Cerca, Ucrania queda cerca: "Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino"

En Mendoza late Ucrania y lo hace desde el sur, en territorio alvearense, en donde todavía viven muchos inmigrantes que llegaron huyendo del totalitarismo soviético y otras calamidades. Gran crónica histórica, aquí, de Gustavo Capone.

Los ucranianos han representado históricamente una de las diásporas más relevantes de la historia de la humanidad. Se presume que más de 6 millones de ucranianos se movilizan por el mundo en carácter de inmigrantes, en el marco de un país que tiene 44 millones de habitantes. Dicha colectividad en Argentina comprende a casi 500.000 personas, que ya registraban una presencia activa en Argentina desde finales del siglo XIX.

En Mendoza se radicaron mayoritariamente en el sur provincial; muchos de ellos provinieron del antiguo Principado de Galtizia; y así como recrear historias es un ejercicio didáctico que se hace desde el presente, les propongo como introducción leer un breve cuento que escribí para contextualizar el hecho y poner en valor la (muchas veces) inadvertida cercanía que tenemos con personas o manifestaciones culturales que solo "se sacuden" o despabilan cuando nos conmueve una situación dramática.

Va el cuento: Se quedó "masticando bronca". No era para menos, "el Pepe" José Chatruc, figura del fútbol argentino, no había sido convocado por Pekerman para participar en el Mundial.

En su celular tenía cientos de mensajes. Desde el sentido beso que le mandaba su "babusya", reprochándole que hacía mucho no la visitaba (y que para él había preparado vergun, su postre favorito), hasta Marcos Mundstock invitándolo a la última presentación de Les Luthiers.

"Tengo tres primos en Ucrania; estamos muy apenados"

Chatruc no quería saber nada más de fútbol; ya tenía pensado hablar con un productor de Matías Garfunkel (sí; familiar de esos eslavos que hacían heladeras BGH - Boris Garfunkel e Hijos) para ver si tenía posibilidades de incorporarse a algún programa periodístico del grupo de medios que Matías dirigía. Estaba destrozado; buscó entre sus discos algo de música para distenderse. Eligió un tema de su amigo de Apóstoles, "El Chango" Spasiuk, y se enganchó con "Polcas de mi tierra". Hacía mucho que no lo escuchaba; estaba ahí, en la vieja casetera que le regaló Korol, (no de los Korol famosos de la tele, sino un ex jugador de Atlanta). El disco del "Chango" estaba ahí; junto con una reliquia que perteneció a su padre: la colección completa de la Camerata Bariloche dirigida por Alberto Lysy.

Salió a tomar aire; saludo otra vez al canillita que paraba frente al hospital Cosme Argerich. "El ruso" le decían, aunque el diarero siempre se empeñaba (hasta con bronca) en aclarar que no era ruso y que su abuelo era de Bukovyna, el mismo pueblo de donde vinieron los antepasados de la genial poeta Alejandra Pizarnik. Y se fue silbando esa polquita de Spasiuk que había escuchado, mientras recordaba una frase del Nobel de Medicina, César Milstein: "Soy lector de novelas, no de ensayos, porque no estoy interesado en las conclusiones que saquen los otros sobre las experiencias. Me interesa tomarme el trabajo de sacar mis propias conclusiones".

Pateó una tapita de gaseosas del suelo y siguió para adelante. Como sus abuelos que llegaron al país dejando atrás una guerra, persecuciones y la hambruna. Fin del cuentito.

Vavrik y los ucranianos de Alvear: "Hoy es un día triste"

Todo este relato es una absoluta ficción. Lo que sí, es concreto y real, es que absolutamente todos los reconocidos nombrados son directos descendientes de un grupo de ucranianos que llegaron al país cuando nuestra nación abría las puertas "para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino". En Argentina encontraron su lugar. Esos nombrados podrían representar a millones de inmigrantes. Sus familias escapaban de un horror que nunca imaginaron volverían a ver.

Aquel tren que paró en General Alvear

"Tengo 76 años, hace 69 que llegamos a la Argentina. Era 1925, y yo tenía 6 años, vine con mis padres Kalistrán Boier y Zenomoria Paskobech, y mis tíos y mis primos. Nací en el pueblo de Rowno, Ucrania. Decimos venir a la Argentina porque allá no se podía vivir más; se preparaba una nueva guerra y la miseria era cada vez más visible. Junto con la nuestra vinieron otras 25 familias. No todas procedían del mismo pueblo, ni todas venían para Carmensa. Tras un mes de viaje en el vapor que nos trajo, llegamos al puerto de Buenos Aires. Ese día fuimos recibidos en el Hotel de los Inmigrantes donde pasamos una semana hasta que llegó de Mendoza un enviado por la administración de Carmensa, el señor Emilio Owstrowsky, que hablaba nuestro idioma y era español.

