"Rabia": un adelanto del libro de Bob Woodward sobre Trump ante la pandemia

El legendario periodista, uno de los autores de la investigación sobre el escándalo Watergate, destapa el momento exacto en que el ya ex presidente de Estados Unidos fue advertido de la pandemia de covid-19. Bob Woodward es editor asociado en The Washington Post, donde ha trabajado durante cuarenta y siete años. Ganador de dos Premios Pulitzer, el primero por su cobertura del Watergate y el segundo en 2003 como reportero líder cubriendo el atentado terrorista del 11-S.

Durante la Sesión Informativa Diaria (PDB por sus siglas en inglés) de Alto Secreto del presidente, la tarde del martes 28 de enero de 2020, en el Despacho Oval, la conversación giraba en torno al brote de un misterioso virus similar a la neumonía en China. Los funcionarios de sanidad pública y el presidente Trump les decían a los ciudadanos que el virus era de bajo riesgo para Estados Unidos. 

-Esta será la mayor amenaza a la seguridad nacional a la que se enfrente en su presidencia -le dijo a Trump Robert O'Brien, el consejero de seguridad nacional, expresando un punto de vista discordante y contrario, con toda intención y con la mayor fuerza que pudo. 

A Trump los ojos se le salían de las órbitas. Hizo unas cuantas preguntas a la asesora de inteligencia de la sesión informativa diaria, Beth Sanner. Ella le contestó que China estaba preocupada, y que la comunidad de la inteligencia lo estaba observando, pero que parecía que no era ni mucho me-nos tan grave como el agudo brote de síndrome respiratorio severo (SARS por sus siglas en inglés). 

-Va a ser lo más duro a lo que se enfrente en su vida -insistía O'Brien desde su asiento junto al escritorio Resolute, muy consciente de que Trump estaba solo a mitad de camino de su juicio por impeachment (proceso de destitución presidencial por delitos cometidos en el desempeño de sus funciones) en el Senado, que había empezado doce días antes y estaba ocupando toda su atención. O'Brien creía que el consejero de seguridad nacional debía intentar mirar hasta debajo de las piedras, y tenía la obligación de avisar de cualquier desastre que se avecinara. Y ese problema era urgente, no un tema de geopolítica que pudiera ocurrir al cabo de tres años. El virus podía desarrollarse muy rápido en Estados Unidos. 

O'Brien, de 53 años, abogado, escritor y antiguo negociador de rehenes internacional, era el cuarto consejero de seguridad nacional de Trump. Llevaba en ese puesto clave solamente cuatro meses, y no se consideraba de esas personas que golpean la mesa con el puño, pero sí creía apasionadamente que el brote era una amenaza real. 

-Estoy de acuerdo con esa conclusión -añadió Matt Pottinger, viceconsejero de seguridad nacional, desde un sofá más alejado, en el Despacho Oval. Trump sabía que Pottinger, de 46 años, que había formado parte del Consejo de Seguridad Nacional durante tres años, antes de que empezase su presidencia, estaba cualificado de forma única y casi perfecta para emitir un juicio semejante. 

Su advertencia era autorizada y pesaba mucho. Pottinger había vivido en China siete años, y había sido reportero del Wall Street Journal allí durante el brote de SARS. Conocía bien China y hablaba mandarín con fluidez. 

Afable, irreverente y auténtico obseso del trabajo, Pottinger también había sido oficial condecorado de inteligencia en los marines, un trabajo que culminó redactando en colaboración un informe muy influyente sobre la inadecuación de las agencias de inteligencia en Estados Unidos. 

Pottinger sabía de primera mano que los chinos eran maestros en el arte de ocultar los problemas y cubrirse las espaldas. Había escrito más de treinta artículos sobre el SARS y cómo los chinos habían retenido información intencionadamente durante meses sobre su gravedad y habían subestimado enormemente su extensión, manejando tan mal el asunto que el virus pudo propagarse por el mundo. El Journal había propuesto su trabajo para el Premio Pulitzer. 

