Si Messi decía fernet con coca no se armaba tanto lío
Ya sé que se ha hablado mucho de este tema, que tampoco parece tener tanto para dar... o sí. Pero ¿quién le pondría gaseosa a un vino de 30 lucas?
En Mendoza podríamos dividir a la población entre quienes trabajan, viven, comen y se dedican a fortalecer la industria del vino, y los otros: todos los demás. Esta humilde servidora, por supuesto, pertenece al segundo grupo y, en consecuencia, conoce poco -o apenas- los altibajos que la industria vive, siente y padece.
Hace unos días, el gran Messi dijo, casi al pasar, que toma vino, pero con Sprite porque "pega más". Listo. Fin del cuento. Para el jugador, su familia y para quienes vieron esa entrevista y no pisan suelo mendocino.
Pero que una estrella mundial diga que toma vino sacudió las bisagras crujientes de las ventanas del mundo vitivinícola. Y entonces se armó una discusión, claro, puertas adentro. Entre ellos, como es habitual, analizaron si está bien o mal semejante "recomendación" del futbolista para convertirse en el alma de la fiesta, esperando resultados que impacten en una industria que, cada tanto, cuando intenta comunicar, lo hace desde la desesperación y casi siempre con malas noticias.
Lo cierto es que, en el mundo del vino, insisto, la declaración movió estanterías polvorientas de una industria que, lejos de hacerse cargo, celebró y analizó el convite de sodear la bebida con gaseosa. De pronto, la fantasía de un espumoso, popular y futbolero. Y pensé: ¿qué efecto real puede tener esto, más allá de alguna "promo" ocurrente en un súper que te venda el combo? Pocos, muy pocos.
Porque ese mundo, el del vino que osó mencionar Messi, no es tan fácil de penetrar. No le abre las puertas al consumidor con naturalidad. Jamás cortaríamos con gaseosa un vino de treinta lucas. Y quienes sí lo hacen recurren al vino más popular y más vendido del país.
No alcanza con celebrar la frase de Messi, que no da ni para estampar una remera. El problema de fondo es otro: no conquistan al consumidor interno, no se involucran, no nos tientan. En su mundo todo brilla hacia afuera; sus mentes, sus vinos y sus exportaciones cruzan fronteras. Hasta pareciera un acto de gentileza que nos permitan comprar una de sus botellas en el supermercado.
Es caro tomar vino, y ese es nuestro problema, no el de ellos. Ese mundo del vino parece disfrutar de ser pocos, de no participar de eventos donde está el pueblo, ni siquiera de la Fiesta de la Vendimia, porque -como bien sabemos y lo escuchamos desde chicos- para ellos la vendimia es el verdadero sufrimiento del productor y, encima, ocurre en abril.
Solo aparecen una vez al año, como única participación del fin de semana en cuestión, reunidos en un convite casi en ayunas y en medio de nuestra fiesta máxima. De manera rebelde y bien temprano, les dicen a funcionarios e invitados que la cosa no anda bien, que la industria necesita ayuda. Tienen un gran ejercicio para enumerar penas y sacrificios, pero rara vez sorprenden con un mea culpa, con el reconocimiento de responsabilidades de un sector al que le dedican la vida.
Por eso la idea liviana de Messi para bailar confirmó a quienes ya lo hacían que sigan haciéndolo, nada más. Y tal vez demostró, con tantas columnas y análisis alrededor del tema, que esta industria necesita abrir otros caminos, más cercanos a la gente que vive en la misma tierra que ellos: los que brindan responsablemente con un buen vino, los que regalan una botella cada vez que viajan, los que dicen que la cerveza les cae mal, los que hacen del descorche un ritual, los que invierten en copas para saborearlo mejor, los que enseñan a degustar, los que entienden de verdad la importancia de esta bebida en nuestra querida Argentina.
Y cuando ese "mundo del vino" nos conozca, entonces sí, quizá llegue el momento de celebrar que algo, al fin, está cambiando. Ahí, todos festejaremos el gol.