Se presentó con unos racimos de uva que pesaban como 3 kilos; nos mostró a todos, papas inmensas, camotes y zapallos. Al mismo tiempo preguntaba quién quiere ir a Mendoza. Y antes de recibir alguna respuesta, afirmaba que de donde él venía (Carmensa), la producción era la más hermosa, y que esas uvas y zapallos, se producían allí porque eran tierras vírgenes. (...) También explicaba que en Carmensa, había disponible para quienes quisieran trabajarlas, terrenos de hasta 50 hectáreas.

Entonces muchos de los que estábamos en migraciones nos anotamos, iríamos al sur de Mendoza. Aunque algunos se anotaron para ir a Misiones o Chaco. Llegamos en tren a la estación Carmensa y todo era distinto para nosotros. La gente, la ropa, la comida y el idioma que era imposible entender o hablar. A nosotros nos costó mucho menos aprender que a los mayores. Nos dejaron muchos días viviendo en algunos vagones vacíos de la estación.

(...) Un día llegó Owstrowsky, preguntando: ‘¿quieren ir a ver las tierras que pueden ser de ustedes?". Y mis padres fueron a ver las que a nosotros nos habían tocado. Que desilusión. Era solo monte y desierto. Ese día también nos dijo Don Emilio: ‘ya tienen donde alojarse, porque no podemos seguir teniéndolos en la estación'. Después nos dieron a cada familia 4 chapas, palas, picos y hachas, pero no animales. Llegó un carro tirado con 12 mulares de esos que había que subir con escaleras. Y desde ahí nos trajeron. (...) No teníamos nada. A la 5 de la tarde llegamos al lugar. En ese lugar no había nada. Entonces mi madre se abrazó a mi padre y empezó a llorar: ‘¡viejo.... qué vamos a hacer acá con los chicos. No hay agua, no hay nada'. Como mi padre había conocido miserias mayores en la guerra, estaba más preparado para esto y la mandó callar. (...) ‘Antes que nada, vamos a escavar un pozo para poner las 4 chapas y hacer un refugio porque no sabemos si hay zorros o leones y esas cosas'; dijo mí padre. Entonces los mayores empezaron con las palas y picos y terminaron el abrigo antes de la entrada del sol. Así empezó nuestra vida en la colonia. El pozo tenía más de un metro de hondo. Las camas las hizo mi papá, fijas al suelo con palos de chañar".

Era el relato vivencial de Aquilina Boier de Cherney. Su voz cobra vigencia en el muy buen libro: "La vuelta a Alvear en 80 historias" (Ediciones Culturales de Mendoza. 2017) del fallecido y estimado Carlos Villegas.

La historia que pasó hace un siglo muchas veces se empeña en parecer cíclica, contradiciendo siempre la variable irrefutable de que el tiempo fluye y que todo se relaciona con el principio de cambio y continuidad.

"Con una mano atrás, y otra mano adelante"

Así llegaron. Como nos contaba Doña Aquilina. Consideremos en paralelo que, por esos años desde finales de siglo XIX, el país ya contaba con la voluntad política y la suficiente legislación que favorecía la inmigración (Ley de Inmigración y colonización de 1876).

Pero volviendo aquellos ucranianos, diremos que una vez instalados, lo primero que hicieron fue un pozo de agua. Luego un desagüe. Después compraron caballos. Más tarde una carreta para movilizarse hasta el poblado. Levantaron varias casas. Urbanizaron la aldea, la llenaron de árboles y zanjaron acequias. Abrieron una hijuela aprovechando un brazo del río Atuel. Y así; día a día, y paso a paso, hasta construir la colonia en un vergel de la mano del trabajo duro y los principios claros.

De "Crónicas Departamentales de Alvear", una página digital con valiosísima información local, a la cual invitamos seguir, extraemos lo siguiente: "la inmigración regular de ucranianos a la Argentina comienza en el siglo XIX, siendo Apóstoles, provincia de Misiones, el primer asentamiento ucraniano en el país, en 1897. La mayor parte de ellos provenía de las regiones sudoccidentales de Ucrania.

La primera ola de inmigración ucraniana en Argentina incluyó entre 12 y 14 familias del este de Galitzia (en aquel momento parte del Imperio austrohúngaro) en 1897. Este reino sufrió múltiples dominaciones por parte de países vecinos, entre las que se cuentan la polaca de 1809 a 1815, la austríaca de 1815 a 1867, fecha en que el imperio austríaco se transformó en el austrohúngaro. Esta situación duró hasta 1918. En 1920, las fuerzas polacas conquistaron por completo Galitzia, hasta que el Tercer Reich invadió Polonia, hecho que alteró toda la situación geográfica de la zona. En 1946, cuando la Alemania nazi fue derrotada, Galitzia fue dividida, según criterios étnicos, entre Ucrania y Polonia.