-¿Qué sabe? -le preguntó Trump a Pottinger. 

Durante los últimos cuatro días, Pottinger decía que había estado utilizando muchísimo el teléfono, llamando a médicos en China y Hong Kong con los que mantenía contacto y que comprendían el aspecto científico. También había leído los me-dios de comunicación chinos. 

-¿Va a ser tan malo esto como en el 2003? -le preguntó a uno de sus contactos en China. 

-No piense en el SARS 2003 -le contestó el experto-. Piense más bien en la epidemia de gripe de 1918. 

Pottinger dijo que se había quedado de una pieza. La llamada «gripe española», una pandemia que ocurrió en 1918, se calcula que mató a 50 millones de personas en todo el mundo, con unas 675 000 muertes en Estados Unidos. 

-¿Por qué cree que va a ser peor que en 2003? -preguntó el presidente. 

Los contactos de Pottinger le dijeron que había tres factores que aceleraban enormemente la transmisión de la nueva enfermedad. Contrariamente a lo que indicaban los vagos informes oficiales del gobierno chino, la gente cogía la enfermedad muy fácilmente de otras personas, no solo de los animales; esto se llama propagación de humano a humano. Acababa de enterarse aquella misma mañana de que la había extendido gente que no mostraba síntoma alguno, y eso se llama propagación asintomática. Su fuente mejor y más autorizada decía que un 50 por ciento de las personas que estaban infectadas no mostraban síntomas. Eso significaba una emergencia sanitaria de las que pasan solo una vez en la vida, un virus fuera de control con una enorme capacidad de propagación no detectable inmediatamente. Y, al parecer, ya había viajado muy lejos desde Wuhan, China, donde empezó el brote. Para Pottinger, esos eran los tres factores que hacían saltar todas las alarmas. 

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Y lo más preocupante, decía Pottinger, era que los chinos habían puesto en cuarentena Wuhan, una ciudad de 11 millones de habitantes, mayor que cualquier ciudad americana. La gente no podía viajar por el interior de China, por ejemplo desde Wuhan a Pekín. Pero no habían impedido los viajes desde China al resto del mundo, incluyendo Estados Unidos. Eso significaba que un virus altamente infeccioso y devastador era muy probable que ya estuviera entrando silenciosamente en el país.

-¿Y qué hacemos ahora? -preguntó el presidente. 

Pues prohibir los viajes de China a Estados Unidos, dijo Pottinger. 

Pottinger confiaba en que la información de sus fuentes era sólida y se basaba en datos ciertos, no en especulaciones. Había realizado un estudio en profundidad del nuevo virus. Se había informado del primer caso fuera de China el 13 de enero, en Tailandia. Estaba claro que el virus se estaba propagando de humano a humano. 

Los funcionarios de mayor rango del Centro de Control de Enfermedades (CCE), la principal agencia pública de salud de Estados Unidos, también informaban con alarma creciente a Pottinger de que llevaban semanas intentando enviar los mejores detectives del Servicio de Inteligencia de Epidemias de Estados Unidos a China para ver qué estaba pasando allí. Los chinos contestaban con evasivas, negándose a cooperar y a compartir muestras del virus, como requerían los acuerdos internacionales. 

El jefe del CCE chino parecía un rehén, en una llamada telefónica, y el ministro de Sanidad chino también se negó a recibir ayuda de Estados Unidos. 

Pottinger ya había visto todo eso antes. Aumentó el ritmo de sus llamadas el fin de semana del 24 al 26 de enero. "Volví de ese fin de semana con los pelos de punta", dijo en privado. 

