgo en Europa, dijo ayer que "lo peor está por venir" y ya no se trata de pararse sobre posiciones ideológicas en torno a "confinamiento sí, confinamiento no" o la ridiculez de montarse en las tesis antivacunas.

En el mundo han muerto ya 1,9 millones de personas desde la primera producida el 11 de enero de 2020 en la ciudad china de Wuhan. A la hora en que se escribe esta nota, además, en el mundo se han producido casi 91 millones de contagios. Y no es por nada, pero acaban de anunciar un banco de vacunas contra el ébola, en medio de versiones sobre que hay espacio para nuevas pandemias, aun más duras que la de covid-19.

No se trata de sembrar catástrofes que paralicen por miedo. A estas alturas, lo que Merkel está diciendo es probablemente que "basta ya de especular y empecemos a actuar seriamente". Los datos recogidos científicamente a lo largo de un año de pandemia de coronavirus son bastantes como para trazar un camino recorrido y efectuar un diagnóstico, no solo sanitario, sino de vida completa, que incluya lo económico.

Tenemos que construir el futuro pospandemia y no entregarnos al pánico, posiblemente esté diciendo. Nuevas formas de trabajo, de relacionamiento, de estar prevenidos para no ser -además de contagiados- manipulados por gobiernos o monstruos mundiales de las comunicaciones.

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¿Qué tan grave es lo que viene? Se dice a modo de broma, pero en serio, que si todo sale bien, este esperado 2021 puede ser al menos igual de malo que el 2020. Las copas chocadas con apuro en la noche del 31 de diciembre pasado aguardaban enterrar un año horrible. Pero un minuto después nada había cambiado. Es que la magia no existe y la humanidad sigue en muchos casos convencida de cuestiones místicas y religiosas que enseñan que con solo repetir muchas veces una cosa, se cumple. No hay lámparas que frotar, sino acciones que tomar y ejecutar, muy concretas y con seriedad.

Se evidencian diferentes niveles de acción tanto a nivel de países como de empresas:

- Los abatatados, aquellos que le restaron importancia al virus en sus inicios y que ahora tratan de acomodarse para no perder tanto (vidas, recursos: lo que sea);

- Los improvisados, que trabajan por ensayo y error o sumándose a exitismos que están lejos de haber conseguido una lucha con éxito contra la pandemia y sus efectos coyunturales y a futuro;

- Los oportunistas: aquellos que tratan de meter su "solución" en el mercado (comercial o de votantes) aunque no esté estudiado su real impacto;

- Los pesimistas, que creen que estamos en un "fin del mundo por goteo" y solo atinan a morigerar impactos y poco más;

- Los optimistas, que confían en que otro encontrará un camino y se desentienden de ocuparse de su realidad local o bien, de liderar una salida teniendo en cuenta la complejidad que ello implica.

Pero deben estar los "otros". Se trata de aquellos líderes que puedan combinar todos los anteriores en la búsqueda de una salida por el bien común, tratando de instaurar nuevos hábitos, nuevas tecnologías, nueva forma de vincularse y prevenir el ataque de nuevas enfermedad: un nuevo mundo que no rechace de la forma en que lo está haciendo ahora la vida humana tal como venía desarrollándose.

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Hay pensadores que orientan, analizan y que si bien no están especializados en pasar a la acción, pueden activarlas.

Jacques Attali, fundador y primer presidente del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, de Acción contra el Hambre y del programa científico europeo Eureka, ha aconsejado durante décadas a presidentes de Francia.

Propone una economía de guerra. "Significa -dijo en una entrevista que le hizo La Vanguardia- que el Estado y el conjunto de las empresas deben entender que es muy urgente reorientar la producción hacia sectores prioritarios de la economía de la vida: salud, higiene, alimentación, agricultura, educación, investigación, el mundo digital, la distribución, democracia, los medios y cultura, seguridad, crédito, seguros, energías y viviendas sostenibles. Es decir, dedicando a ellos todos los medios posibles. E incluso reorientando a estos a las empresas que no lo estén, como las de energía fósil, química, textil, aeronáutica o turismo. Y formando a sus trabajadores. Al hacerlo nos preparamos para las próximas pandemias, encaramos la cuestión climática, creamos nuevas formas de crecimiento y empleo de mayor valor".

Es un compendio de acciones muy concretas. Podría decirse que gente como él es la que traza un camino, sea el que conduce una posibilidad de supervivencia en estas condiciones y las que dejará la pandemia, si alguna vez se fuera, o no.

No abundaremos aquí en las modalidades argentinas de ver el mundo. El "lo atamos con alambre" nos ha dado la posibilidad de resiliencia a lo largo de la historia, pero no ha implicado una superación de las mañas que cíclicamente nos vuelven a sumergir en esos pozos de los que salimos una y otra vez, sin avanzar.

Pero volviendo a Attali, por citar un caso (mientras buscamos en Memo más voces para un diálogo más elevado en torno a pandemia y pospandemia) advierte sobre el futuro político y la posible restricción de libertades.

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En el gajo correspondiente a los "oportunistas", aparece China que todo lo invade. No es una nación en sí misma, sino toda una cultura milenaria. Dice el pensador argelino que "China no es un buen modelo, porque una dictadura esconde la verdad, viola los derechos humanos y ni siquiera es efectiva, como se vio en su catastrófico manejo de la pandemia en sus momentos iniciales. La economía de guerra es una economía muy intervencionista, con un proyecto, pero que puede seguir siendo democrática como demostró Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. Podríamos haber esperado que los europeos, los estadounidenses y los británicos la hubieran puesto en marcha por la pandemia actual, incluso mediante la movilización de recursos militares, pero no lo hicieron".

Y pronostica una luz al final: "Los potenciales ganadores serán los países que hayan aprendido a desarrollar desde una perspectiva democrática la economía de la vida, aunque sea a marchas forzadas. Y si estos países no lo hacen, es entonces que la lucha será entre Estados totalitarios y grandes empresas digitales. Los líderes del Partido Comunista chino ya han entendido el riesgo que plantean sus propios gigantes digitales y pronto los regularán y, posiblemente, incluso los desmantelarán. La misma cuestión surge en EE.UU. Estas firmas se defenderán con sus abogados y podrán hacer que la batalla dure años, pero por eso que la respuesta europea actual sigue siendo insignificante. Debemos equiparnos con gigantes del mismo tipo, y no hacemos nada".

 ¿Cuánto peor puede ser lo que viene? Todo lo que no podamos prevenir, por inoperancia, incapacidad, exceso de confianza o parálisis.

De allí la importancia de seguir buscando caminos. Por el bien común y sin falsos exitismos.

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