En Ruthenia o Galitzia, donde convivían con judíos, alemanes, rusos, húngaros e inclusive musulmanes, los polacos y rutenos (luego identificados como ucranianos), eran campesinos y agricultores en su mayoría, y constituían el segmento más pobre de la población. Las severas condiciones económicas y la política de inmigración del gobierno polaco, hicieron que miles de ucranianos emigren a distintos puntos del mundo". ("Crónicas Departamentales" - 26 de febrero de 2022).

Cómo vive la guerra una familia ucraniana que eligió la tranquilidad de Mendoza

"Los ucranianos estamos en todos lados"; declaran con razón. Provenían de las fértiles "tierras negras" azotadas por las guerras. En nuestra patria se "acriollaron" de tal manera que fundaron las empresas yerbateras más grandes del país. Así desde ese simbólico primer mate de la mañana, seguro que en muchos de nuestros hogares hay una cucharada de esa yerba mate que sembró un ucraniano.

San Pedro del Atuel y los ucranianos

Don Pedro Christophersen, apenas llegado al país (1871) tomó rápidamente contacto con la alta sociedad porteña. Fue así, que al poco tiempo ya se había casado con Carmen de Alvear.

Esta relación le permitió extender sus negocios a distintos puntos del país hasta que pudo comprarle a "Colonia Alvear Sociedad Anónima" la mayoría de las actuales tierras del departamento que lleva el nombre "Alvear", promoviendo la llegada de inmigrantes a la zona que comprendería la próspera colonia de ucranianos.

Fue él quien fundó "Carmensa". Un amplio cartel en los galpones de la estación del ferrocarril local lucía una inscripción que marcaba la referencia del lugar donde se destacaba desde lejos el nombre de la empresa de Christophersen: "Carmen S.A.". La rápida lectura del techo del galpón catapultó el sitio como Carmensa.

Pero el nombre oficial de la popular Carmensa es "San Pedro del Atuel" y fue propuesto en 1930 por la propia esposa de Christophersen en honor a su marido y su santo protector, pero además en reconocimiento al verdadero elemento "milagroso" que ayudó a transformar la geografía: las aguas del Atuel.

Indudablemente Christophersen fue pionero hacedor de la zona, además de gestionar la llegada de los ferrocarriles del Oeste y del Pacífico (la estación ferroviaria del viejo Ferrocarril Oeste fue inaugurada en 1913) donó las tierras para la construcción del edifico municipal y de varias dependencias públicas de Alvear: comisarias, centros de salud y parroquias, como también fue el gestor de la colonización de La Escandinava y de la construcción de acequias y canales hasta Bowen.

El Distrito de San Pedro del Atuel, presenta como telón de fondo el Cerro Nevado. Su posición geográfica se ubica sobre la margen este del Río Atuel, a escasos siete kilómetros de General Alvear. La mayoría de los ucranianos llegaron a la zona sustancialmente por la publicidad que hacía Pedro Christophersen a su Colonia en el puerto de Buenos Aires (como ya nos contó Doña Aquilina cuando citaba a Emilio Owstrowsky). Al momento de su llegada se les cedió la tierra por cuatro años, con opción a comprarlas (valía aproximadamente entre $250 y $300 la hectárea).

Christophersen.

Contaban además con un sistema de préstamos y financiaciones por parte de la empresa de Christophersen, pero también con una organización interna entre los colonos que mancomunadamente les permitió saldar muchos de cientos de inconvenientes que cotidianamente se fueron presentando. Los ucranianos, empujados por las circunstancias, tanto en Europa como en el país, son además reconocidos por la fuerte concepción cooperativista que cultivan, por el sólido arraigo con su identidad y por ser fieles custodios de su cultura y tradiciones.

En algunos años la colonia de los ucranianos se transformó en una zona pujante, llegando a convertirse en la mayor fuente de riqueza de San Pedro del Atuel, "sobre todo a través del cultivo de tomate considerado el mejor del mundo, en ese momento. Además, llevaron a cabo el cultivo también del pimiento, la vitivinicultura, alfalfa, frutales y una variada diversificación de hortalizas. Gran parte de este cultivo era exportado a todas partes del mundo. También se trabajaba en conjunto con la ex fábrica ‘La Campagnola', que aglutinaba la producción de gran parte de los productores de la región. Pero solo fueron reconocidos por su producción agrícola si no, además por las conservas y chacinados; por sus famoso queso, ricota, yogurt y manteca que realizaban según sus costumbres. Así mismo fueron los pioneros en formar la Feria de General Alvear".

Sus usos y costumbres. Sus celebraciones, gastronomía y apego por el trabajo cooperativo siguen en la actualidad tan vigentes como aquellas enseñanzas emanadas de sus ancestros.