Varios miembros de la élite china, bien conectados con el Partido Comunista y el gobierno, señalaban que pensaban que China tenía un objetivo siniestro: "China no va a ser la única en sufrir esto". Si China era el único país en sufrir infecciones masivas a la escala de la pandemia de 1918, sufrirían una desventaja económica terrible. Era una sospecha nada más, pero lo afirmaban las personas que mejor conocían el régimen. Una posibilidad espantosa. Pottinger, partidario de la línea dura con China, realmente no quería juzgar en un sentido u otro. Lo más probable es que el brote fuese accidental. Pero estaba seguro de que Estados Unidos corría el peligro de sufrir un problema sanitario sin precedentes. Y la falta de transparencia de China no hacía más que empeorar las cosas. Con el SARS, China había ocultado descaradamente el brote de una enfermedad infecciosa nueva y peligrosa durante tres meses. 

Tres días más tarde, el 31 de enero, el presidente imponía restricciones a los viajeros que venían de China, un movimiento al que se oponían unos cuantos miembros de su gabinete. Pero la atención de Trump estaba centrada en todo excepto en el virus: en la Super Bowl que se avecinaba, en la debacle tecno-lógica de los caucus (equivalente a unas elecciones primarias) demócratas en Iowa, en su discurso del Estado de la Nación y, lo más importante de todo, en el juicio por impeachment en el Senado. Cuando la enfermedad respiratoria altamente infecciosa causada por el nuevo coronavirus conocida como covid-19 apareció en escenarios donde tenía la oportunidad de llegar a un gran número de americanos, Trump siguió tranquilizando al público, diciéndoles que se enfrentaban a pocos riesgos. 

-¿Está usted muy preocupado por el coronavirus? -le preguntó Sean Hannity de la Fox a Trump el 2 de febrero, casi al final de una entrevista antes de un partido de la Super Bowl. Esta se había centrado sobre todo en la injusticia del impeach­ment y en sus rivales demócratas de 2020. 

-Pues prácticamente hemos cerrado el país a los que vienen de China -dijo Trump. Aquella entrevista presidencial, que era una especie de tradición antes del partido, obtuvo la mayor audiencia que había tenido jamás el popular y controvertido periodista-. Les ofrecemos mucha ayuda. Tenemos lo mejor del mundo, para eso... Pero no podemos dejar que vengan miles de personas con ese problema, el coronavirus. 

Esa mañana, incluso el consejero de seguridad nacional O'Brien, que había pronunciado la ominosa advertencia solo unos días antes, había dicho en Face the Nation de la CBS: "Ahora mismo no hay motivo para que cunda el pánico entre los americanos. Es algo de bajo riesgo en Estados Unidos, creemos". 

Dos días más tarde, el 4 de febrero, casi 40 millones de americanos sintonizaron sus televisores para escuchar al presidente pronunciar el discurso anual del Estado de la Nación, una explicación actualizada al Congreso, obligada por la Constitución, de los temas más importantes a los que se enfrenta el país. El discurso es el momento de mayor visibilidad para un presidente, que habla de cuestiones de gran importancia. Hacia la mitad del largo discurso, Trump mencionó el coronavirus en un breve párrafo. "Proteger la salud de los americanos también significa luchar contra las enfermedades infecciosas. Nos estamos coordinando con el gobierno chino y trabajando muy de cerca, en conjunto, en el asunto del brote de coronavirus en China -dijo Trump-. Mi administración dará todos los pasos necesarios para salvaguardar a nuestros ciudadanos de esta amenaza". 

Al parecer, eso no incluía compartir con el público las advertencias que había recibido. 

Cuando más tarde le pregunté al presidente por el aviso de O'Brien, me dijo que no lo recordaba. 

-Pero seguro que lo dijo, ¿eh? -dijo Trump-. Un tipo muy majo. 

Y en una entrevista con el presidente Trump el 19 de marzo, seis semanas antes de que me enterase de las advertencias de O'Brien y Pottinger, el presidente dijo que sus declaraciones, durante las primeras semanas del virus, se habían pensado deliberadamente para no atraer la atención sobre ese asunto. 

-Yo intentaba minimizarlo siempre -me dijo Trump-. Todavía lo intento minimizar, porque no quiero que cunda el pánico.

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