El Principito rioplatense: la despedida otoñal del Indio Solar
Quizás por eso esta imagen parece salida de un cuento. Porque el Principito también nos enseñó que uno es responsable para siempre de aquello que ama.
Una amiga vio esta foto y dijo, casi al pasar: "Parece El Principito". Y la verdad es que algo de eso hay, no lo había pensado, pero mi amiga me dio el puntapié para escribir sobre lo sucedido. Es cierto, no por la capa imaginaria ni por el bastón que aquí reemplaza a la espada de los cuentos, sino porque hay hombres que, con el paso de los años, aprenden a mirar el mundo como si todavía quisieran seguir cambiando con su poesía.
La imagen me llevó inevitablemente a él: Al Indio Solari. A ese viajero de canciones que convirtió generaciones enteras en habitantes de una misma galaxia. Y quizás la comparación con El Principito sea más profunda de lo que parecía al principio. Porque ambos aprendieron a desconfiar de las certezas.
Ambos caminaron entre mundos distintos tratando de comprender a las personas. Uno viajaba entre planetas; el otro atravesó generaciones enteras con canciones que nunca terminaron de explicarse del todo. Y ya comenzó su propio viaje a otros planetas. La capa que le dibuja el otoño sobre los hombros parece la de un viajero que regresa. No de una gira ni de un escenario, sino de una larga travesía por la memoria colectiva de un país. Como el personaje de Saint-Exupéry, el Indio siempre pareció venir de otro lugar: de ese territorio donde las preguntas valen más que las respuestas y donde lo esencial sigue siendo invisible a los ojos.
Por eso la fotografía emociona. Porque ya no vemos al líder de una multitud ni al mito del rock argentino. Vemos a un hombre caminando entre hojas rojas como si caminara entre los recuerdos de todos nosotros. Y entonces vuelve inevitable frío intenso de septiembre de 2013 en San Martín. Miles de personas llegaron buscando un recital y terminaron encontrando algo más parecido a una ceremonia. Durante unas horas desaparecieron las diferencias, las edades, las procedencias. Fuimos habitantes del mismo planeta.
Quizás por eso esta imagen parece salida de un cuento. Porque el Principito también nos enseñó que uno es responsable para siempre de aquello que ama.
Y el Indio, con sus canciones, logró algo parecido: dejó una huella que el tiempo no consigue domesticar. Las hojas caerán. Las estaciones seguirán cambiando. Pero algunas canciones, como ciertas estrellas, continúan encendidas mucho después de que termina la noche.
Volviendo a aquel 2013, cuando San Martín, Mendoza, se transformó en el centro de un pequeño universo. Miles de personas llegaron desde todos los rincones del país, una de mis sobrinas llegó de Tierra del Fuego y vaya que allá hace frío, pero el de ese día, era insoportable. Las calles, las plazas, los bares y las estaciones de servicio se poblaron de ricoteros. Nadie preguntaba demasiado de dónde venías; bastaba una remera, una mirada cómplice o una frase de alguna canción para reconocerse entre desconocidos.
Aquella noche, el Indio no fue solamente un músico. Fue una especie de faro encendido en medio de la multitud. El calorcito para muchos corazones olvidados o no, amados o desarmados, el pogo se encendía para todos. Y si no fuiste al recital, estuviste de otra manera. Lo peor es "no estar" en muchas de sus canciones, es como ver que no te circula sangre por las venas Ji Ji Ji.
Hoy, viendo esta fotografía, rodeado de hojas encendidas por el otoño, parece estar caminando entre los recuerdos de aquel concierto. Como si estuviera buscando, entre las ramas coloradas, aquellas historias que quedaron suspendidas en el aire, susurrando versos de Juguetes Perdidos, todos tenemos algunos. Los años, los amigos que ya no están, los amores que se fueron y las noches que nunca volvieron a repetirse exactamente igual.
Hay algo de La Bestia Pop en esa figura detenida entre los árboles: una presencia inmensa que no necesita moverse demasiado para hacerse notar. Y también algo de Un ángel para tu soledad, porque el tiempo nos va dejando más solos de lo que imaginábamos, pero también más conscientes de la belleza de ciertos instantes, la vida es hoy a los que ya llegamos a los 60.
Quizás por eso la foto conmueve. Porque no muestra a una estrella de rock.
Muestra a un hombre atravesado por las estaciones de las que se va despidiendo. Un hombre que parece señalar algo que nosotros todavía no vemos: Tal vez un recuerdo, tal vez una canción, tal vez aquel San Martín de 2013 donde miles de almas se reunieron para comprobar que "la emoción" puede ser multitud.
El otoño le regaló el escenario. Las hojas hicieron el resto. Y ahí está él, como un Principito rioplatense perdido entre planetas color ladrillo, buscando quién sabe qué tesoro invisible. Porque al final, como en las mejores canciones del Indio, siempre queda una pregunta flotando en el aire. Y nosotros seguimos caminando detrás de ella, esperando que no sea a la deriva.
Les dejo una entrevista imperdible:
https://www.facebook.com/reel/1764517684386203