La repudiable invasión a un país soberano

Más de un millón de ucranianos han abandonado en esta última semana su país ante la invasión rusa y los incesantes bombardeos ordenados por Putin a Ucrania, un estado soberano desde el 24 de agosto de 1991, cuando el parlamento aprobó la Declaración de la Independencia de Ucrania en la cual se estableció el país como un estado independiente y democrático.

Triste y aberrante. Miles de muertos, escuelas destruidas, niños aterrorizados y una concreta amenaza de Putin por activar su potencial nuclear. Una película horrorosa que imaginábamos nunca más volveríamos a observar en tamaña magnitud. Indudablemente somos testigos de un cambio de época. Retrocedimos; a las interminables crisis culturales, económicas, políticas y pandémicas le sumamos la guerra. Una nueva era de incertidumbres nos acecha y nos expone ante un nuevo orden mundial.

En este tiempo de dolor quisiera recordar y honrar a través de una recopilación que hizo la mencionada página "Crónicas Departamentales" a los que llegaron para ayudarnos a que fuéramos mejores.

Fernando Wozniak, reconocido inmigrante eslavo de San Pedro del Atuel, recordó algunas de las familias y nombres de inmigrantes que poblaron la Colonia de San Pedro del Atuel. Don Miguel Ángel Barbulo, en ocasión del centenario de ese distrito, elaboró un detallado listado de estas familias y de algunos de sus integrantes, merced al testimonio de Don Fernando Wozniak. Mi reconocimiento sincero para ellos.

Familias: Nidoriz, Smigel, Mosiuk, Laszuk, Fit, Szworob, Foca, Jomiak, Kost, Galaguza, Takzcec, Smalko, Dashko, Kasian, Druchenko, Giluta, Jomiak, Kowalczuk, Ostrowski, Krikas, Slupko, Lopaczuk, Wareicuk, Odovanec, Rabey, Piekar, Kornilo, Pogranizky, Lopaczuk, Wareicuk, Nieverczuk, Borowiec., Garesinchuk y Zamogilny.

También: José Garasinchuk, Pedro Huczak, Timoteo Maidan, Felipe Pashkowec, Enrique Klarovich, Niquifor Sawchuk, Niquita Añiguin, Andrés Misczuk, Lucas Misczuk, Hilarión Hil, Tijon Hil, Leonardo Samoniuk, Felipe Patsay, Maria Regacek, Estanislao Vanda, Ignacio Delewko, Gregorio Misczuk, Eufemio Sakura, Juan Wyka, Jariton Samchuk, Alejandro Kuliz, Eufemio Salchuk, Gabriel Kulachok, Miguel Bowtun, Damián Bowtun, Joma Sakura, Eufemio Sakura, Esteban Sivak, Onofre Sivak, Miguel Sapowal, Gregorio Nicheporuk, uan Kruk, Sava Sliva, Miguel Burda, Emilio Lashchuk, Vera Kot, Esteban Boaiczuk, Boris Buhajczuk, Parasia Makarckuk, Basilio Edenak, Teófilo Ivanchuk, Dionisio Miscovich, Basilio Novosad, Jorge Jurijiw, Conrado Chimielawski ,Angel Suc, Tito Boroviek, Daniel Kachik, Andrés Wozniak, Gregorio Maidan, Timoteo Volaniuk, Macario Volaniuk, Jacobo Cusmek, Miguel Kulcziski, Anañi Chosmiak, Argip Androschuk, Samuel Jorchuk, Calistrean Boyar, Jacobo Huber, Moises Grischuk, Juan Trazchuk, Platón Kirichuk, Máximo Kuczeruk , Jacobo Nidoriz, Eufemio Samoniuk, Jorge Kost, Alexis Korol, Daniel Tkaczek, Pablo Szewczuk, Pedro Szewczuk, Iarena Shust ,Antonio Szewczuk, Adan Szewczuk, Igor Moroz, Esteban Samoluk, Felipe Skorojod, Juan Mazurok, Anastasia Yanchuk, Naum Laszuk, María Siwinscka

Podríamos agregar además a Juan Kulchinsky, Gregorio Chorney, Gabriel Zmola, Gregorio Moroz, Dorofey, Argip Androschuk, Kalistran Boyar, Platón Kirichuk, Juan Trachuk, José Mazurok, Omelczenko., Gregorio Fendyk, Tatiana Swistum, Argip Androschuk, Jacobo Cusmek, Andres kondratiuk, Maria Litwiniuk, Nicolas Lukjanczuk, Ana Krawszuk, Gregorio Miszczuk, Damián Bowtun, Juan Stofik y seguramente a muchos más.

A todos, y a sus familias el mayor anhelo de que vuelva la paz.

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